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jueves, 2 de agosto de 2012

El principio que nos lleva a oponernos


Cuando ha llegado ese sujeto que quiere comprar lo sagrado, el cínico que piensa que todo tiene precio, es necesario que en el otro nazca la conciencia de lo sagrado, de lo que no tiene precio.

Fuente: Zapateando
El cuento debe llamarse Un indicio de explicación, está en el magnífico libro Veintiún cuentos, de Graham Greene (1954), que en México publicó el FCE. En uno de esos trenes de pasajeros que invitaban a la conversación y la convivencia o al sueño, dos adultos platican. Un creyente explica a un ateo su fe, contándole una historia vivida en su infancia. Tiene un vecino que le intenta comprar una hostia consagrada, lo más sagrado para un creyente católico, porque no cree que Cristo está en ella en sentido figurado, sino real: por el misterio de la transustanciación ese pedazo de pan es Dios.
Para un niño, un tren eléctrico es una maravilla muy grande, pero algo en la conciencia le dice: “¿por qué el hombre quiere una hostia consagrada y no una ordinaria?” La ansiedad del hombre se convierte en el temor del niño, y en un atisbo de conciencia, y finalmente, en la heroicidad de comerse la hostia para frustrar el sacrílego deseo del hombre que la quiere comprar. Simonía le llaman al pecado de querer comprar lo sagrado. Pero tratándose de la hostia consagrada, quizá el pecado no tiene nombre.
Es la situación límite, la amenaza, el deseo del otro de arrebatarle lo muy valioso, lo sagrado, lo que inicia en el niño del cuento la toma de conciencia. Estos años han sido en México y en el mundo entero años de asedio, de despojo, de profanación de todo lo sagrado, como vienen siendo, según Marx, los años, desde que existe el capitalismo. El marxismo puede leerse en clave cristiana, no es descabellado, y en ese sentido decir que “todo lo sólido se desvanece en el aire” y que nada es sagrado para el capitalismo es no una mera descripción de hechos fría y fenomenológica, es una denuncia.
Cuando ha llegado ese sujeto que quiere comprar lo sagrado, el cínico que piensa que todo tiene precio, es necesario que en el otro nazca la conciencia de lo sagrado, de lo que no tiene precio. Y no solamente de lo que no tiene precio, sino lo que exige nuestro sentido de heroicidad: salvar lo sagrado tragándolo, asimilándolo, asimilándonos a él, para defenderlo, para militar por su causa.
Como Simone Weil pensamos que lo sagrado puede atisbarse en lo que dentro de cada victima dice: “¿por qué me hacen esto?” Está en cada ser humano, es la parte que espera recibir bien y no mal, y por ello, cuando recibe mal, daño, agresión, es traicionada por su prójimo (que precisamente se niega a ser prójimo: toda violencia entonces implica una discriminación de la víctima, mayor cuando más daño se le hace).
Se critica mucho que algunos activistas en México comenzaron a marchar, a protestar, a hablar en la plaza, solamente cuando les mataron a un hijo, a una hija, a un padre, una hermana, una madre, un hermano, un esposo o esposa. Pero la crítica debiera ser para la parte del país que no ha despertado de su sueño dogmático, pues nos han asesinado a 60 o 70 mil hermanos, y nos han desaparecido a otros cientos o miles, y nuestras voces no son tantas. A pesar de que han salido muchos a las calles, muchos otros han dudado, se han quedado quietos o incluso han intentado encontrarle justificación al crimen.
Los criticables no son esos y esas que han salido a buscar justicia para sus hijas e hijos, sino los que faltan de alzar la voz. Curiosamente, en el cuento, el regalo maldito que le ofrecen al niño es un tren eléctrico, como es en un tren en donde el cuento es contado. No podía haber mejor figura del “desarrollo”, uno de los oscuros nombres del dios dinero al cual le son sacrificados los hijos e hijas de los pueblos. Así como el cuento narra el rechazo de un juguete que simboliza el progreso y el desarrollo, algo hay que rechazar para poder evitar la destrucción de lo sagrado: las vidas humanas de esos miles que no debieron morir así, en la violencia de la guerra, del homicidio y el feminicidio.
Supervías, trenes bala, presas, minas o vacas y cerdos criados masivamente, eso ofrecen a cambio de ensuciar el agua y el aire, de enfermar la tierra, de entristecer al cielo y de sacrificar a los pobres, en las guarderías, en las minas y en los trenes llenos de migrantes.
Rechacemos el tren, atrevámonos a amar lo sagrado, militemos por ello. Seamos ateos pero ante lo que el tren y su valor monetario representan. Nada vale un dios hecho con las manos de los hombres, que los necesita siempre en forma de trabajo esclavo para tener el carbón, el petróleo o la electricidad que lo alimentan. Es un falso dios. Lo que quieren comprar a cambio, la vida de cada ser humano, eso sí es sagrado. Es el mismo principio el que nos lleva a oponernos a los ecocidios, a los genocidios, a las guerras, el que abordó Graham Green en más de uno de sus cuentos.

fuente- kaos en la red Mexico

domingo, 19 de diciembre de 2010

La Plusvalía, la Mercancía y el Trabajo II/III


Carlos Marx

El valor de la mercancía se expresa en el valor de uso y en el valor de cambio, en el primer proceso encontramos la transformación de la actividad productiva, mientras que el segundo presenciamos el intercambio de la mercancía en función de la oferta y la demanda.

La utilidad de una cosa hace de ella un valor de uso. Pero esa utilidad no flota por los aires. Está condicionada por las propiedades del cuerpo de la mercancía, y no existe al margen de ellas. El cuerpo mismo de la mercancía, tal como el hierro, trigo, diamante, etc., es pues un valor de uso o un bien. Este carácter suyo no depende de que la apropiación de sus propiedades útiles cueste al hombre mucho o poco trabajo. Al considerar los valores de uso se presupone siempre su carácter determinado cuantitativo, tal como docena de relojes, vara de lienzo, tonelada de hierro, etc. Los valores de uso de las mercancías proporcionan la materia para una disciplina especial, la merceología. El valor de uso se efectiviza únicamente en el uso o en el consumo. Los valores de uso constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta. En la forma de sociedad que hemos de examinar, son a la vez los portadores materiales del valor de cambio. (Marx, 43)

El proceso de transformación de la mercancía se expresa en la mutación de un valor de uso en un valor de cambio en donde interviene la ley de la oferta y la demanda, producto de la especulación del capital y las connotaciones fetichistas de la mercancía.

En la medida en que el proceso de intercambio transfiere mercancías de manos en las cuales sonno-valores de uso, a manos en las que sonvalores de uso, estamos ante unmetabolismo social. El producto de una modalidad útil de trabajo remplaza al de otra. Tan pronto como llega al lugar en que sirve como valor de uso, pasa de la esfera del intercambio mercantil a la del consumo. Aquí, es la primera la única que nos interesa. Por consiguiente, hemos de examinar el proceso total desde el punto de vista de la forma, y por tanto sólo elcambio de forma o la metamorfosis de las mercancíasa través del cual es mediado el metabolismo social. (Marx, 127 )

En la sociedad de consumo, bajo el modelo neoliberal la mercancía tiene una fuerte carga de fetiche, no hay valor de uso, su construcción obedece a los valores que se promueven por el uso superfluo de la mercancía, lo que impide que presente el desdoblamiento de la mercancía en capital, su infimo valor de transformación, es decir de uso, impide que forme parte del proceso productivo.

La concepción absolutamente defectuosa de este cambio formal obedece, dejando a un lado la poca claridad acerca del concepto mismo del valor, al hecho de que todo cambio formal deunamercancía se opera en el intercambio entredosmercancías, una de las cuales es corriente y la otra dineraria. Si nos atenemos tan sólo a ese aspecto material, al intercambio de mercancía por oro, perderemos de vista precisamente lo que debiéramos observar, esto es, lo que acontece con laforma. Pasaremos por alto que el oro, en cuanto simple mercancía, no es dinero, y que las demás mercancías, en sus precios, se remiten al oro como a supropia figura dineraria. (Marx, 127)

De esta manera en el uso del proceso productivo al adicionar a los valores cualitativos (destrezas laborales e intelectuales), constituyen el valor de la mercancía expresado en capital, las condiciones que se reproducen las mercancía en un mercado de hiperconsumo lleva necesariamente a la nula transformación de la naturaleza lo que sustituye el valor de uso por el diseño de la mercancía, lo que necesariamente construye un percepción de transformación social, mientras que la modificación del entorno se nulifica.

(…) dicho proceso suscita un desdoblamiento de la mercancía en mercancía y dinero, una antítesis externa en la que aquélla representa su antítesis inmanente de valor de uso y valor. En esa antítesis las mercancías se contraponen como valores de uso al dinero como valor de cambio. Por otra parte, ambos términos de la antítesis son mercancías, y por tanto unidades de valor de uso y valor. Pero esa unidad de elementos diferentes se representa inversamente en cada uno de los dos polos y refleja a la vez, por ende, la relación recíproca que media entre ambos. La mercancía es realmente valor de uso; su carácter de ser valor se pone de manifiesto sólo de manera ideal en el precio, que la refiere al término opuesto, al oro, como a su figura real de valor. El material áureo, a la inversa, sólo cuenta como concreción material del valor, como dinero. De ahí que realmente sea valor de cambio. Su valor de uso se pone de manifiesto únicamente de manera ideal en la serie de las expresiones relativas de valor, en la cual se refiere a las mercancías que se le contraponen, como al ámbito de sus figuras de uso reales. Estas formas antitéticas de las mercancías son las formas efectivas en que se mueve el proceso de su intercambio. (Marx, 127)

Bajo este principio de interacción entre capital y mercancía, podemos develar el origen de la crisis financiera mundial en la promoción del hiperconsumo, a partir del fetiche, lo que implica un constante crecimiento del consumo, pero no el desarrollo de las fuerzas productivas, lo que nos indica que la mercancía juega un papel de consolidación de la estabilidad del sistema financiero a través del consumo, pero es al mismo tiempo el instrumento de su destrucción.

Referencias

Marx, Carlos, El Capital Tomo I, Editorial Siglo XXI, España

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/

fuente- kaos en la red mexico

domingo, 21 de febrero de 2010

162 Años del Manifiesto del Partido Comunista

Marx se fue a vivir a París, Engels vivia en la Gran Bretaña y ambos, uno en Inglaterra y el otro en Francia, entraron en contacto con una organización obrera secreta llamada La Liga de los Justos.

Engels, a su regreso a Alemania, pasó por París en 1844 para ver a Marx, que ya se había convencido de que Engels no era ningún espía de la policía. En París comprobaron que habían llegado de forma independiente a las mismas conclusiones teóricas. Deseando difundir sus ideas entre los obreros, decidieron explicar sus puntos de vista a los miembros de la Liga de los Justos.

A principios de 1847, un representante de la liga les indicó que casi todos los miembros de la organización estaban convencidos de que sus planteamientos teóricos eran correctos, y les pidió que ingresaran en esta para defenderlos ellos mismos en el próximo congreso. La liga aprobó los planteamientos políticos de Marx y de Engels, y pasó a llamarse Liga de los Comunistas. Asimismo, se encargó a Marx y a Engels que redactaran un manifiesto que contuviera las principales ideas comunistas adoptadas por la liga. Engels empezó el trabajo con una obra en forma de catecismo, titulada Principios del Comunismo, pero este trabajo fue abandonado posteriormente. Marx y Engels, ayudados por Jenny Von Westphalen, la esposa de Marx, consiguieron dar a la imprenta El Manifiesto Comunista en febrero de 1848, exponiendo por primera vez al público el pensamiento de Marx y Engels de forma escrita.

fuente- kaos en la red

sábado, 26 de septiembre de 2009

Marxismo y estalinismo: las antípodas


Los conceptos de estado, poder, revolución, partido, democracia, economía, papel de la clase obrera en el socialismo, relaciones de producción y socialismo, entre otros, en todo el siglo XX estuvieron muy marcados por la Revolución de Octubre, su práctica y las generalizaciones que pretendió imponer el estalinismo -disfrazado de leninismo- a todo el movimiento comunista y revolucionario internacional.

Toda aquella desviación reduccionista sigue vigente para muchos “comunistas” que, además, tildan de revisionistas o diversionistas a quienes tratan de volver a los orígenes del marxismo, cuando en verdad fue el estalinismo quien se encargó de revisar y distorsionar a Marx y a Lenin.

La debacle en que terminaron 70 años de sacrificios de los pueblos rusos y este-europeos, que estremeció todas las conciencias revolucionarias del mundo, fue interpretada por muchos como la derrota de las ideas marxistas y socialistas, cuando en verdad lo derrotado fue aquel desvarío total de sus principios.

Pero 20 años luego del desastre, algunos insisten en aquella “escuela de socialismo”, y persisten en mantener todo el sistema totalitario de control económico político y social del estalinismo, bajo diseños “remozados y modernizados”, tratando de evitar las atrocidades más vulgares del georgiano, pero sin abandonar la súper centralización que lo caracterizó, ni sus métodos de represión, chantaje, tergiversación, provocación, penetración, violación de la privacidad, acusaciones de traición y de “enemigos”, y otros contra sus críticos, sean de derecha o de izquierda.Nada contribuyó más a la restauración capitalista privada que el estalinismo, por estancar el proceso de socialización al concentrar, más aún que el propio capitalismo la apropiación de la propiedad y la apropiación del excedente y por sus métodos antidemocráticos y represivos de hacer política, que empujaron fuera del movimiento revolucionario a grandes masas de obreros socialdemócratas, anarquistas, trotskistas y de otras tendencias, a los que combatieron con más saña que a la propia burguesía internacional con la que terminó aliado, por el interés común clasista con el capital en la explotación del trabajo asalariado.Retomar modernizadamente las esencias marxistas, es imprescindible.

Los pueblos siempre rechazaron aquellos manejos lingüísticos del estalinismo y casi todo aquel “anticomunismo” del siglo XX, estaba dirigido en verdad contra el estalinismo que no compartían amplios sectores del movimiento obrero y democrático en general, con toda razón. Algún día se escribirá la historia de las tácticas y estrategias generales sectarias y fracasadas, impuestas por los estalinistas en el siglo pasado a los partidos comunistas, que solo sirvieron para dividir y derrotar el movimiento revolucionario y democrático en muchos países.El socialismo en el siglo XXI, para lograr llegar a las amplias masas y triunfar como nuevo sistema social, tendrá necesariamente que despojarse de todos aquellos estigmas estalinistas que lo lastraron y llevaron finalmente al fracaso.

En forma breve, con fines divulgativos, veamos algunas diferencias absolutas en algunos conceptos fundamentales, entre marxismo y estalinismo. Estos temas han sido ampliamente tratados por muchos autores contemporáneos, y también por este servidor en otros artículos y ensayos, todos disponibles en Internet.


Estado

Para el estalinismo, hegeliano que no marxista, el estado lo era todo, pues “representaba” por decreto los intereses de la “clase obrera”. Al estado, léase aparato e instituciones del gobierno milipolitecnócrata (1), debía pertenecer toda la propiedad y del sacrosanto estado deberían dimanar todas las decisiones para beneficio del pueblo y los trabajadores.

El estado autoritario y paternalista, léase la burocracia, debía administrar toda la economía y toda la vida política y social; no los seres humanos, no los trabajadores, no el pueblo.Nada que ver con Marx, para quien el estado debería extinguirse, puesto que paulatinamente iría cediendo sus prerrogativas a los colectivos sociales y de trabajadores. Muy especialmente, la administración de la producción debería estar en manos de los productores directos. El estatismo en el socialismo, es una muestra de la vulgarización del marxismo por el estalinismo.


Poder

Para el estalinismo el poder debía estar concentrado en el partido de la “clase obrera”, que era a su vez el que establecía todas las políticas para todo y para todos, el que controlaba el estado, el gobierno, los medios de producción, los excedentes y todas las decisiones. El poder del Partido sería absoluto e indiscutible.Nada que ver con Marx, para quien el poder debería residir directa y soberanamente en los trabajadores y el pueblo organizados laboral y comunalmente.


Revolución

Para el estalinismo la Revolución se hizo en 1917, después ya no se habló más de Revolución, se trataba de “institucionalizar el poder de la clase obrera” que “ya lo había tomado” y luego debía organizarlo y ejercerlo el aparato del Partido. Para Stalin, la revolución allí quedó.Nada que ver con Marx, para quien la revolución era un proceso económico político y social permanente, hacia la socialización de la apropiación de la propiedad, los excedentes y las decisiones, que se desarrollaría tanto interna como externamente, encaminado a cambiar las relaciones de producción asalariadas capitalistas, por las nuevas asociadas (cooperativas, autogestionarias) socialistas.


Partido

Para el estalinismo el Partido de la clase obrera, debería ser centralizado, jerárquico, de una férrea disciplina y basado en la lealtad plena de las bases a los dirigentes, los organismos inferiores quedaban subordinados a los superiores que se las arreglaban para mantener en los puestos de dirección a los siempre mismos leales al jefe principal.

Más que una organización política se intentaba una fuerza pretoriana (2), que respondiera al gran Jefe.Nada que ver con Marx, quien nunca fundó un partido político y cuya intención era unir a todas las organizaciones obreras, independientemente de las ideologías que profesaran, para impulsar la revolución proletaria que llevara al poder a los colectivos obreros y sociales.


Democracia

Para el estalinismo los conceptos democráticos eran burgueses y deberían ser “aprovechados” por los obreros para instaurar su férrea dictadura sobre la burguesía y demás clases. La democracia socialista era, para el estalinismo, el apoyo incondicional y unánime de las masas al poder de la burocracia, que era el del Partido, al que mandaba su Comité Central, el cual obedecía al Buró Político y éste, a su Secretario General.

Nada que ver con Marx, quien señalaba que la clase obrera al tomar el poder debía instaurar la democracia y utilizó el término de dictadura del proletariado solo en el sentido de que todo gobierno era la dictadura de una clase, aunque se ejerciera democráticamente y para significar que en la etapa de tránsito socialista, serían los trabajadores los que ejercerían el poder; pero en democracia.


Economía

Para el estalinismo la economía debía estar toda concentrada en el estado, propiedad, mercado interno y externo, al por mayor y al por menos, distribución, organización, planificación, control de excedentes, sector I y sector II, industria, agricultura y servicios, etc., el llamado totalitarismo económico.

Todo sería decidido desde arriba, y todos los funcionarios y burócratas encargados serían designados y pertenecientes a la nomenclatura, especie de clase encargada de dirigir. Dirigir sería una “especialidad”Nada que ver con Marx, para quien la economía en el socialismo debería tender a la socialización, a las nuevas relaciones de producción, a la democratización de la vida económica, al control por los trabajadores de la propiedad y los procesos de producción, la planificación democrática y todo -en fin- en manos de los colectivos laborales y sociales, de los productores directos, individuales o colectivos.


Papel de la clase obrera en el socialismo

El estalinismo extendió el papel de la clase obrera contra el capitalismo, al socialismo. Los trabajadores tendrían que seguir siendo asalariados en el socialismo, negando la esencia capitalista de esta forma de explotación del trabajo que debería ser cambiada, abolida en el socialismo.

Fue ese "papel de la clase obrera” en el socialismo, lo que le permitió al estalinismo concentrar la propiedad de todos los medios de producción en el estado, hiperbolizar éste y esquilmar a los trabajadores en nombre del socialismo, disponer arbitrariamente de todos los excedentes y controlar central y burocráticamente todas las actividades de la sociedad.

Nada que ver con Marx, para quien la clase obrera se liquidaría a sí misma como clase en el acto de la toma de posesión de los medios de producción y el socialismo pasaría a ser la obra de una nueva clase de trabajadores, los trabajadores libres asociados, quienes ya no serian “asalariados”, sino propietarios de medios de producción concretos, dirigirían democráticamente la producción y repartirían equitativamente las ganancias, en un proceso de unión de empresas asociadas, cooperativas y autogestionarias que se integrarían paulatinamente en un plan común.


Relaciones socialistas de producción

Para el estalinismo, en el socialismo se mantendrían las mismas relaciones asalariadas de producción del capitalismo, solo que la propiedad cambiaría de manos de los capitalistas a manos del burocrático estado y éste, benevolentemente, sería el encargado de establecer de manera voluntarista las relaciones de intercambio, distribución y consumo.Nada que ver con Marx, para quien las nuevas relaciones de producción serían las existentes en las cooperativas, de tipo libre asociado, donde desaparecía la contradicción entre el capital y el trabajo pues la propiedad o el usufructo serían del colectivo de trabajadores y la dirección, la gestión de la producción y la repartición de una parte de las utilidades serían decididas democráticamente.


Socialismo

Para el estalinismo el socialismo era cambiar la propiedad de los capitalistas por la propiedad del estado, pero sin afectar las relaciones asalariadas de producción.

El estado sería dirigido por el Partido y la economía se planificaría centralmente para evitar la superproducción capitalista. Se quería resolver con la planificación centralizada, lo que solo podría resolverse cambiando las relaciones de producción y el resultado no fue evitar la crisis de súper- producción, sino crear los déficit de la misma, como consecuencia de haber centralizado aún más la apropiación que el propio capitalismo privado.

Nada que ver con Marx, para quien el socialismo significaba resolver las contradicciones fundamentales del capitalismo, entre el trabajo y el capital y entre la producción social y la apropiación privada, lo que se lograría con la socialización de la propiedad y la apropiación, la abolición del trabajo asalariado, la expropiación de la propiedad capitalista, la que explotaba trabajo asalariado y su sustitución por el establecimiento de nuevas relaciones asociadas de producción. Todo bajo control de los colectivos laborales y sociales. Pudiéramos continuar contraponiendo infinidad de conceptos; pero, quizá, estos basten para demostrar cuan lejos estaba el estalinismo que se pretendió “leninismo”, del marxismo.


Revivir a Marx hoy, que el capitalismo está en crisis, no debe costar mucho trabajo, pero hay que hacerlo desde la propia dialéctica de su pensamiento y no desde el dogmatismo que predominó en el Siglo XX.

Socialismo por la vida.La Habana, 13 se septiembre de 2009 perucho1949@yahoo.es1-Milipolitecnócracia. Burocracia militar, política y técnica.2-Pretor, era un magistrado romano al que estaba subordinada la guardia del emperador.http:/www.kaosenlared.net/rss/kaos_colaboradores_195.xml http://analitica.com/va/internacionales/opinion/8777149.asp.http://es.geocities.com/amigos_pedroc/index.htmlautogestion-socialista.blogspot.com/Atención. Próximamente podrá encontrar nuestros artículos también en SPD, el Blog cubano del Socialismo Participativo y Democrático.
fuente- kaos en la red

sábado, 19 de septiembre de 2009

Marxismo leninismo:base ideologica del revolucionario


Cuando planteamos iniciarnos en el Marxismo-Leninismo (M-L) de forma autodidacta solemos tener la tentación de recurrir directamente a textos o libros clásicos. Sin embargo la traumática experiencia que por ejemplo supone coger de buenas a primeras El Capital u cualquier otro libro clásico e intentar tragárselo suele ser seguida por una desesperada sensación de frustración al no entender nada de nada, y al consiguiente abandono de cualquier libro de los denominados clásicos, y, junto con ello, cualquier cosa que huela a formación.
En cualquier discusión política –con los amigos, profesores...- a los Comunistas siempre nos echan en cara lo de la URSS, lo de que “eso ya está pasado de moda”, lo de “el Comunismo no funciona” y, sobre todo, eso tan insoportablemente paternalista de “las teorías de Marx estaban bien para el siglo XIX, pero ahora las cosas han cambiado”, cuando no lo de “ahora eres Comunista porque aun eres joven e impulsivo, pero cuando seas mayor veras las cosas de otra manera”.
Claro que ninguno de nuestros contertulios suele tener ni puñetera idea de lo que dijeron Marx y Lenin. Y, lo que es peor, que a menudo tampoco nosotros lo tenemos muy claro, con lo que tan solo nos queda encerrarnos en nuestras convicciones y repetir eso de “¡no, no, seguro que tenemos razón!... aunque yo no la conozca”. Todo es confuso y no sabemos muy bien hacia donde tirar: qué hacer –que decía el bueno de Lenin-.
No podemos ir por la vida de Comunistas y luego no ser capaces de sostener una discusión ideológica sin un mínimo de posibilidades de salir de ella –al menos- dignamente. Se supone que debemos entender por qué ocurren las cosas y qué es lo que hay que hacer. Y malamente vamos a poder hacer eso sin una formación básica.
Además, sería caer en un empirismo barato y estrecho pensar que podemos prescindir de las experiencias, luchas, conclusiones y enseñanzas de los que estuvieron en la lucha antes que nosotros. Porque eso es, precisamente, el Comunismo: la experiencia concentrada de 150 años de movimiento obrero, de lucha. Es lo general, lo que se puede aplicar a cada lucha concreta: y, a su vez, es una abstracción –una generalización- de cada una de esas luchas particulares.
fuente- comunismo global

martes, 25 de agosto de 2009

Retorno a los orígenes



En tanto que estamento a cargo del poder político en las sociedades divididas en clases, la derecha existió siempre, mientras la izquierda, como se le conoce actualmente, apareció en Europa occidental a medidos del siglo XIX donde debutó con Carlos Marx, Joseph Proudhon y otros forjadores hace unos 160 años.
La partida de nacimiento de la izquierda moderna fue la fundación de la Primera Internacional en 1864. En aquella oportunidad se trató de un encuentro de personalidades y no una reunión de partidos. Entonces, a pesar de la abundancia de matices, hubo consenso en la crítica al capitalismo salvaje expresada en el discurso inaugural y en los estatutos, ambos redactados por Carlos Marx, el primer ideólogo de la izquierda y el primer líder socialista a escala europea.
Aquella matriz única alimentó las coincidencias esenciales que dieron lugar a la fundación partidos de izquierda, bautizados por el propio Carlos Marx como socialdemócratas y que adoptaron el socialismo como opción para enfrentar al capitalismo. El primero de aquellos partidos fundadores nació en Alemania en 1869 y el último en Rusia en 1898 y, a pesar de la hostilidad de la reacción, en varios países europeos alcanzaron una enorme influencia política. Lenin, Rosa Luxemburgo, Karl Kautsky, Fernando Lassalle, Jean Jaurés, estuvieron entre los líderes de las formaciones iniciales.
Antes que partidos políticos, el marxismo, la socialdemocracia, el anarquismo e incluso la doctrina socialcristiana fueron expresiones del pensamiento político avanzado, nacidas de reflexiones que formaron una especie de tronco común y compañeras de viaje hasta que, a principios del siglo XX, por coyunturas asociadas a la Primera Guerra Mundial, se distanciaron. La guerra terminó, más la desunión en la izquierda persistió, entre otras cosas porque Stalin entró en la escena.

La fractura de aquella coherencia virtual en la izquierda europea comenzó cuando varios partidos adoptaron posturas reformistas. El hecho de que en 1899 Alexandre Millerand, un socialista francés ocupara un cargo de ministro que pudo ser un suceso positivo se convirtió en un factor de ruptura, agudizado cuando ese mismo año, Eduard Bernstein propuso la alianza con otras fuerzas para alcanzar metas socialistas. El crack definitivo llegó cuando los partidos integrantes de la II Internacional se dividieron en torno a la aprobación de los créditos de guerra en los respectivos parlamentos, hecho calificado por Lenin de traición y que precipitó la bancarrota de la primera organización socialista europea.
Por una coincidencia histórica, a raíz de aquella polémica, triunfó la revolución bolchevique de cuyo liderazgo, emanó el proyecto de crear una organización internacional sustitutiva para la difusión de las ideas marxista y para impulsar la revolución mundial que entonces se creía inminente. En 1919 nació la III Internacional que auspició la creación de partidos comunistas en todo el mundo. En 1920 la Internacional adoptó las 21 condiciones que excluían cualquier alianza de los comunistas con otras fuerzas políticas locales, cercenaba la libertad de acción de los partidos y codificaba la obediencia a Moscú.
Ayer como hoy ninguna fuerza, partido o líder político, por más partidario que sea de una corriente ideológica mundial, puede sustraerse de los entornos nacionales en los cuales actúa, donde se encuentran sus bases sociales, se definen sus tareas y prevalecen los factores que condicionan su actuación y determinan sus alianzas. La idea de convertir las coincidencias políticas, en metas estratégicas comunes y de hacer del “Movimiento Comunista Internacional” una entidad orgánica, regida desde Moscú, fue primero una quimera y luego una suma de errores, especialmente costosos al aplicarse a la realidad latinoamericana.
Es probable que una vez concluida la guerra civil y derrotada la intervención extranjera, Lenin y Trotski, partidarios de la Nueva Política Económica que incluía el propósito de atraer el capital extranjero, habrían incentivado los esfuerzos para insertar al Estado soviético en los ambientes europeos, proceso que inevitablemente hubiera conllevado a una aproximación a la izquierda socialdemócrata que había elevado considerablemente su protagonismo político e incluso participaba en el gobierno en varios países.
Esa posibilidad fue cancelada con la muerte de Lenin, la defenestración de Trotski y el acceso de Stalin al poder, hecho que crearon un abismo ideológico y político entre los comunistas y la izquierda socialdemócrata que luego, bajo la ocupación nazi, en muchos países fue virtualmente exterminada.
Ahora, cuando ningún líder y ninguna fuerza aspira a la hegemonía, renace la pluralidad y unas corrientes progresistas no excomulgan a otras, en América Latina, la izquierda renace formando un arco iris de fuerzas sociales cohesionadas por el interés en el cambio social y por el compromiso con las causas populares. En ese ambiente, el marxismo genuino, sin imposiciones, dogmas ni sectarismo, retoma su lugar como uno de los elementos, no el único en la ideología y la práctica de la izquierda renacida que retorna a sus orígenes plurales.
Jorge Gómez Barata
fuente- kaos en la red

martes, 28 de julio de 2009

La izquierda ciega


JAVIER SICILIA
La crisis por la que atraviesa la izquierda mexicana no es nueva. Es un sino que la ha acompañado siempre. No bien logra unificarse cuando inmediatamente se fractura para recaer en toda suerte de pleitos internos, contradicciones y contrasentidos. Del PMT –para hablar de articulaciones que fueron esperanzadoras– al PRD, pasando por el PSUM, la vida de la izquierda ha sido la historia de su incapacidad para permanecer unida.
Como una especie de condena de Sísifo, a sus mayores triunfos suceden siempre fracasos que vuelven a colocarla al pie de la montaña.
Sin embargo, mientras a Sísifo lo castigan los dioses por querer robarse la inmortalidad, la izquierda mexicana se castiga a sí misma.
Aunque los poderes del mundo neoliberal hacen siempre lo posible por arrojarla al pie de la montaña, su verdadero fracaso radica en su incapacidad para mantener un proyecto.
Unificada, en sus mejores momentos, alrededor de una figura carismática –Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas, Andrés Manuel López Obrador, el Subcomandante Marcos–, los equívocos de sus líderes o sus empecinamientos la decepcionan y fracturan. Aunque el proyecto exista y sea sólido –pienso en el zapatismo y su lenta construcción antes de ocupar la palestra y pelearse con sus interlocutores naturales–, la izquierda no se unifica allí. Un fracaso, un trastabilleo, una crítica bastan para que lo pierda de vista.
La razón es que la mayor parte de la izquierda es incapaz de soportar la frustración, de mantenerse fiel a un proyecto y vivir seriamente la autocrítica para reorientarlo. El todo o la fractura han sido su destino.
Lo que esta actitud deja entrever es que la izquierda nunca ha logrado pensar bien lo que quiere. Con la única intuición de que hay que acabar con el capitalismo, su lucha oscila entre domesticar al capital mediante el poder, lo que sabemos es imposible –por ese camino sólo se llega a la dictadura o, como sucede con las izquierdas europeas, a la sumisión bovina al capital–, o, en un gesto romántico y anacrónico, hacerle la guerra por todos los medios para instaurar otro poder que se convertirá en dictadura.
Entre uno y otro extremo, la izquierda se desespera y se atomiza. En estas actitudes veo lo que Marx llamó la mitificación –la falsificación– que quiere creer y hacernos creer que una política de poder puede, por el simple hecho de que la encabeza una verdad de izquierda, traernos una sociedad mejor en la que por fin se realice la liberación social.
Pero una política de poder sólo significa la preparación para la guerra, y en esa guerra, porque la izquierda quiere el todo o la nada, termina, cuando no obtiene todo, por volverse contra sí misma y dividirse en facciones. Esto es absurdo y, sin embargo, ahí están sus reiteradas crisis para mostrarlo. Si yo fuera marxista, habría sacado de la gran noción de mitificación la idea de que las mejores intenciones pueden ser mitificadas.
Lo que olvida la izquierda, ciega ante el dogma de que sólo desde el poder se puede transformar el mundo, es que en Marx había, además de la radicalidad, la modestia del hombre atento: la sumisión a la realidad y la humildad ante la experiencia.
Esas características lo habrían llevado sin duda a revisar algunos puntos de vista con respecto al poder, la industrialización y la repartición de las riquezas que sus discípulos de hoy quieren mantener en la esclerosis del dogma.
Creo que Marx, ante el nefasto poder de la técnica, de la dictadura totalitaria de los regímenes nacidos del sovietismo, de las consecuencias catastróficas del arrasamiento del campo, de los campesinos y de la globalización, habría reconocido que los datos objetivos para la liberación social habían cambiado y que era preciso pensar en luchas libertarias que, negándose al poder y al faccionalismo, fueran construyendo para el hombre una verdadera libertad social.
Pero Marx amaba a los hombres reales, y la izquierda ama la abstracción y el dogma. Prefiere sacrificar la libertad de los otros en nombre de abstracciones políticas que ponerse al servicio de su libertad. Al igual que en el pasado los estalinistas satanizaban a los trotskistas, a los maoístas, a los revisionistas, y viceversa, hoy, en forma más degradada, los “chuchos”, después del fracaso de López Obrador, satanizan a los lopezobradoristas, ven con desdén a Cárdenas, desprecian a los zapatistas y al EPR, le dan la espalda a movimientos de resistencia social ajenos a sus intereses, y viceversa.
A pesar de sus discursos, la izquierda no se abre a una búsqueda real de la justicia. Lo que busca es lo mismo que los liberales: el mito prodigioso del poder que repartirá la riqueza a los hombres. Pero en la medida en que no es su objetivo real, sino mitificado, fracasa. Si la izquierda quiere realmente servir al hombre, debe volver la vista no hacia Marcos, sino hacia el zapatismo, es decir, hacia la renuncia al poder y a la construcción de espacios donde la gente le pone límites y, a partir de sus propias experiencias, construye procesos autónomos, libres y de cooperación.
Pero para ello tendría que renunciar al poder, a los dogmas, a las mitificaciones y a las trampas, y ponerse al servicio de una justicia que tiene mil rostros. Si no lo hace, la veremos siempre ascender y regresar, como un Sísifo, a las profundidades, para inútilmente volver a subir la inmensa piedra de la justicia.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.
fuente- Proceso

viernes, 24 de abril de 2009

EL LADO OBSCURO DEL LIBERALISMO

JAVIER SICILIA
En sus grandes ensayos, Hannah Arendt puso al descubierto que los rostros históricos del totalitarismo –fascismos y comunismos– surgían de una fuente común: la intromisión de la técnica en el ámbito de la política. Para Arendt, que venía de un estudio atento del mundo griego, la política –que estaba por encima del hacer mediante la técnica– es el acto puro, el de los hombres libres que echan a andar, en la red de relaciones humanas, procesos de acción y reacción que, a diferencia de la técnica, son imposibles de controlar.
Es el sitio del ejercicio de las virtudes y de la gratuidad perfecta en beneficio del común.Los totalitarismos, sin embargo, al tratar de controlar ese ámbito de lo impredecible y recomponer la vida común, introdujeron dos tipos de ideas aparentemente contrarias pero funcionalmente equivalentes: la historia y la raza; la historia y la biología, como dos formas del hacer, del producir y controlar un mundo para el futuro.
Con ello, dice Arendt,- hicieron de la política una técnica extrema o, como señala Georges Voet al comentarla, “una fabricación que abarca la totalidad de lo real, incluyendo a los seres humanos (...) Al prometer a las masas ‘la producción’ final de la historia (el comunismo) o la ‘creación’ de la forma final de lo vital (la raza superior) –o mejor, al prometer una escatología, es decir, ‘las cosas últimas’ para toda la humanidad–, convirtieron lo político en un producto de la técnica e iniciaron la era de la tecnología política o de la política como tecnología o de la negación de lo humano”.Aunque aparentemente el último de los totalitarismos históricos cayó con el desplome del Muro de Berlín en 1989, se ha dado poca importancia –de ahí que diga aparentemente– al totalitarismo que hay detrás del único régimen que quedó en pie: el liberalismo.

La teoría clásica liberal –que nació como una respuesta a la Iglesia y a los Príncipes que habían desechado el sentido político griego y acaparado el dominio público– quería fundar un orden civil y político basado en un pluralismo ajeno a cualquier orden dado de antemano. Para ello creó una sociedad plural con un mecanismo regulador, el Estado, que permitiera a los hombres funcionar juntos mecánicamente.

Si no era el retorno a la polis griega, era, al menos, un sitio que garantizaba, como creía Hegel, su posibilidad en el tiempo y más allá de la esclavitud de la que el mundo griego no pudo escapar. Por desgracia, la defensa que el liberalismo hizo de esa pluralidad la hizo de la misma manera que, después de él, la hicieron los totalitarismos: “mediante –vuelvo a Voet– la propagación de (una técnica) políticamente desregularizada y desregularizadora: la del trabajo productivo y el mercado ordenado hacia un consumo ilimitado”.

No la historia ni la raza, sino el Mercado. Un mecanismo que, lo había visto con mucha claridad Arendt a mediados del siglo XX, terminaría por someter lo político a lo puramente vital, a la pura sobrevivencia.Esta forma sutil del totalitarismo, a pesar de las críticas de Gandhi, de la escuela de Frankfurt, de Marcuse, del 68 y de las más recientes y más penetrantes de Foucault, Baudrillard o de la lucha zapatista, es constantemente legitimada por los Estados y los medios de comunicación en formas cada vez más contrarias a la pluralidad democrática.

Tomemos dos ejemplos simples, pero que hablan del vínculo del liberalismo con los totalitarismos duros. En el período electoral que estamos viviendo, el IFE, en su campaña publicitaria, no deja de repetir en sus spots: “Así nuestra democracia crece y crecemos todos”. Junto a él, el gobierno de Morelos no cesa también de publicitarse con un eslogan que suena al del letrero que pendía a la entrada de Auschwitz (“El trabajo los hará libres”): “Morelos, tierra de libertad y de trabajo”. Para los liberales –algo que también está en Marx cuando escribe: “Si no hay más no habrá nada”–, el crecimiento y el trabajo son la panacea universal.

Para ellos, el crecimiento sin límites del mercado y de los votantes es sinónimo de vida política y democrática. Los mecanismos de producción y de distribución de bienes están para ellos en íntima relación con el pluralismo político entendido en clave individualista.

Con ello, el liberalismo, al igual que lo hicieron los totalitarismos duros, ha destruido la noción política clásica de “la vida buena”, de la libertad que consiste en el equilibrio entre el hacer y el acto puro, gratuito y alegre del ser virtuoso. “En el liberalismo –dice bien Georges Voet– ya no hay ideas fundamentales o bienes sustanciales.

Lo único que hay de básico es un mecanismo regulador (…) que promete maximizar los intereses mediante el ficticio y simplista mecanismo de la ley de la oferta y la demanda”. Una ficción que la crisis y el intento de los Estados por rearticularla han puesto al desnudo como el sesgo totalitario de la libertad liberal. ¿Cómo destruirlo? Su rostro está ahí, más claro que nunca; las maneras de victimarlo están también ahí, enterradas en el corazón de lo humano e iluminadas por las críticas más radicales y las luchas más virtuosas.

Gandhi lo entendió muy bien al propugnar una economía moral de subsistencia y el gozo de la gratuidad de la política donde los hombres equilibran la vida humana bajo la luz de las virtudes.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.