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lunes, 8 de noviembre de 2010

Aniversario 93 del Triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre


lunes, 08 de noviembre de 2010
Reynaldo González Villalonga

1917 –7 de Noviembre– 2010 : Aniversario 93 del Triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre

El hecho cierto y, a la vez amargo, de que a principios de la década de los años 90 del pasado siglo desapareciera la Unión Soviética y, por extensión, los países que integraban el campo socialista de Europa del Este, no quiere decir que vayamos a pasar por alto la conmemoración del Aniversario 93 del Triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre.

Considerado uno de los acontecimientos más trascendentales en la historia de la humanidad, la toma del Palacio de Invierno, el 7 de noviembre de 1917, al ritmo de los cañonazos admonitorios del crucero Aurora, dio origen al Primer Estado de Obreros y Campesinos del orbe.

Antes de esa fecha, la Rusia zarista era el eslabón más débil en la cadena del capitalismo mundial. Extendido a todas las latitudes e impuesto a miles de millones de habitantes, dicho sistema, explotador y represivo, estaba basado en la propiedad privada sobre los medios de producción y en su voracidad sin límites mediante guerras de rapiña por nuevos repartos de territorios y riquezas.

El advenimiento de la vigésima centuria trajo consigo el desarrollo nunca antes visto de las fuerzas productivas, posibilitando con su empuje el paso del capitalismo a su fase superior, el imperialismo.

Bajo el signo del monopolio, la desigualdad era característica del propio auge del capitalismo, y las contradicciones internas del sistema provocaron la conflagración entre los Estados, lo que tuvo su más connotada expresión durante la Primera Guerra Mundial.

Desde finales del siglo XIX, el genial Vladimir Ilich Lenin había fundado un partido de nuevo tipo, fiel a los principios teóricos de Marx y Engels, capaz de guiar acertadamente la lucha de los obreros y campesinos de la Rusia zarista contra los capitalistas y señores feudales.

Con clara visión, Lenin había inerpretado el momento histórico concreto en que se desarrollaba la lucha de clases, sin dejar de tener en cuenta la existencia de las condiciones objetivas y subjetivas que propiciaran una situación revolucionaria.

Tal premisa era indispensable para iniciar la lucha por la toma del poder político, implantar la dictadura del proletariado e iniciar la construcción del socialismo en el vasto territorio que representaba la sexta parte del mundo.

Extraordinaria tarea en aquella etapa convulsa y difícil

En contra de los revisionistas de izquierda y de derecha, Lenin entendía que la revolución debía triunfar en un país y no simultáneamente en varios.

Para ello se basaba en el hecho cierto de que el centro de la lucha revolucionaria no radicaba en los países occidentales, como lo fue muy avanzado en la segunda mitad de la decimonona centuria. Es que a finales de ese período y el siguiente, ya el pensamiento y la actividad revolucionaria comenzaba a desplazarse hacia el Oriente, particularmente a Rusia.

Tal desplazamiento estaba condicionado por cambios radicales producidos en la economía del País de los Zares. Ya a finales de dicha centuria cobraba rápido auge el capitalismo con una decena de milles de obreros asalariados, industriales y agrícolas en fomento constante, unido al surgimiento de diversas asociaciones monopolizas, con la fusión del capital bancario con el industrial.

Las jornadas de 12 y 14 jornadas diarias estaban caracterizadas por el hambre sin límites, producto de la violenta explotación a que era sometida la clase obrera rusa, no se hizo esperar la formación de un cuantioso ejército de desocupados, disminuyendo a la par los volúmenes salariales y empeorando en proporción geométrica los medios de alimentación y vivienda.

No era mejor la situación del campesinado pobre. Los señores feudales, dueños de la mayor parte de las tierras cultivables, mantenían un régimen despiadado de servidumbre medieval. El hambre y la miseria eran compañeros inseparables en el inmenso territorio.

Hay un hecho que vino a agudizar todas las contradicciones sociales de la Rusia zarista: la guerra con Japón en 1904, la que aceleró al máximo los acontecimientos revolucionarios. Pero el país no estaba preparado para la guerra. Las pretensiones del zarismo, encaminadas a abortar la revolución en ciernes, van mucho más allá con una supuesta “victoria fácil” sobre Japón, serían adquiridas nuevas colonias y nuevos mercados de venta. Todo este ilusorio empeño se estrelló con la derrota de los frentes orientales, debido mayormente a la incapacidad de sus generales y almirantes.

Esa derrota repercutió profundamente sobre la clase obrera rusa, puesto que trajo por consiguiente del hambre y la miseria.

El domingo 9 de enero de 1905 (22 de enero para Occidente), miles de obreros de San Petersburgo se dirigieron al Palacio de Invierno para exhortar al Zar a que concediera la libertad al país, además de la amnistía para los presos políticos, libertades sociales, entrega de la tierra al pueblo y convocatoria a la Asamblea Constituyente. La respuesta fue el tronar de los fusiles y de las ametralladoras de las tropas reales, con el trágico saldo de más de 2 mil muertos y heridos.

El “domingo sangriento“, como fue denominado, sirvió para que las masas comprendieran que no quedaba otro camino que la lucha revolucionaria contra el zarismo opresor.

Refiriéndose a la Revolución de 1905, pese a su contenido burgués en lo que el proletariado ruso, encabezado por su partido de vanguardia, comprendió que estaba preparado para empeños mayores en el futuro. Lenin lo califico como “un ensayo general para sin el cual no hubiera sido posible el triunfo de la Revolución de Octubre”.Y tenía razón, por cuanto esa acción sirvió paa eliminar una buena parte de los vestigios zaristas y “aligerar la lucha por el socialismo”.

Dentro de la estrategia trazada, el revés de 1905 motivo un repliegue momentáneo, para organizar los contingentes obreros y cobrar nuevos bríos, como se demostraría palpablemente. Se preparaba la lucha decisiva contra el zarismo.

El capitalismo ruso, en alianza con el poder monárquico, en su afán de aplicar una política exterior de rapiña, llevó al país a la entrada de la Primera Guerra Mundial, lo que sirvió como factor detonante para revolucionar a las masas y contribuir a socavar el régimen autocrático.

Todos estos hechos crearon una situación revolucionaria en el eslabón de la cadena capitalista mundial.

Estaban dadas las condiciones objetivas y subjetivas para desatar la revolución social en su más elevado exponente. Lenin y su partido de nuevo tipo aprovecharon muy bien la coyuntura del momento histórico concreto que vivía el país-

La Revolución de febrero de 1917 fue coronada por el éxito. Pero el poder compartido por bolcheviques y mencheviques y socialistas revolucionarios,tenía que ser definido a favor de un solo bando. Esta última coalición, en cobarde maniobra, entregó el poder a la burguesía, la cual formó el Gobierno Provisional, contrario a los verdaderos intereses populares.

La jugada de los contrarrevolucionarios estaba muy clara: yugular a la revolución; liquidar, en suma, las conquistas del pueblo y propiciar la continuación de la guerra imperialista. Pero el otro grupo, el de los bolcheviques, con Lenin al frente, apoyados por el prestigio obtenido entre la masa obrera durante la larga lucha contra el zarismo y la burguesía, especialmente durante la Revolución de 1905–1907, y la propia Revolución de febrero de 1917, se dio a la tarea de desenmascarar la maniobra contrarrevolucionria y entreguista del Gobierno Provisional. Se impuso entonces la transformación de la revolución democrático–burguesa en revolución socialista, formidable aporte leninista.

Se trataba de rebasar una etapa para entrar de lleno en la otra, más compleja y difícil. Pero imprescindible para alcanzar el triunfo definitivo. “Con plena conciencia de manera firme e inflexible, seguimos adelante hacia la revolución socialista, sabiendo que no está separada de la revolución democrático–burguesa por una muralla china, sabiendo que solo la lucha decidirá en qué grado conseguiremos avanzar”, exponía Lenin.

Para el genial conductor ruso estaba claro que el problema fundamental de toda revolución es el problema del poder estatal. Por ello, la consigna de “Todo el poder a los Soviets”, era la táctica correcta en los meses que precedieron a la Revolución Socialista de Octubre. “O Bien todo el poder a los Soviets, tanto en el centro como en las provincias, más la tierra a los campesinos de inmediato hasta tanto decida la Asamblea Constituyente, o bien los terratenientes y capitalistas frenarán todo, restablecerán el poder terrateniente, irritarán a los campesinos y harán desembocar las cosas en un levantamiento campesino terrible”, arguía Lenin.

Nunca antes un movimiento revolucionario se había trazado un propósito tan claro y definido como concebían Lenin y su Partido, vanguardia de la clase obrera rusa. El camino estaba expedito. Se había dado el primer paso hacia la toma del poder y ya no se podía retroceder.

Lenin apuntaba meridianamente: “Es indudable que la Revolución se halla en Rusia en un momento de viraje. La crisis ha madurado. Está en juego todo el porvenir de la revolución rusa. Está en juego todo el honor del Partido Bolchevique. Está en juego todo el porvenir de la revolución obrera internacional por el socialismo”.

Próximo el 25 de octubre, según el calendario gregoriano (7 de noviembre para Occidente), ya el máximo dirigente bolchevique se hallaba en San Petersburgo. Con energía y decisión vitales dirigió personalmente la lucha revolucionaria contra el Gobierno Provisional contrarrevolucionario, asentado en el Palacio de Invierno con Kerensky al frente.

El regimiento de Pavlovsk, de la Guardia, se había incorporado a las tropas revolucionarias y había recibido la orden de ocupar las calles adyacentes al Palacio de Invierno. A todas estas llegaron los marinos leales y se hicieron cargo inmediatamente de la situación. Cruzaron la plaza del Palacio en rápido e incontenible avance, arrastrando a su paso al regimiento de Pavlovks y a la Guardia y se concentraron delante del último reducto de la contrarrevolución. Con un golpe abrieron las enormes puertas e inundaron el interior del Palacio, venciendo la tenaz resistencia de los junkers –cadetes militares.

El Crucero Aurora había atracado días antes en la rada de San Petersburgo. Su comandante en jefe, leal a la causa obrera, había recibido la orden de apuntar con sus cañones al Palacio de Invierno. Entrada la noche, vísperas del 7 de noviembre,la metralla no se hizo esperar en tanto que los marinos y demás soldados bolcheviques ocupaban con rapidez el Palacio.

Al amanecer, la victoria coronaba los esfuerzos de obreros y campesinos. Lenin, jubiloso, exclamaba:

“¡A los ciudadanos de Rusia! El Gobierno Provisional ha sido depuesto. El poder dell Estado ha pasado a manos del Comité Militar Revolucionario, que es un órgano del Soviet de diputados obreros y soldados de Petgrogrado y se encuentra al frente del proletariado y de la guarnición de la capital.

Los objetivos por los que ha luchado el pueblo están asegurados. ¿Viva la Revolución de los obreros, soldados y campesinos!”

Con el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre variaba decisivamente el curso de la historia de la humanidad. La hazaña sin par de la clase obrera rusa convertía en realidad tangible y hermosa el sueño hasta entonces únicamente concebido en la mente de lo más avanzado y progresista del pensamiento humano.

De utopía en antaño, la concepción científica de un nuevo orden social cobraba forma preciosa, genial aporte de Vladimir Ilich Lenin. Las experiencia del pasado con sus reveses e inconsecuencias, no había sido en balde. La Comuna de París y otros hechos históricos habían servido de base para superar errores y equívocos.

Consumada la victoria, comenzaba una nueva era en la historia universal. La otrora Rusia zarista, feudal y atrasada, pese a la contrarrevolución interna, el bloqueo imperialista, la guerra civil, la derrotada invsión fascista y otros intentos desestabilizadores, propiciaba el establecimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y con su ejemplo imperecedero, inspiraba a los pueblos del Tercer Mundo a conquistar su propia independencia y soberanía.

Cuba, pequeña en extensión territorial, pero grande por su pueblo heroico, también recibió el legado de la Revolución Socialista de Octubre y, a pesar de la extinción de la Unión Soviética, es fiel a los postulados de Marx, Engels y Lenin.

Con la firme convicción de que pese a las amenazas, agresiones y recrudecimiento del bloqueo imperialista yanqui, el pueblo cubano y su Revolución Socialista, proseguirá su rumbo seguro hacia la construcción de una sociedad más justa y solidaria.
fuente- giron.cu

lunes, 10 de mayo de 2010

Las tropas de la OTAN desfilan por la Plaza Roja invitadas por el Kremlin

Rusia conmemoró ayer el 65 aniversario de la victoria de la URSS frente a la Alemania nazi con la tradicional parada militar en la Plaza Roja de Moscú. Este año, sin embargo, el acto albergaba una novedad: por primera vez, tropas de países de la OTAN desfilaron sobre el adoquinado moscovita. Un gesto que recibió los aplausos de Occidente y EEUU pero, al mismo tiempo, encendió la ira de los comunistas, que denunciaron «la afrenta histórica» de Dimitri Medvedev.

Rusia se vistió ayer de gala para festejar el 65 aniversario de la victoria soviética sobre las fuerzas de la Wehrmacht, día en el que se puso fin al conflicto militar más destructivo y sangriento de la historia, que se cobró la vida de más de 70 millones de personas, en su mayoría civiles.

El eje central de estas celebraciones estuvo marcado por el tradicional desfile militar sobre la Plaza Roja de Moscú, que fue encabezado por ocho soldados marchando con paso militar que enarbolaban una bandera rusa y otra soviética, con la hoz, el martillo y una estrella.

En un momento cargado de gran simbolismo, decenas de soldados franceses, británicos. polacos y estadounidenses -de países todos miembros de la Alianza Atlántica- desfilaron, bajo un sol radiante, al pie de los muros del Kremlin. Un total de 10.000 soldados rusos recorrieron la célebre plaza céntrica de Moscú, con decenas de tanques, unidades lanza-misiles y tres misiles nucleares intercontinentales Topol-M, entre otras clases de armamento.

Una treintena -según Efe- de jefes de Estado y de Gobierno asistieron al desfile, entre ellos la alemana Angela Merkel, el israelí Simon Peres o el chino Hu Jintao. El francés Nicolas Sarkozy y su homólogo italiano, Silvio Berlusconi, anularon su participación debido a la crisis financiera en la zona euro.

En su discurso desde la tribuna, Dimitri Medvedev, presidente de Rusia y jefe supremo de las Fuerzas Armadas, apeló a la unidad porque, a su juicio, esa es la fórmula para enfrentar los nuevos desafíos.

«Las lecciones de la II Guerra Mundial nos llaman a la solidaridad. La paz es frágil, como lo ha sido siempre, y estamos obligados a recordar que la guerra no empieza de repente», dijo.

«Sólo juntos podemos hacer frente a las amenazas actuales, sólo sobre la base de la buena vecindad podemos solucionar los problemas de seguridad global, para que los ideales de la Justicia y el bien triunfen en todo el mundo, y la vida de las futuras generaciones sea libre y feliz», manifestó.

De acuerdo al jefe del Kremlin, «el mal acumula fuerzas si se retrocede ante él, si se trata de no prestarle atención».

«65 años atrás, el nazismo fue derrotado, la máquina de aniquilación de pueblos enteros fue detenida. Volvió la paz a nuestro país y a toda Europa. Se puso fin a la ideología que destruía los fundamentos de la civilización», indicó. Asimismo, añadió que «en 1945 se alcanzó la victoria no sólo militar, sino también moral, una victoria global». «Esta guerra nos convirtió en una nación fuerte».

Medvedev tomó la palabra después de que el titular de Defensa, Anatoli Serdiukov, pasara revista a las tropas.

Reacciones de cal y de arena

La ceremonia de ayer, tanto por su formato como por la novedosa participación de las fuerzas internacionales, hizo correr, aún en mayor medida, ríos de tinta, como ya había ocurrido en anteriores jornadas.

El Partido Comunista de Rusia, que sigue constituyendo el mayor partido opositor del país, puso el grito en el cielo y arremetió contra la presencia de la OTAN en el desfile de la Plaza Roja, en lo que consideran una afrenta histórica pero que, para el presidente Medvedev y los analistas, representa un gesto claro de acercamiento hacia los países de Occidente y, sobre todo, hacia su homólogo estadounidense, Barack Obama.

«Esta formación unida es prueba de nuestra voluntad común para defender la paz. Sólo unidos podemos enfrentarnos a las amenazas de hoy», señaló el mandatario ruso.

Los comunistas, no obstante, no recibieron el gesto con tanto agrado como la llamada comunidad internacional. «Permitir la entrada de tropas de la OTAN en la Plaza Roja es una humillación para los veteranos de la Gran Guerra Patria -apelativo soviético para la contienda mundial-», había asegurado en días anteriores el dirigente comunista Guennadi Ziuganov.

En su intervención, acusó expresamente al primer ministro ruso, Vladimir Putin, de invitar a los soldados de la Alianza a desfilar frente al «sagrado» mausoleo de Lenin, fundador de la Unión Soviética.

«No tienen derecho"

«Las tropas de la OTAN que bombardearon Irak y la antigua Yugoslavia no tienen derecho moral a pisar la Plaza Roja», denunció el Partido Comunista, que ayer celebró una movilización contra la presencia de estas tropas internacionales.

Por contra, el gesto ruso recibió la aprobación del inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama, quien no pudo acudir a la celebración por conflictos de agenda. «El presidente Medvedev ha demostrado una extraordinaria capacidad de liderazgo a la hora de honrar los sacrificios de aquellos que nos precedieron, y al hablar con franqueza de la supresión de derechos y libertades elementales que tuvo lugar en la Unión Soviética», indicó en una nota.

La mayoría de los ciudadanos rusos encuestados, un 55%, vio con buenos ojos la presencia de la OTAN en el desfile de ayer. Un 28% de los preguntados por la consultora independiente Levada Centre se opusieron explícitamente a ello.

http://www.gara.net/paperezkoa/20100510/198544/es/las-tropas-otan-desfilan-plaza-roja-invitadas-kremlin

miércoles, 10 de febrero de 2010

De vanguardias y dictaduras proletarias


A más de dos décadas de la desintegración de la Unión Soviética y del derrumbe del llamado socialismo real, quienes aspiramos a merecer el adjetivo de revolucionarios nos vemos continuamente en la necesidad de hacer una reflexión sobre los viejos caminos de la lucha, para aprender de nuestros errores y poder con este aprendizaje trazar los caminos nuevos que nos lleven a la victoria. Pareciera que después de tanto tiempo, estas reflexiones estuvieran ya rebasadas, ya asimiladas por los revolucionarios, cuyos planteamientos se hubieran adecuado a los avances de la filosofía y la práctica de la lucha revolucionaria. No obstante, el fantasma del estalinismo y los peores momentos de la visión mecanicista del marxismo siguen repitiéndose en los discursos y los programas de muchas organizaciones de la izquierda contemporánea. Seguimos reproduciendo viejos dogmas y deformaciones que debieran haberse dejado atrás hace mucho tiempo. Este tipo de inercias del pasado hace que nuestros esfuerzos por transformar la sociedad se vayan consumiendo desde adentro, y que la lucha revolucionaria, como la piedra de Sísifo, siga cayendo una y otra vez justo antes de llegar a la cima. Es por esto que presentamos aquí una breve reflexión sobre algunas categorías de la estrategia revolucionaria que creemos siguen arrastrando interpretaciones equivocadas y dogmas incuestionables en algunos sectores del marxismo.

Estas consideraciones se vuelven más necesarias hoy, a la luz del momento de crisis por el que pasa el capitalismo. Desde hace unos años ya, este sistema ha ido perdiendo cada vez más legitimidad y comienza a desmoronarse su hegemonía en el imaginario social de amplios sectores de la sociedad. No obstante, mientras se agudiza la crisis económica y política del capitalismo, la izquierda revolucionaria, lejos de emprender una lucha ideológica que logre construir una contrahegemonía amplia y con fuerza suficiente para suplantar al capitalismo, ha dejado de ser una alternativa real a los ojos de nuestro pueblo. No hemos logrado construir y presentar una alternativa a la población, y muchas veces nos quedamos en los esquemas viejos y atrasados, reproduciendo discursos "revolucionarios" de autoconsumo que ya no logran apelar a la estética popular, en tanto que mantienen a ultranza estas categorías ya bastante cuestionadas.

La tarea es revisar nuestras categorías y conceptos, deconstruirlos y resignificarlos, creando un nuevo discurso y sobre todo una práctica ética y estética, que deje atrás el pragmatismo revolucionario, que construya los nuevos paradigmas de la actualidad, que resuene en el imaginario popular, que surja verdaderamente de la realidad diversa y compleja, y que no sólo se construya a partir de los cánones de una teoría estática.

El sujeto revolucionario

Uno de los primeros presupuestos del dogmatismo revolucionario, y del cual se derivan muchas de sus prácticas, es la existencia de un sujeto revolucionario único, es decir, la existencia de una clase social cuya posición histórica es la de llevar el capitalismo a su destrucción, una clase social que se encargaría de transformar a la sociedad desde sus fundamentos, en pocas palabras, una clase predeterminada para la revolución. Este sujeto revolucionario por excelencia era el proletariado, y particularmente el proletariado entendido como el obrero industrial. El obrero era el único que podía enterrar a la sociedad burguesa debido a su papel fundamental dentro de ésta, es decir, debido a su condición de productor de valor. Sería fácil darse cuenta de que toda la riqueza de la sociedad capitalista es producida por los obreros, ya que es su trabajo el que está materializado en la totalidad de las mercancías que constituyen la riqueza burguesa.

El proletariado -podemos ver desde esta óptica- es una clase que está acostumbrada ya de por sí a la disciplina, pues desde su origen, se constituye en la más férrea de las disciplinas, es decir, la disciplina de la fábrica. Además de esto, el proletariado sería una clase socialista por definición, en tanto que la producción industrial moderna es la más social de las actividades, dada la división del trabajo que presupone la industria. Así, el proletariado tenía todas las características necesarias para la revolución, era una clase disciplinada, socialista, y predispuesta a la conciencia de clase, ya que su posición ante los medios de producción la llevaban a ubicar claramente el punto neural de la explotación.

Esto llevó a muchas organizaciones de izquierda a formarse una concepción homogénea de los obreros, como un ente en sí mismo, monolítico y coherente, y a apostar todos sus esfuerzos a la organización de esta clase, ignorando o menospreciando las luchas de cualquier otro grupo social. En el mejor de los casos, se concebía al campesinado, definido en torno a su ubicación respecto a los medios de producción, como la clase secundaria que podría sin embargo incidir decisivamente en la lucha de clases. Se buscaba insistentemente la alianza con los campesinos, quienes deberían ser la fuerza bruta del proletariado, el que por cierto, no perdía por ello su condición de sujeto revolucionario.

No obstante, la realidad comenzó a desenvolverse por un rumbo diferente. La idea de un solo sujeto revolucionario comenzó a derrumbarse por dentro y por fuera. Ese proletariado industrial se reveló tan complejo y diverso que hoy sería imposible pensar en un prototipo del proletario. Al mismo tiempo, comenzaron a aparecer numerosos grupos sociales que no cabían en la categoría clásica del proletariado, pero que sin embargo reclamaban su papel en la lucha revolucionaria. El movimiento tuvo que aceptar, por ejemplo, que los grupos indígenas no estaban dispuestos a disolver su identidad dentro de la categoría de campesinos. La idea del proletariado como única clase revolucionaria no podía sostenerse más.

Hoy los movimientos populares y las organizaciones que luchan están reconociendo cada vez más la diversidad y complejidad de nuestro pueblo. Se multiplican las identidades populares, y cada una de ellas nos muestra un camino diferente de la resistencia; los estudiantes y los jóvenes llenan de alegría y color su lucha, cantan y hacen teatro, eventos culturales, performances, convierten la lucha en creatividad e ingenio; los normalistas siguen adelante con el puño en alto, rescatando su larga tradición combativa y luchan no sólo por sus plazas, sino por la transformación del sistema en su conjunto; los maestros luchan en diversos frentes, unos se organizan por sus reivindicaciones sindicales, mientras otros llevan a cabo una lucha ideológica dentro y fuera de las aulas; los obreros -industriales y no industriales- se organizan de formas cada vez más diversas, desde los que buscan conquistar más espacios democráticos para el sindicalismo, hasta los que construyen experiencias de producción autónoma y cooperativista; los indígenas, y todas las diferentes identidades que engloba el término, luchan por rescatar sus formas muy suyas, luchan por hacer frente al imperialismo cultural, construyen autonomías, policías comunitarias, se organizan en torno a sus usos y costumbres, reivindican su derecho a ser ellos mismos, a su territorio, a sus recursos, su derecho a no someterse a ninguna cultura ajena y homogeneizante; las mujeres ya no están dispuestas a seguir postergando su emancipación para "después de la liberación de clase", hoy están al frente de las luchas antipatriarcales y nos enseñan que el capitalismo y el patriarcado forman parte de un sistema de opresión que no podría trascenderse si se ignorara cualquiera de los dos; los homosexuales también alzan su voz para enseñarnos que ser diferente no debe ser motivo de desprecio, que una lucha no es liberadora si niega las individualidades y las diferencias; las organizaciones insurgentes por su parte, construyen poder y multiplican las fuerzas de resistencia por todo el país, reconociendo y aprendiendo de los conocimientos y saberes populares. Hoy podemos decir que no sería completa una lucha revolucionaria que ignore la gran diversidad de sujetos, diferentes, heterogéneos y plurales.

La vanguardia revolucionaria

Una segunda categoría que nos merece esta reflexión es la de la "vanguardia", cuyas bases se derivan de la anterior. Si el proletariado era el único que podía realmente ser revolucionario, entonces, todas las demás clases sociales no debían sino ir detrás de él. En este sentido, los obreros serían la clase de vanguardia. Asimismo, dentro de la clase obrera, sólo unos cuantos lograrían desarrollar una verdadera conciencia de clase y organizarse dentro de un partido marxista. Éstos constituirían la organización o el partido de vanguardia dentro del proletariado.

Ahora bien, si como hemos visto, la realidad ha contradicho esta noción, si se nos presenta cada vez más una diversidad de sujetos revolucionarios, una multiplicidad de formas de lucha, si no se pueden ya sostener las formas homogeneizantes de concebir la lucha revolucionaria, entonces, ¿por qué todavía algunas organizaciones siguen hablando de la "vanguardia revolucionaria? ¿Por qué hoy todavía hay quien pretenda imponerse como la organización de "vanguardia"? ¿Cuál es la realidad del vanguardismo hoy? ¿Es aceptable seguir hablando de las vanguardias? ¿Existen o no existen las vanguardias revolucionarias? Y si existen... ¿puede existir más de una? ¿Por qué algunos revolucionarios siguen pretendiendo "dirigir la lucha" y "dirigir a las masas"? ¿Existe un sólo camino revolucionario? ¿Quién determina quiénes son los revolucionarios y quiénes son las vanguardias?

Sería muy presuntuoso decir que tenemos las respuestas a todas estas preguntas; no obstante, sí podemos aportar algunos elementos para una reflexión más a fondo sobre el concepto de vanguardia, lo cual nos permitirá formarnos un mejor criterio respecto a estas cuestiones. En este sentido, nos puede ayudar mucho el texto de Alain Bihr, "Ajustes a la noción de vanguardia" publicado en la revista electrónica Rebelión. Este autor comienza por esclarecer una confusión de fondo en el concepto. Nos recuerda, atinadamente, que no es lo mismo hablar de una "vanguardia" que de un "estado mayor". Ambos conceptos tienen su origen en las teorías de la guerra. En una organización militar, el estado mayor es el que dirige, organiza y controla los movimientos de la tropa; es el único que conoce la estrategia completa. Por otro lado, la vanguardia se refiere a ese pequeño grupo que se adelanta a la tropa para reconocer el terreno, para obtener información sobre las posiciones enemigas, y para establecer una primera línea de defensa.

Pues bien, resulta que en el ámbito de la lucha política, estos dos términos se han confundido y el primero tiende a usarse como si se tratara del segundo. Así, quienes hablan de la vanguardia, se refieren a un grupo o una organización cuyo papel es el de dirigir al movimiento. Este fue uno de los grandes errores de los partidos marxistas-leninistas del siglo pasado, quienes argumentando que eran la vanguardia, se creían con la responsabilidad histórica de subsumir todas las demás luchas bajo su propia estrategia, bajo una misma línea emanada del comité central de la organización de vanguardia. Quienes no se alinearan a las directrices del partido eran comúnmente tachados de reformistas, revisionistas y hasta contra-revolucionarios o pseudo-revolucionarios. A esto se reducía el concepto de la vanguardia.

Ahora bien, aun si nunca hubiera existido esta concepción, tendríamos que aceptar en todo caso, que la vanguardia política se referiría únicamente al punto "más avanzado" del movimiento, es decir, a aquel selecto grupo de revolucionarios cuya tarea sería adelantarse políticamente, abrir la brecha, reconocer el terreno político y preparar una primera línea de defensa. No podríamos negar que algunas organizaciones, efectivamente, lo han entendido así.

No obstante, aquí se nos presenta otro problema. Hablar del punto más avanzado de la lucha implica una visión lineal de ésta, es decir, presupone la existencia de una sola ruta revolucionaria, un sólo camino y un sólo objetivo. Sin embargo, como ya hemos convenido, esto contradice la realidad cada vez mas compleja y más diversa de nuestro pueblo. Hoy existen muchas formas y muchos caminos para la liberación, muchas formas de lucha que son igualmente válidas de acuerdo a los diferentes contextos y situaciones que acontecen. Habrá lugares en donde la lucha armada sea verdaderamente una necesidad, y otros en donde lo que el pueblo busca es organizarse de formas creativas y pacíficas. De este modo, pierde todo sentido hablar del punto "más avanzado" de la lucha.

Hablar de "la lucha más avanzada" nos llevaría a preguntarnos, ¿avanzada hacia dónde? ¿hacia la toma del poder? ¿hacia la construcción de autonomías? ¿hacia la imposición de una línea política? ¿hacia la implantación de un gobierno socialista al estilo bolivariano? ¿hacia la dictadura del proletariado? ¿Quién determina entonces, cuál es el punto más avanzado de la lucha?

Pero regresemos por ahora a la reflexión que hace Alain Bihr. Siguiendo la misma lógica, nos dice que las vanguardias, entendidas ya no como estado mayor sino como el punto más avanzado de las luchas, son inevitables debido a las desigualdades en el movimiento. Por supuesto que no podemos negar que algunos sectores del pueblo organizado han recorrido caminos más largos que otros, unos tienen más experiencia de lucha que otros, algunos únicamente se organizan en torno a demandas inmediatas o particulares, mientras que otros tratan de articularse más ampliamente. En este sentido, Bihr argumenta que el papel de las vanguardias debería ser el de sintetizar las experiencias obtenidas para evitar que otros tengan que repetir el camino ya andado por alguien más. Debemos aceptar que esta concepción de la vanguardia se ajusta mucho más a la realidad que aquella que piensa en dirigir al movimiento. El problema, sin embargo, es que existen miles de caminos paralelos por recorrer. Creemos entonces que más que pensar en vanguardias, deberíamos pensar que la reflexión y la sistematización de las experiencias de lucha es tarea de todos los revolucionarios.

Ahora bien, Bihr agrega otros elementos a su análisis. Nos dice que no pueden existir las vanguardias de derecho, sino de hecho, y que tampoco pueden existir las vanguardias totales, sino que existe en realidad una pluralidad de vanguardias parciales, en tanto que la lucha por la liberación es tan amplia y tan compleja que cada movimiento u organización sólo puede asimilar una parte de ese proceso. Efectivamente, nadie puede nombrarse a sí mismo vanguardia, sino que en los hechos, su práctica la llevará a descubrir nuevos caminos inexplorados en tal o cuál área de la lucha, y en ese caso, sin necesidad de identificarse como vanguardia, el movimiento buscará aprender de sus experiencias, y algunos seguirán sus pasos. Así, podríamos decir que el zapatismo, sin considerarse como tal, llegó en algún momento a ser una verdadera vanguardia en el sentido de Bihr.

Independientemente de si estamos o no de acuerdo en esta concepción rectificada del término, queda claro que lo que se entiende tradicionalmente por vanguardia es una deformación de ésta, que esconde tras de sí una visión autoritaria y elitista de la lucha. Podemos decir, junto con Bihr, que las vanguardias de hecho no pueden constituirse a partir de las formas elitistas y autoritarias de organización. Este tipo de organizaciones, que por cierto, son las que tradicionalmente se autonombran vanguardias, pretenden tener la única verdad y se comportan como un estado mayor que se sitúa fuera del movimiento mismo. Este autoritarismo les impide convertirse en vanguardias de hecho pues presupone una concepción instrumental del pueblo, concibe al pueblo como un ente pasivo, a quien le quitan su capacidad de ser agente y definir su propio destino, pues "sólo el partido" puede decidir por el pueblo. Esta concepción niega los conocimientos y los saberes del pueblo mismo, lo cual lejos de constituir "el punto más avanzado" de la lucha, representa un retroceso para la causa de la liberación popular.

Dictadura del proletariado

La tercera categoría aquí discutida tiene que ver con el concepto de "dictadura del proletariado". Este concepto ha sido abusado excesivamente y traducido en una práctica que poco tiene que ver con la noción marxista original. En este sentido, muchas organizaciones que defienden o condenan el concepto de "dictadura del proletariado" lo hacen sin saber realmente a que se están refiriendo, y toman como referente las concepciones ya deformadas del dogmatismo y la práctica del estalinismo.

Es común que en las organizaciones de izquierda se confunda el término "dictadura" por el término "tiranía". Esto es así debido a la acepción común que ha adquirido el concepto de dictadura. Una dictadura se entiende como un gobierno despótico y antipopular. Normalmente se asocia con la existencia de un tirano en quien se concentra todo el poder. Sin embargo, cuando Marx concebía este concepto no pensaba en la tiranía de un individuo. En realidad, Marx simplemente contraponía con este concepto, el gobierno del proletariado como antítesis del gobierno de la burguesía. Esta antítesis, en su resolución, resultaría en el advenimiento del comunismo. Veamos más de cerca esta idea.

Si entendemos el concepto de dictadura no necesariamente como una tiranía, sino como un gobierno impuesto que ejerce su autoridad, en contra de los intereses y las voluntades del resto de la sociedad, podemos inmediatamente estar de acuerdo con Marx cuando nos dice que la sociedad burguesa es en realidad una "dictadura de la burguesía". Esto es así sin importar las formas particulares de su gobierno. Puede tratarse de un gobierno de corte fascista o de la más horizontal de las democracias, y sin embargo, se tratará de una dictadura de la burguesía. Efectivamente, es una dictadura de una clase, en tanto que quien ejerce el poder es esa clase precisamente, y el ejercicio de ese poder va en contra de los intereses y la voluntad de las demás clases. Ahora bien, en ese mismo sentido, podemos decir que el gobierno del proletariado era necesariamente concebido como una "dictadura del proletariado" en tanto que su autoridad sería impuesta a despecho de los burgueses, y los intereses de la burguesía no serían tomados en cuenta en el ejercicio de ese gobierno, dado que el fin último sería la desaparición de la burguesía como clase.

Consecuentemente, era necesario que el gobierno proletario fuera "antidemocrático" en el sentido burgués del concepto. Si la "democracia" se refería a la democracia liberal burguesa, entonces era evidente que el gobierno popular no podía adoptar una forma de gobierno burgués. En este sentido, no podía incluir en su agenda política a los intereses de la clase burguesa. Tales eran los postulados marxistas sobre la necesidad de una dictadura del proletariado.

No obstante, en la práctica de la izquierda, el concepto comenzó a ser entendido de forma diferente, y una vez en el poder, los partidos comunistas terminaron por convertir el concepto en una verdadera tiranía. Se comenzó a argumentar que el proletariado no podía ejercer su poder directamente y por sí mismo, sino que tenía que depender de alguien que lo representara, es decir, del partido. En este sentido, la dictadura del proletariado terminaría por convertirse en la dictadura del partido. El partido podría ejercer su autoridad aun en contra de los intereses y la voluntad de todo el que no estuviera de acuerdo con sus directrices. Dentro del partido, el comité central sería quien dictara la línea y todos los demás elementos no podrían sino obedecer esa línea.

No hace falta mucho esfuerzo para darse cuenta que este tipo de gobierno "proletario" en realidad enajenaba al proletariado de su poder político, pues los despojaba de toda capacidad de gobernarse directamente y decidir por sí mismos. La práctica llevó a quienes postulaban la "dictadura del proletariado" a crear exactamente su contrario en términos marxistas, pues la imposición de un gobierno de partido iba en realidad en contra de los verdaderos intereses del proletariado. Ni qué decir de todas las demás clases no burguesas, que no eran tampoco proletarias, como los indígenas y las minorías étnicas, los migrantes, las mujeres, los homosexuales, etc. En el mejor de los casos, estas clases quedaban completamente fuera de la visión del gobierno "proletario". En el peor de los casos, eran combatidas y condenadas a desaparecer, en tanto que se buscaba la homogeneización de las clases en torno a una sola, el proletariado.

Ahora bien, aun si los partidos marxistas se hubieran ajustado enteramente a la noción original de la dictadura del proletariado, sería de todas maneras cuestionable la viabilidad de dicha forma de gobierno. Como podemos ver, el hecho de una dictadura implica un gobierno totalizante, es decir, la imposición de una sola clase, que niega la diversidad y las diferencias. Recordemos que no podemos reducir la sociedad a dos clases únicamente. Hemos visto ya que el pueblo es diverso y complejo, que existen una diversidad de identidades y grupos sociales. Negar el modelo de sociedad burgués y su forma de gobierno no tiene que significar la desaparición de la diversidad de los sujetos.

¿Qué forma entonces puede tomar la negación de la sociedad burguesa? Esta pregunta no la puede contestar una sola organización o un solo movimiento. En realidad, la gran complejidad de los sujetos hace que no exista una sola alternativa de gobierno, sino una multiplicidad de diferencias cuya liberación depende de la negación de todo intento de imposición. En este sentido, Chantal Mouffe hace una critica al liberalismo, que bien podría extenderse a las posiciones totalizantes de las izquierdas dogmáticas. Según esta autora, el gran problema del liberalismo fue querer incorporar a todas las diferencias y a todos los antagonismos sociales dentro de un sólo marco abarcador y homogeneizante. El problema es que este tipo de "inclusión" era más bien una negación de las particularidades, lo cual no podía sino agudizar los antagonismos sociales. Para esta autora, los conflictos y las diferencias entre los grupos sociales son inevitables. Sería prácticamente imposible uniformar todos los intereses sociales. La solución que propone no pasa por la integración de las diferencias, sino por la aceptación de las diferencias, es decir, la construcción de una democracia "agonística" [1] , lo que en otras palabras quiere decir, la construcción de un gobierno que permita la expresión de formas diferentes de gobierno.

Podemos tomar alguno de estos conceptos para la visión socialista y pronto llegaremos a la conclusión de que no se puede simplemente "tomar el poder" e imponer un gobierno de tintes autoritarios para trascender a la sociedad burguesa, sino que es necesario que la destrucción de la burguesía se dé desde el fortalecimiento de las diferencias, desde la construcción de poderes populares diversos y autónomos. Así, podemos decir que una verdadera alternativa al poder burgués, es el poder popular. Un poder popular, o más bien, una diversidad de poderes populares que verdaderamente logre emancipar a los pueblos y a los sujetos, y que no los subsuma dentro de un nuevo tipo de dominación, aunque ésta emane de la izquierda. La única posibilidad de no repetir la opresión, pero desde la izquierda, es que cada uno de los factores diversos tenga el poder para sí y desde sí, esto es, que el poder no se centralice desde una posición heterónoma, sino que surja desde las diferencias. Que cada quien construya y ejerza el poder desde su lugar de origen, en otras palabras, el poder "aquí y ahora".

Por supuesto que no podemos tampoco olvidar la necesidad de una forma de poder que vaya mas allá de lo meramente local, es decir, la necesidad de construir un gobierno amplio que funcione como interfase entre los diferentes grupos sociales. Sin embargo, cualquier forma de gobierno nacional o regional que busque cumplir esta función tendría que funcionar desde la lógica de la diferencia y no desde la lógica de la imposición y la uniformidad. No podemos reproducir las formas enajenantes del Estado burgués. En este sentido, Marx advertía cuando hablaba sobre la Guerra Civil en Francia, que "la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines. El poder estatal centralizado, con sus órganos omnipotentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura -órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo-, procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo" [2] . Dicho de otro modo, este tipo de estructuras son propias de la burguesía y no caben ya en un gobierno popular que busque la emancipación y la plena realización de todos los grupos sociales. Es pertinente recordar aquí la consigna zapatista del "mundo en donde quepan muchos mundos".

Conclusión

Puede ser verdaderamente difícil para la izquierda dejar de lado estas categorías y conceptos, pues han constituido una parte central de la práctica y el discurso revolucionario por ya más de un siglo. Aun quienes rechazamos estas nociones y estamos de acuerdo en la necesidad de crear un nuevo paradigma de lucha y un nuevo discurso, muchas veces reproducimos en nuestra práctica el verticalismo, el vanguardismo y las prácticas homogeneizantes del poder heterónomo.

Estas categorías hoy no pueden sino recordarnos los tiempos más nefastos del estalinismo. La memoria del autoritarismo estaliniano y sus horrores han hecho que el pueblo ya no esté dispuesto a otorgar un cheque en blanco a los revolucionarios por la promesa de un futuro mejor. El pueblo ya no está dispuesto a arriesgarse en una lucha cuyos triunfos serán capitalizados por unos cuantos a costa de la verdadera mayoría. Son estas prácticas y estas nociones las que llevaron al socialismo a un impasse, en el cual, la visión de una utopía realizable dejó de tener resonancia en los pueblos, lo cual fue aprovechado por la burguesía para extender su hegemonía y declarar su triunfo ante el socialismo. Hoy, la hegemonía capitalista comienza a tambalearse. Su poder ideológico ya no logra penetrar plenamente en las mentes y los corazones del pueblo. Es por esto que se vuelve necesario y urgente para los movimientos revolucionarios, el hacer este ejercicio autocrítico, trascender las viejas prácticas y los viejos dogmas, y construir un nuevo paradigma de lucha que logre verdaderamente atraer la voluntad de lucha de nuestro pueblo.



[1] El término "agonístico" se entiende como lo opuesto a lo "antagonístico".
[2] Marx, Karl, La Guerra Civil en Francia

domingo, 15 de noviembre de 2009

Las causas de la intervención soviética en España [1936 - 1939]


Juzgar aisladamente la política del Partido Comunista de España, considerándolo como una organización española más, cual uno de tantos partidos, sería no sólo erróneo, sino asimismo inútil. Inútil, porque entonces no se comprendería nada; erróneo, ya que contribuiría a mantener un equívoco. Al cabo de cuentas, cuanto han dicho, escrito o hecho los dirigentes comunistas españoles de todos los tiempos, no ha sido más que un eco directo de cuanto han hecho, escrito o dicho -mejor aún : ordenado- los dirigentes de turno en el Kremlin.

No cabe duda de que los vaivenes, los zigzags, los « virajes » como suelen decir en su jerga propia, que el Partido Comunista de España ha conocido a lo largo de su medio siglo de existencia, no tendrían el menor sentido si no fuesen el resultado directo de la política dictada desde Moscú. ¿Cómo explicarse, por ejemplo, que ese partido se pronunciara alborotadamente contra la República en 1931 y no menos ruidosamente en favor de la República en 1936, yendo así a contrapelo no sólo del más elemental análisis político, sino también de la simple lógica? Pura y simplemente, en una y otra ocasión no hizo otra cosa que aplicar con la máxima sumisión las consignas que le dictaba la Internacional Comunista, la cual estaba a su vez sometida a las necesidades de la política exterior soviética.

Por tanto, para comprender la acción del Partido Comunista de España en ese momento crucial que es julio de 1936, es indispensable ocuparse previamente de la política desarrollada durante aquellos años por la Unión Soviética y de la situación europea imperante entonces.Recordemos inicialmente que la política seguida por la Internacional Comunista hasta 1934 -sobre todo a partir de 1927-, estuvo determinada por el falso análisis establecido por los dirigentes soviéticos, los cuales consideraron que el capitalismo había entrado en una crisis definitiva, que ineluctablemente acarrearía su derrumbamiento inmediato. Fue el llamado « tercer periodo », el de la lucha intransigente de « clase contra clase », según la terminología comunista.

Los comunistas, ante esta perspectiva en la que creían ciegamente, concentraron sus ataques contra las otras organizaciones obreras, pues se trataba para ellos de ser los únicos que heredasen la sucesión del capitalismo. Así surgió en Moscú la noción del « socialfascismo » que se lanzó a los cuatro vientos, completada en España con la del « anarco-fascismo ».

El estalinismo se consideró motu proprio como el representante exclusivo de la clase trabajadora, el único intérprete de sus intereses. Llegó a más : a proclamarse el depositario de la verdad absoluta, convirtiendo así su organización en una Iglesia y su programa en un dogma, al mismo tiempo que los discrepantes se convertían en herejes y los militantes en fieles seguidores sujetos a la jerarquía superior y sometidos a permanente inquisición.

Esta táctica impuesta por Stalin a la Internacional Comunista, no obstante la grave crisis económica y financiera que sacudió al mundo durante los años 1929-1930, indispuso a los comunistas con el resto del movimiento obrero y les acarreó no pocos fracasos.Su congénito dogmatismo les impidió ver a tiempo dos hechos capitales : que el capitalismo superaba sus contradicciones internas y alejaba así el día de su derrumbamiento, y, sobre todo, que en el corazón de Europa, en Alemania, el hitlerismo se iba imponiendo amenazador, lo cual supondría a corto plazo un cambio radical en la situación política europea.

Todavía dos meses después de la subida al poder de Hitler, la Internacional Comunista afirmaba en un documento fechado el 1 de abril de 1933 que « la instauración de la dictadura fascista disipa todas las ilusiones democráticas de las masas, las libera de la influencia de la socialdemocracia y acelera la marcha de Alemania hacia la revolución proletaria ». Esta resolución fue publicada en Francia en un folleto prefaciado por Jacques Duclos, en el que éste escribía : « He aquí comprobadas por los acontecimientos las acusaciones de socialfascismo que hemos lanzado contra la socialdemocracia, cuya evolución ha sido definida por Stalin con una claridad que no dejará de impresionar... » La misma actitud adoptaron -¡naturalmente!- los dirigentes del Partido Comunista de España y uno de ellos, Vicente Arroyo, afirmaba en La Correspondencia Internacional (25 de agosto de 1933) : « Nuestra tarea esencial en estos momentos es desenmascarar implacablemente la nueva posición de traición de los jefes socialfascistas españoles. » Los trascendentales acontecimientos que había cambiado la faz de Alemania y estaban a punto de modificar el panorama político de Europa, no habían enseñado nada a Stalin y a sus acólitos.

Casi dos años tardó el llamado « guía genial e infalible » -la deificación de Stalin, como todos recordarán, alcanzó límites ridículos por parte de sus múltiples turiferarios- en comprender que la situación internacional se había transformado fundamentalmente.

Las esperanzas que había depositado en un derrumbamiento del capitalismo se desvanecieron, puesto que a la depresión que motivó la crisis norteamericana siguió una cierta estabilización, salvo en Alemania. Pero en Alemania, con sus millones de obreros en paro forzoso, no triunfó la revolución, sino el fascismo hitleriano. (Verdad es que durante el primer año de la ascensión de Hitler al poder, es decir, a lo largo de 1933, Stalin se esforzó en establecer relaciones amistosas con el nuevo régimen alemán : en el mes de mayo se ratificó el protocolo de prórroga del pacto germano-soviético de 1926, que a su vez era una prolongación del célebre acuerdo de Rapallo; Molotov, entonces presidente del gobierno soviético, insistió más de una vez en que la Unión Soviética no tenía motivo alguno para modificar su política amistosa respecto a Alemania; por último, Izvestia escribió el 4 de marzo que la URSS era el único país que « no abrigaba sentimientos hostiles hacia Alemania, cualesquiera que fuesen la forma y la composición del gobierno ».) Ahora bien, esa estabilización económica acarreó un neto desplazamiento hacia la derecha de los regímenes políticos en bastantes países : el militarismo nacionalista se impuso en el Japón, el clericalismo en Austria, las dictaduras reaccionarias en casi toda la Europa oriental, un gobierno conservador en Gran Bretaña, el llamado « bienio negro » en España, un gabinete derechista en Francia, etc. Asustado sin duda por esta situación, Stalin dictó súbitamente a la Internacional Comunista un cambio total de política : 1935 fue el año decisivo de ese cambio, con el acercamiento de la Unión Soviética a los países occidentales y el llamamiento de los comunistas en favor de los Frentes Populares, ambas acciones complementarias. A partir de entonces, para la URSS el enemigo inmediato es Hitler, por lo que no duda en firmar un pacto militar de asistencia mutua con el reaccionario francés Fierre Laval y en buscar un acuerdo similar con el conservador inglés Anthony Eden.

El viraje es total. En el comunicado que oficializa el pacto francosoviético, firmado en mayo de 1935, se señala que Stalin « comprende y aprueba plenamente la política de defensa nacional llevada a cabo por Francia para mantener sus fuerzas armadas al nivel de su seguridad ».

Los diputados comunistas, por vez primera, votan en el parlamento francés los créditos militares. Y en el VII Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en agosto del mismo año, que oficializa la nueva línea política, Thorez, secretario general del Partido Comunista francés, dice en su discurso : « No queremos dejar al fascismo la bandera de la gran Revolución, ni tampoco la Marsellesa de los soldados de la Convención » (La Correspondencia Internacional, 18 de noviembre de 1935). Desaparece entonces todo lenguaje revolucionario : « Nosotros -proclama Dimitrov- hemos eliminado sistemáticamente de los informes y resoluciones del Congreso las frases sonoras sobre las perspectivas revolucionarias. » En efecto, ya no se trataba de revolución, sino de colaboración.

El fin propuesto, al cual se supeditaba todo, era reunir en una amplia unión sagrada, bajo la bandera del antifascismo, no sólo a comunistas y socialistas, sino asimismo a la fracción democrática y liberal de la burguesía. Para facilitar esta tarea, los comunistas recurrieron a las tradiciones nacionales y hasta nacionalistas, tendieron la mano a los católicos, adoptaron un vocabulario propio de simples demócratas y atacaron con su habitual virulencia a los grupos revolucionarios que no se prestaron a su juego. Aparece entonces en el horizonte político el « compañero de ruta », es decir, el que sin ser militante comunista sostiene incondicionalmente la política del partido; suele ser, por lo general, profesor o escritor y pertenece por sus orígenes y su situación social a la burguesía. A cambio de su colaboración, los comunistas lo colman de elogios y de beneficios, olvidando deliberadamente su clase social, su ignorancia política y su natural indiferencia respecto a la situación de la clase trabajadora.

Mas al mismo tiempo que la Internacional Comunista, fiel y sumisa a las órdenes de Stalin, cambia radicalmente su política orientándose hacia los Frentes Populares y ofrece así su colaboración a los « socialfascistas » y a los « enemigos de clase » de ayer en nombre del antifascismo, entran por vez primera en la dirección de la misma los máximos responsables de los servicios policíacos soviéticos.

En el Comité Ejecutivo figura ahora Yegov -el hombre siniestro que dio su nombre a la yegovscina, la forma más cruel y esquizofrénica de la represión contra los antiguos bolcheviques, extendida luego a miles y hasta millones de soviéticos-, mientras que en el secretariado, también por primera vez, entra Moskvkin, el hombre fuerte de la terrible NKVD.

Stalin trataba sin duda de controlar con la mayor eficacia, es decir mediante el terror, a los dirigentes comunistas encargados de aplicar la nueva política « frentepopulista »; posiblemente se proponía impedir que estos últimos tomaran demasiado en serio su colaboración con los socialistas y los demócratas burgueses, escapando por tanto a la disciplina de Moscú.

En última instancia, el antifascismo no era para Stalin un fin en sí, sino un medio que le permitiese hallar circunstancialmente nuevos aliados que complementaran en la acción política cotidiana la alianza de la Unión Soviética con las democracias occidentales. En consecuencia, los comunistas establecían una línea de demarcación que no correspondía a un criterio de clase o ideológico. Ser catalogado como « amigo » o « enemigo » dependía exclusivamente de que aceptasen o no la política frentepopulista de Moscú.

La situación política europea hacía entonces bastante difícil la diplomacia soviética, basada sobre todo en la alianza con Francia y en un posible acuerdo con Gran Bretaña. El ingreso de la URSS en la Sociedad de Naciones, en septiembre de 1934, llevada a cabo con la pretensión de utilizar este organismo internacional como barrera opuesta a la expansión alemana y hacer sentir al mismo tiempo su influencia en las cancillerías de la Europa occidental, no dio el menor resultado. En efecto, la conquista de Manchuria por el Japón, el fracaso de la Conferencia del Desarme, la invasión de Abisinia por las tropas italianas y la reocupación de Renania por Alemania, quebrantaron hasta tal extremo la Sociedad de Naciones que ésta dejó prácticamente de existir. Ante esta situación, Stalin juzgó necesario oponerse al peligro hitleriano con dos acciones complementarias, pero que según las circunstancias podían resultar antagónicas : reforzar su colaboración con Francia y a ser posible con Gran Bretaña en el terreno diplomático; intensificar, en el terreno político, el movimiento antifascista sirviéndose de los Frentes Populares.

Si bien estos dos actos se complementaban en la estrategia estalinista, también podían oponerse entre sí en caso de que el Frente Popular alcanzara el poder en algún país. Fue lo que ocurrió en España y en Francia, en febrero y junio de 1936, respectivamente, con el consiguiente retraimiento de Gran Bretaña, ya que sin la menor duda a los conservadores ingleses les asustaba más el frentepopulismo triunfante que el propio fascismo, al que creían poder apaciguar mediante continuas concesiones. Es indudable, pues, que a Stalin le preocupaba la posibilidad de que este difícil equilibrio se alterara demasiado en detrimento de las clases dirigentes de los países occidentales.

Por eso, cuando el equilibrio se rompe en España y en Francia merced al triunfo del Frente Popular, la Unión Soviética se esfuerza en frenar el ímpetu revolucionario de las masas trabajadoras, contando para ello con los dirigentes de los respectivos partidos comunistas. Ya en el VII Congreso de la Internacional Comunista, el del espectacular cambio de política, Togliatti, uno de sus principales jefes, se cuidó de recordar : « Nosotros no defendemos a la Unión Soviética sólo en general, sino que defendemos en concreto toda su política y cada uno de sus actos. » En Francia, el 11 de junio, Thorez se enfrenta con el movimiento huelguístico, afirmando : « Si es importante conducir bien un movimiento reivindicatorio, también hay que saber terminarlo. Ahora no es cuestión de tomar el poder. » Otro dirigente francés añade : « Nosotros estimamos imposible una política que, frente a la amenaza hitleriana, podría poner en peligro la seguridad de Francia. » A decir verdad, no se trataba de la seguridad de Francia, sino de la seguridad de la Unión Soviética.

En el mismo sentido se pronunciaron los dirigentes comunistas españoles. José Díaz, su secretario general, en un discurso proferido el 11 de abril de 1936, proclamaba que España « debe orientarse hacia la política de paz de la URSS » y pedía que el gobierno se adhiriese al pacto militar francosoviético.

Una semana después, en otra de sus peroratas dijo : « Debemos luchar contra toda clase de manifestaciones de impaciencia exagerada y contra todo intento de romper el Frente Popular prematuramente. El Frente Popular debe continuar.

Tenemos todavía mucho camino que recorrer juntos con los republicanos de izquierda. » Como puede comprobarse, los dirigentes comunistas recitaban en sus respectivos países una lección bien aprendida en Moscú. [...]


Para leerlo entero www.ruedoiberico.org/libros/textos.php?id=99*Texto extraído del libro "El Proceso contra el POUM" editado por Ruedo Ibérico
http://www.ruedoiberico.org/libros/textos.php?id=100

domingo, 8 de noviembre de 2009

Añoranza en Rusia por la Revolución Bolchevique


Los comunistas en Rusia anunciaron la realización de marchas y mítines hoy por el 92 aniversario de la Revolución Bolchevique de 1917, informó el líder de los comunistas moscovitas, Vladímir Ulas, dijo la agencia de noticias Argenpress.
“Unas 30 mil personas realizarán marchas y mítines por todo el país por el 92 aniversario de la Revolución Socialista de Octubre”, precisó . El 7 de noviembre de 1917, en Petrogrado (actual San Petersburgo) se desató una insurrección armada que culminó con la toma del Palacio de Invierno. Los miembros del Gobierno Provisional quedaron arrestados y fue proclamado el Poder Soviético que duró más de 70 años en el país. Ayer, 6 de noviembre, los diputados por el partido Comunista de Rusia depositaron flores al pie del Mausoleo de Lenin en Moscú, dijo Ulas tras resaltar que los comunistas no sólo celebrarían el aniversario, sino también plantearán los problemas más acuciantes relacionados con la crisis y la política del Gobierno.En tanto, desde el portal rebelión.org se dijo que “la Revolución de Octubre fue desde su primer momento un referente del movimiento obrero internacional e internacionalista y de las organizaciones socialistas que no claudicaron frente al belicismo y las ansias de conquista de los poderosos de la tierra”.Las palabras fueron expresadas por el escritor, científico, traductor y militante Manuel Talens quien sostuvo que “los actos organizados para este 7 de noviembre” conservan en la memoria “de muchos luchadores revolucionarios, aquella gesta histórica que dio lugar a la ahora extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).“Sobre el 7 de noviembre de 1917 y su importancia histórica se han escrito toneladas de páginas y lo que yo pueda añadir ahora (…) es que la Revolución rusa fue la segunda de la historia, pero la primera que ganó el proletariado, pues la francesa –de carácter burgués– dejó intacta la propiedad privada capitalista de los medios de producción como sistema económico imperante. En cambio, la Revolución rusa fue la prueba tangible que necesitaban los parias de la tierra para estar seguros de que el sueño de Marx no era irreal.¿Cómo no iba a representar el principio de una nueva esperanza? El capitalismo explotador esta vez no siguió en pie, sino que fue reemplazado por el comunismo, bellísimo concepto a pesar de toda la desinformación que ha sufrido durante más de un siglo, y ese comunismo significaba la igualdad en el disfrute de los bienes terrenales. Que en última instancia aquel edificio se derrumbara siete décadas después no hace menos sublime su construcción. A lo sumo nos confirma que los sueños, una vez realizados, necesitan mimo y lucha diaria durante toda la vida para que no se extingan”, añadió Talens.“El comunismo, ese bellísimo concepto según tus palabras, sería la “igualdad de disfrute de los bienes terrenales. Claro, se trata de un concepto básico del materialismo histórico, que se desprende de la sociedad sin clases y de la propiedad pública de los medios de producción. El paraíso, si es que existe, está aquí abajo y no tiene por qué ser sólo para unos pocos, sino para todos. A eso se le llama compartir, lo cual es ajeno a la naturaleza del capitalismo. El mensaje evangélico del cristianismo es exactamente igual que el del comunismo, salvo que se adentra en el terreno del pensamiento mágico para fantasear un hipotético disfrute igualitario en el más allá”, acotó.La Revolución bolcheviche, también conocida como Revolución de octubre, fue la segunda fase de la Revolución rusa de 1917, tras la de febrero. La fecha octubre, inmortalizada por la épica revolucionaria, corresponde al calendario juliano vigente en la Rusia zarista.
Miles de militantes y simpatizantes de izquierdas han salido a la calle en Moscú para conmemorar el 92 aniversario de la revolución de 1917. En la Unión Soviética, la jornada del 7 de noviembre era fiesta estatal, pero en la Rusia postcomunista ha sido sustituida por otra conmemoración nacional, de poco arraigo, el 4 de noviembre.
Los comunistas salen a la calle en esta fecha como añoranza hacia la URSS y protesta contra el capitalismo salvaje actual en Rusia y sus miserias sociales. Esta vez, ha habido incluso entre una docena y una veintena de detenidos, entre ellos el dirigente del movimiento Frente de Izquierdas, Serguéi Udalzov, por los aparatos represivos rusos.
El líder del Partido Comunista de Rusia, Guennadi Ziugánov, ha criticado la política del Kremlin y ha acusado a los dirigentes rusos de haber malgastado 200.000 millones de dólares sin haber creado ni una sola empresa nueva. Ziugánov ha repartido también carnés a los nuevos komsomoles (jóvenes comunistas) y afiliados al partido en un mitin al que han asistido unas 6.000 personas celebrado en las inmediaciones del teatro Bolshói.
En Moscú se han movilizado más de 10.000 agentes del orden. Con ocasión del 7 de noviembre, se habían registrado peticiones para celebrar 479 mítines con una asistencia prevista de 154.000 personas en todo el país, según la agencia Interfax.
Desfile de época
Por otra parte, en la Plaza Roja ha habido un desfile militar con trajes y armamento de época en la que han participado cinco mil uniformados para conmemorar el desfile de 1941 en el marco de la preparación del 65 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial.
En vísperas de su viaje a Alemania, el presidente Dmitri Medvédev, ha explicado sus planes de futuro y los del jefe de gobierno, Vladímir Putin, en una entrevista con el semanario Der Spiegel. Haciendo un símil con los dirigentes de la URSS, que presidían las manifestaciones en la Plaza Roja desde lo alto del mausoleo de Lenin, el presidente ha dicho que no le gustaría que él y Putin fueran percibidos en algún momento como "envejecidos dirigentes del Politburo del comité central del PCUS, que salen al mausoleo con los mismos abrigos y gorras" y no es posible distinguirlos a unos de otros.
En caso de continuar "siendo atractivos como figuras políticas para la población", él y Putin, decidirán entre los dos quién se presenta a las elecciones de 2012, para "no estorbar" uno al otro, ha señalado.
fuente- kaos en la red

sábado, 19 de septiembre de 2009

Marxismo leninismo:base ideologica del revolucionario


Cuando planteamos iniciarnos en el Marxismo-Leninismo (M-L) de forma autodidacta solemos tener la tentación de recurrir directamente a textos o libros clásicos. Sin embargo la traumática experiencia que por ejemplo supone coger de buenas a primeras El Capital u cualquier otro libro clásico e intentar tragárselo suele ser seguida por una desesperada sensación de frustración al no entender nada de nada, y al consiguiente abandono de cualquier libro de los denominados clásicos, y, junto con ello, cualquier cosa que huela a formación.
En cualquier discusión política –con los amigos, profesores...- a los Comunistas siempre nos echan en cara lo de la URSS, lo de que “eso ya está pasado de moda”, lo de “el Comunismo no funciona” y, sobre todo, eso tan insoportablemente paternalista de “las teorías de Marx estaban bien para el siglo XIX, pero ahora las cosas han cambiado”, cuando no lo de “ahora eres Comunista porque aun eres joven e impulsivo, pero cuando seas mayor veras las cosas de otra manera”.
Claro que ninguno de nuestros contertulios suele tener ni puñetera idea de lo que dijeron Marx y Lenin. Y, lo que es peor, que a menudo tampoco nosotros lo tenemos muy claro, con lo que tan solo nos queda encerrarnos en nuestras convicciones y repetir eso de “¡no, no, seguro que tenemos razón!... aunque yo no la conozca”. Todo es confuso y no sabemos muy bien hacia donde tirar: qué hacer –que decía el bueno de Lenin-.
No podemos ir por la vida de Comunistas y luego no ser capaces de sostener una discusión ideológica sin un mínimo de posibilidades de salir de ella –al menos- dignamente. Se supone que debemos entender por qué ocurren las cosas y qué es lo que hay que hacer. Y malamente vamos a poder hacer eso sin una formación básica.
Además, sería caer en un empirismo barato y estrecho pensar que podemos prescindir de las experiencias, luchas, conclusiones y enseñanzas de los que estuvieron en la lucha antes que nosotros. Porque eso es, precisamente, el Comunismo: la experiencia concentrada de 150 años de movimiento obrero, de lucha. Es lo general, lo que se puede aplicar a cada lucha concreta: y, a su vez, es una abstracción –una generalización- de cada una de esas luchas particulares.
fuente- comunismo global

domingo, 13 de septiembre de 2009

Guerra Mundial y anticomunismo



JOSÉ HARO HERNÁNDEZ
Hasta no hace mucho, nos han presentado la II Guerra Mundial como un hecho épico desarrollado en lo fundamental por los marines americanos para librar a la humanidad del nazismo. A esta interpretación maniquea y simplista se ha sumado un nuevo ingrediente en los últimos tiempos, al calor de las conmemoraciones sobre el 70 aniversario del inicio, en septiembre de 1939, de aquella ingente carnicería humana.
Me refiero a que los fabricantes de opinión han encontrado recientemente un nuevo culpable del horror que sacudió Europa y el mundo entero: la Rusia soviética, con Stalin a la cabeza.
El crimen lo habría perpetrado el georgiano cuando llegó a un acuerdo con Hitler de no agresión que implicaba el reparto de Polonia, dando paso al ataque alemán a este último país que condujo a la conflagración mundial. Esta interpretación, en la medida que esconde hechos, está escorada ideológicamente. Stalin había intentado insistentemente, desde 1935, llegar a un acuerdo con Francia e Inglaterra para contener la amenaza hitleriana, pero estos dos países respondieron a las pretensiones soviéticas apaciguando a Hitler en Munich mediante un trato, suscrito en septiembre de 1938, que propició la invasión nazi de Checoslovaquia.
La URSS se encontró absolutamente sola frente a quien se había trazado como objetivo fundamental de su política exterior la expansión hacia el Este (la conquista del 'espacio vital' alemán, Labensraum) y la aniquilación del bolchevismo, asimilado en la propaganda nazi al judaísmo.
Así, el pacto entre Molotov y Ribbentrop, firmado en agosto de 1939, es el resultado de una efímera confluencia de intereses entre dos enemigos irreconciliables condenados a enfrentarse a muerte. Hitler ganaba tiempo con el fin de preparar a su ejército para el asalto a la URSS a la vez que se acercaba, anexionándose Polonia, a las fronteras soviéticas. Recíprocamente, Stalin creaba un colchón de seguridad (la parte polaca que quedaba bajo su influencia) a modo de tampón protector de su propia frontera, amenazada desde el acceso de Hitler al poder.
También ganaba tiempo para reconstruir un ejército diezmado por las purgas de 1937 que inexorablemente iba a encontrarse, más temprano que tarde, con la más mortífera máquina de guerra conocida hasta entonces. Así pues, en su génesis, la II Guerra Mundial se prefiguró a partir del objetivo de la conquista alemana del Este europeo y la destrucción del socialismo soviético. No en vano, las fuerzas conservadoras y las clases dominantes de Occidente no ocultaron su admiración, hasta bien entrada la guerra, por ese dictador histriónico que metía en cintura a los comunistas y a los sindicatos.
Lo que ocurrió después avala precisamente esta interpretación: la II Guerra Mundial, en lo que al escenario europeo se refiere, fue en realidad una guerra entre nazismo y bolchevismo. Las cifras no pueden ser más explícitas.
La URSS perdió a treinta millones de personas, la mitad del total mundial. Sólo en la batalla de Stalingrado, dos millones de soldados perecieron. El ejército rojo provocó la destrucción del 75% del material de guerra nazi y del 70% de sus tropas. Ello llevó a Winston Churchill a afirmar que "fue el ejército ruso lo que le sacó las tripas a la máquina de guerra nazi".
Por todo ello sorprende que, en este 70 aniversario, en lugar de reconocer el papel determinante de la URSS en la victoria sobre el nazi-fascismo, se impute a esta nación, y más en concreto al 'comunismo', una responsabilidad criminal en el origen del conflicto, cuando la realidad es muy otra y nos conduce a la siguiente pregunta: ¿quién hubiera parado a Hitler si derrota al Ejército Rojo, ocupa la URSS y se apodera de todos sus recursos estratégicos? Algunos sostienen que es posible que la esvástica todavía ondeara en nuestros edificios oficiales. Nunca lo sabremos, pero lo que sí es seguro es que, ante la crisis del capitalismo y la emergencia de corrientes racistas y fascistas, los medios adscritos al poder han decidido criminalizar las ideas que plantean una alternativa al insostenible sistema mundial actual, y para ello no han dudado en reescribir la historia de la Segunda Guerra Mundial.



fuente- en la opinon de murcia.es

martes, 25 de agosto de 2009

Retorno a los orígenes



En tanto que estamento a cargo del poder político en las sociedades divididas en clases, la derecha existió siempre, mientras la izquierda, como se le conoce actualmente, apareció en Europa occidental a medidos del siglo XIX donde debutó con Carlos Marx, Joseph Proudhon y otros forjadores hace unos 160 años.
La partida de nacimiento de la izquierda moderna fue la fundación de la Primera Internacional en 1864. En aquella oportunidad se trató de un encuentro de personalidades y no una reunión de partidos. Entonces, a pesar de la abundancia de matices, hubo consenso en la crítica al capitalismo salvaje expresada en el discurso inaugural y en los estatutos, ambos redactados por Carlos Marx, el primer ideólogo de la izquierda y el primer líder socialista a escala europea.
Aquella matriz única alimentó las coincidencias esenciales que dieron lugar a la fundación partidos de izquierda, bautizados por el propio Carlos Marx como socialdemócratas y que adoptaron el socialismo como opción para enfrentar al capitalismo. El primero de aquellos partidos fundadores nació en Alemania en 1869 y el último en Rusia en 1898 y, a pesar de la hostilidad de la reacción, en varios países europeos alcanzaron una enorme influencia política. Lenin, Rosa Luxemburgo, Karl Kautsky, Fernando Lassalle, Jean Jaurés, estuvieron entre los líderes de las formaciones iniciales.
Antes que partidos políticos, el marxismo, la socialdemocracia, el anarquismo e incluso la doctrina socialcristiana fueron expresiones del pensamiento político avanzado, nacidas de reflexiones que formaron una especie de tronco común y compañeras de viaje hasta que, a principios del siglo XX, por coyunturas asociadas a la Primera Guerra Mundial, se distanciaron. La guerra terminó, más la desunión en la izquierda persistió, entre otras cosas porque Stalin entró en la escena.

La fractura de aquella coherencia virtual en la izquierda europea comenzó cuando varios partidos adoptaron posturas reformistas. El hecho de que en 1899 Alexandre Millerand, un socialista francés ocupara un cargo de ministro que pudo ser un suceso positivo se convirtió en un factor de ruptura, agudizado cuando ese mismo año, Eduard Bernstein propuso la alianza con otras fuerzas para alcanzar metas socialistas. El crack definitivo llegó cuando los partidos integrantes de la II Internacional se dividieron en torno a la aprobación de los créditos de guerra en los respectivos parlamentos, hecho calificado por Lenin de traición y que precipitó la bancarrota de la primera organización socialista europea.
Por una coincidencia histórica, a raíz de aquella polémica, triunfó la revolución bolchevique de cuyo liderazgo, emanó el proyecto de crear una organización internacional sustitutiva para la difusión de las ideas marxista y para impulsar la revolución mundial que entonces se creía inminente. En 1919 nació la III Internacional que auspició la creación de partidos comunistas en todo el mundo. En 1920 la Internacional adoptó las 21 condiciones que excluían cualquier alianza de los comunistas con otras fuerzas políticas locales, cercenaba la libertad de acción de los partidos y codificaba la obediencia a Moscú.
Ayer como hoy ninguna fuerza, partido o líder político, por más partidario que sea de una corriente ideológica mundial, puede sustraerse de los entornos nacionales en los cuales actúa, donde se encuentran sus bases sociales, se definen sus tareas y prevalecen los factores que condicionan su actuación y determinan sus alianzas. La idea de convertir las coincidencias políticas, en metas estratégicas comunes y de hacer del “Movimiento Comunista Internacional” una entidad orgánica, regida desde Moscú, fue primero una quimera y luego una suma de errores, especialmente costosos al aplicarse a la realidad latinoamericana.
Es probable que una vez concluida la guerra civil y derrotada la intervención extranjera, Lenin y Trotski, partidarios de la Nueva Política Económica que incluía el propósito de atraer el capital extranjero, habrían incentivado los esfuerzos para insertar al Estado soviético en los ambientes europeos, proceso que inevitablemente hubiera conllevado a una aproximación a la izquierda socialdemócrata que había elevado considerablemente su protagonismo político e incluso participaba en el gobierno en varios países.
Esa posibilidad fue cancelada con la muerte de Lenin, la defenestración de Trotski y el acceso de Stalin al poder, hecho que crearon un abismo ideológico y político entre los comunistas y la izquierda socialdemócrata que luego, bajo la ocupación nazi, en muchos países fue virtualmente exterminada.
Ahora, cuando ningún líder y ninguna fuerza aspira a la hegemonía, renace la pluralidad y unas corrientes progresistas no excomulgan a otras, en América Latina, la izquierda renace formando un arco iris de fuerzas sociales cohesionadas por el interés en el cambio social y por el compromiso con las causas populares. En ese ambiente, el marxismo genuino, sin imposiciones, dogmas ni sectarismo, retoma su lugar como uno de los elementos, no el único en la ideología y la práctica de la izquierda renacida que retorna a sus orígenes plurales.
Jorge Gómez Barata
fuente- kaos en la red

miércoles, 22 de abril de 2009

VLADIMIR LENIN: A 139 AÑOS


Pedro Brenes
Hoy veintidós de Abril se cumple el 139 aniversario del nacimiento del revolucionario ruso y gran teórico del marxismo Vladimir Ilich Ulianov, conocido universalmente por Lenin, seudónimo que adoptó en sus años de lucha contra la policía política zarista. Hombre de extraordinaria inteligencia, indomable voluntad y gran capacidad de trabajo, dedicó su vida al estudio del marxismo y a la causa de la revolución socialista mundial.
Entre sus muchas aportaciones a la teoría y la práctica revolucionarias, quizá debamos destacar, en primer lugar, su defensa de las ideas del marxismo frente a los que pretendían revisarlas y corregirlas embotando su filo revolucionario hasta hacerlas aceptables por la burguesía, pues nunca han faltado individuos que intenten “convertir a Marx en un adocenado burgués”, y fundamentalmente las concepciones marxistas sobre el Estado como instrumento de dominación de una clase social sobre el conjunto de la sociedad.
Posiblemente sea éste el aspecto de la teoría marxista más inaceptable por la burguesía capitalista y, por consiguiente, el más atacado y combatido por sus intelectuales y propagandistas. Lenin, en una larga lucha ideológica, rescató las ideas marxistas sobre el Estado, la democracia y la dictadura, y demostró el carácter de clase del Estado explicando que la democracia burguesa no es más que la forma y la manifestación de la esencia del Estado burgués como dictadura de la clase de los capitalistas.
Y de la misma manera, el Estado socialista, cualquiera que sea la forma en que se presente, posee, en esencia, el carácter de dictadura de una clase social: la dictadura del proletariado, que ejerce el Poder de su Estado para combatir la reacción burguesa y asegurar la hegemonía política y el dominio económico de los trabajadores.
Lenin teorizó y aclaró, frente a los revisionistas de la obra de Marx, que la dictadura del proletariado es lo principal en la doctrina del marxismo. Y que los obreros necesitan esa dictadura para aplastar la resistencia de las clases explotadoras, llevar tras de sí al conjunto de los trabajadores y crear una sociedad nueva, la sociedad socialista. Y para cumplir esta misión histórica el proletariado debe tener su propio partido revolucionario el cual, guiándose por la teoría científica, señale acertadamente a la clase obrera el objetivo a conseguir y se ponga al frente de su lucha por el socialismo.
Podemos destacar también la larga polémica de Lenin contra los que, al criticar su espíritu internacionalista y su defensa de la libertad y del derecho a la autodeterminación de todos los pueblos sojuzgados y sometidos por el imperialismo, le acusaban de indiferencia hacia los intereses de su patria y de carencia de patriotismo.
Lenin replicó adecuadamente a los difamadores y explicó lo que significa ser un verdadero patriota. Escribió que a los comunistas y a los obreros conscientes no les es ajeno el amor a la patria, que aman a su pueblo y luchan por su instrucción y emancipación del yugo social y nacional. Señaló que el Partido Bolchevique servía abnegadamente a los intereses de la patria, que los intereses nacionales de los obreros de Rusia coincidían con los intereses socialistas del proletariado mundial.
Se sentía orgulloso del gran pueblo ruso, que había dado brillantes ejemplos de heroísmo, valor y firmeza en la lucha por la independencia de la patria, por la libertad y el socialismo, y enriquecido a la humanidad con grandiosas realizaciones en la ciencia y la cultura.
Pero quizá la mayor enseñanza que nos legó el genial Lenin sea la de que los comunistas estamos obligados, por encima de todo, a estudiar profundamente la teoría marxista para, a partir de ella, elaborar la teoría de la propia revolución y hacer la debida aportación al proceso revolucionario mundial. Pues el marxismo es una doctrina viva y en constante desarrollo.
“Nosotros no consideramos en absoluto -escribió en uno de sus trabajos redactados en el destierro- la teoría de Marx como algo acabado e intangible, estamos convencidos, por el contrario, de que esta teoría no ha hecho sino colocar las piedras angulares de la ciencia que los socialistas deben impulsar en todos los sentidos, siempre que no quieran quedar rezagados de la vida.”
Biografía de Vladimir Ilich Ulianov (Lenin)
(*) Pedro Brenes es Secretario General del Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias (PRCC)

fuente- Kaos en la red