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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Gran Bretaña: la revuelta estudiantil

Leonardo Boix


LONDRES, 7 de diciembre (apro).- En una revuelta que hace recordar al mayo francés del 68, miles de estudiantes británicos realizaron una manifestación por las calles de Londres y otras ciudades de Gran Bretaña por tercera vez en poco más de dos semanas, para protestar contra los polémicos planes del gobierno de coalición que encabeza el primer ministro conservador, David Cameron, quien busca triplicar el costo de la matrícula universitaria a 14 mil dólares anuales.

Las manifestaciones callejeras, ocupaciones de universidades y hasta persecuciones a políticos del país, tienen un objetivo: obligar a las autoridades a dar marcha atrás con su plan, que forma parte del programa de austeridad y ajuste más profundo en 60 años para reducir el enorme déficit fiscal de Gran Bretaña, actualmente del 11% del Producto Interno Bruto (PIB).

Después de las protestas del 10 y 24 de noviembre pasado, que terminaron con incidentes de violencia, detenidos y heridos, y durante las cuales los estudiantes destrozaron la sede central del Partido Conservador en el céntrico barrio de Millbank, cerca del Parlamento británico, miles de jóvenes marcharon, el pasado 30 de noviembre, para exigir nuevamente un cambio a las medidas.

Los estudiantes acusan a los liberales democráticos, quienes actualmente conforman el gobierno de coalición con los conservadores, por haber “traicionado” su plataforma política e incumplido las promesas que hicieron previo a las elecciones generales de mayo pasado.

La marcha del 30 de noviembre inició en la céntrica Trafalgar Square en medio de temperaturas polares y una nevada, que no impidió que miles de estudiantes llegaran al Parliament Square, frente a las Casas del Parlamento.

Pero, en esta oportunidad, y a diferencia de las dos últimas manifestaciones estudiantiles, los jóvenes buscaron evitar ser acordonados por la Policía británica, en una técnica que en el Reino Unido se ha dado en llamar “kettling” (guiado como ganado).

Los alumnos, que llevaban pancartas que decían “Tory Pigs” (Conservadores cerdos) y “Lib-dems are traitors” (Liberales democráticos traidores), lograron evadir en un principio a los agentes policiales al desviarse por la aristocrática calle de Pall Mall hasta el St. James Park, frente al Palacio real de Bcukingham.

Como “el gato y el ratón”

En la manifestación estaba Simon Hardy, de la Campaña Nacional contra la Matrícula Universitaria y los Ajustes, quien dirigía a los estudiantes para evitar el “kettling”: "¡Doblemos por aquí y sigamos adelante!", indicaba mientras los guiaba hacia la medieval Abadía de Westminster, frente al Parlamento.

"Esta es una demostración espontánea. La estrategia es no quedar acordonados por la Policía", contaba Hardy, quien buscó evitar enfrentamientos como en las dos protestas anteriores.

Una persecución al estilo “gato y ratón” entre los jóvenes y la Policía continuó por las calles de Westminster durante las horas de la marcha, con cientos de estudiantes que lograron paralizar el congestionado tráfico del centro de Londres un día de semana.

“No ‘tal vez’, no ‘peros’, no a los recortes de educación”, gritaban los estudiantes, que pedían por una “revolución” en la política de la Gran Bretaña.

La policía miraba, filmaba y tomaba fotografías desde el costado de las aceras, mientras camiones policiales aparecían de repente para desviar la protesta estudiantil e impedir que los manifestantes bloquearan el tráfico.

Algunos jóvenes, cada vez más frustrados por las tácticas policiales de persecución y acordonamiento, comenzaron a golpear los camiones policiales mientras marchaban en dirección al Hyde Park, buscando llegar a la zona gubernamental de Whitehall. “Revolución, revolución”, cantaban al son de las “vuvuzelas”.

Al llegar al Green Park, un grupo de estudiantes rodeó una limusina estacionada fuera del lujoso Hotel Ritz, mientras pedía por un cambio en la mentalidad de los británicos, quienes han reaccionado aletargados a los masivos recortes y ajustes propuestos por el gobierno, los cuales se estima que dejarán en la calle al menos a 90 mil empleados públicos.

Los trabajadores, turistas y londinenses miraban azorados a los estudiantes que atravesaban Piccadilly, Regent Street y Oxford Street, tres de las zonas comerciales más importantes de Londres.

Una estudiante llamada Sophie, de 15 años, contó que aunque se perdía una clase de ciencia "la lucha contra la matrícula universitaria siempre será más importante".

"No debemos permitir que los estudiantes tengamos que pagar tanto dinero para ir a la universidad. No lo permitiremos", gritó ante este reportero en medio de los jóvenes.

Activismo

Las polémicas reformas educativas que propone el gobierno hicieron que muchos estudiantes se interesaran recientemente en la política y en el activismo político.

Khyati Patel, una alumna del londinense Westminster Kingsway College, gritaba frente a los autobuses de dos pisos repletos de pasajeros para que se sumaran a la protesta, al denunciar la “traición de los liberales democráticos”.

"Nunca me sentí tan viva como ahora. Esto que ha hecho el gobierno es como una cachetada en la cara y le ha abierto los ojos a muchos estudiantes, incluida yo misma. No tenía idea de qué se trataba el activismo político, ni para qué servía; ahora sí", contó.

Sin embargo, y cuando daban las 2 de la tarde, la hora que la policía había dado como plazo para finalizar la marcha, un centenar de estudiantes desafió la orden y se concentró en Trafalgar Square, donde realizó pintas con graffitis, que decían “Revolución” en la famosa columna del capitán Nelson.

La Policía formó de inmediato un cordón para arrinconar a los manifestantes, quienes tras una serie de enfrentamientos, empujones y gritos, fueron arrestados y trasladados en camiones a comisarías locales.

En total fueron detenidos 153 estudiantes, dos de ellos con heridas leves en el rostro por impacto de cachiporras. Un policía resultó también herido en los incidentes.

Las marchas no sólo se limitaron a Londres, ya que también hubo manifestaciones estudiantiles en Leeds, Sheffield, Bath, Birmingham, Liverpool, Manchester, Edimburgo y Bristol.

En Nottingham, en el centro del país, un centenar de estudiantes ocupó la sede de la universidad, en señal de apoyo a la campaña de protesta. También hubo ocupaciones en otras universidades del país, incluidas la University College London (UCL), Cambridge y la Newcastle University.

Todo ello ocurrió cuando el ministro de Negocios británico, el liberal democrático Vince Cable, sorprendió al país al afirmar que podría abstenerse de votar este mes en el Parlamento por el aumento del arancel universitario, un tema que ha dividido fuertemente a conservadores y liberales democráticos.

En ese sentido, el secretario general del Sindicato Nacional de Estudiantes (NUS), Aron Porter, acusó a la agrupación que encabeza el vicepremier Nick Clegg de haber incumplido las promesas preelectorales contra la matrícula universitaria.

"La furia sentida por esta traición es real, justificada y muy decepcionante para aquellos que confiaron en ustedes a la hora de crear políticas diferentes", afirmó Porter en una carta de respuesta a Clegg, quien poco antes pidió a los estudiantes poner fin a protestas "nocivas".

La organización estudiantil lanzó la semana pasada una campaña nacional para instar a aquellos parlamentarios liberales democráticos que prometieron oponerse a aumentos del arancel universitario, entre ellos el propio Clegg y Cable, a renunciar a sus bancadas en la Cámara de los Comunes "por incumplimiento de promesas electorales".

“Nos engañaron”

Los legisladores británicos deberán votar antes de Navidad sobre el aumento de la matrícula universitaria de 3 MIL 375 libras anuales (5 mil 245 dólares) a 14 mil dólares anuales, visto como un punto clave en los intentos del gobierno de coalición para imponer recortes al gasto público y reducir el enorme déficit fiscal del país. Hasta ahora no está claro si los liberales democráticos se abstendrán o no del voto.

En la campaña electoral previo a los comicios generales de mayo pasado, los “lib-dems” prometieron a los estudiantes votar en contra de cualquier aumento del arancel universitario, que calificaron entonces de "injusto y dañino" para el país.

Mientras, el ministro de Negocios en la oposición, el laborista John Denham, afirmó que será "extraordinario y trágico" si Cable decide votar en contra de los planes del gobierno que él mismo conforma.

"Si todos nos abstenemos (los 57 parlamentarios liberales democráticos) entonces estaré conforme al apoyar esa posición. Está la opción de que nos abstengamos como grupo y la estamos considerando", afirmó Cable a la radio 4 de la BBC, el día de la manifestación estudiantil del 30 de noviembre.

"Mi propio instinto, parcialmente porque soy ministro responsable por las universidades y porque creo que la política es correcta, es votar a favor. Pero tenemos que votar como grupo, de forma colectiva", agregó.

Para Clegg, cuya imagen popular se desplomó como consecuencia de la crisis estudiantil, las protestas amenazan con atemorizar a jóvenes humildes que quieren inscribirse en las universidades del país.

En una carta dirigida al NUS, el segundo del mandatario Cameron declaró que muchos jóvenes británicos "creen erróneamente" que tendrán que pagar grandes sumas de dinero para estudiar una carrera.

Clegg apeló a la organización estudiantil a garantizar que su campaña contra el aumento de los aranceles universitarios no genere consecuencias negativas a los planes del gobierno para ampliar el acceso a la educación superior a partir de becas para los jóvenes de familias humildes.

Según el funcionario liberal democrático, el NUS debe asegurarse que los estudiantes que participan en las protestas "tengan claro todo el panorama" de las reformas propuestas por el gobierno que, según el vicepremier harán que el actual sistema "sea más justo".

Sin embargo, la posición de la mayoría de los estudiantes no podría ser más diferente.

Enfurecidos por el trato policial durante las protestas del 30 de noviembre, los manifestantes gritaban mientras eran detenidos e iban siendo ingresados en las patrullas: “¡Debería darles vergüenza a los políticos! ¡Nos engañaron!”, increpaban a las cámaras.

"No estoy de acuerdo con la violencia ni nada parecido", contó el estudiante de antropología de la Universidad de Brunel, Mike Sargent, de 20 años, "pero detesto la forma en que buscan responsabilizar a una pequeña minoría, todos estamos enfurecidos, no sólo un pequeño grupo”.

“Los estudiantes británicos estamos muy enojados por todo lo que está pasando. Pero que les quede algo bien claro: Seguiremos luchando”, concluyó.

fuente- proceso

miércoles, 3 de noviembre de 2010

[Rumanía] Con los comunistas se vivía mejor

Rumania revuelta al capitalismo


De acuerdo con la encuesta de opinión recientemente efectuada en Rumania, la mayor parte de la población afirma que la vida era mejor con el partido comunista en el poder que en la actualidad bajo el capitalismo. El grueso de los encuestados daba una visión positiva del comunismo, y más del 60% lo consideraba una "buena idea" en principio. Los encuestadores observaron un incremento significativo de la afinidad con el ideario comunista en comparación con una encuesta similar realizada cuatro años antes.

Realizada entre agosto y septiembre del presente año por el instituto rumano de sondeo de opinión CSOP, la encuesta mostraba que más del 49% coincidía en que la vida era mejor bajo el gobierno del fallecido líder comunista Nicolae Ceausescu, mientras que sólo el 23% pensaba que la vida hoy es mejor. El resto daba una repuesta neutral o ns/nc.

Las razones ofrecidas para la evaluación positiva del período comunista eran principalmente económicas; un 62% mencionó la disponibilidad de puestos de trabajo, el 26% las condiciones de vida dignas y el 19% la vivienda universalmente garantizada.

La encuesta fue patrocinada por la organización Iicmer (Instituto para la Investigación de los Crímenes del Comunismo y de la Memoria del Exilio Rumano), financiada públicamente con el fin de contribuir a la labor de "educar" a la población sobre los males del comunismo. Entre las decepciones más amargas que los resultados de la encuesta proporcionaron a esta organización se cuentan respuestas a la pregunta sobre si los encuestados o sus familias habían sufrido bajo el sistema comunista.

Sólo el 7% de los encuestados dijo haber sufrido bajo el comunismo, con un 6% adicional que, no habiendo sufrido daño personal, afirmaba que sí lo había experimentado algún miembro de su familia. También aquí las razones ofrecidas eran sobre todo económicas: la mayoría se refería a la escasez que se produjo en la década de 1980, cuando Rumania puso en marcha un programa de austeridad con el fin de reembolsar la deuda exterior del país. Una pequeña parte de la minoría que había sufrido durante el período comunista opinaba que habían salido perjudicados al ser nacionalizadas sus propiedades, y un puñado (el 6% de los que recordaban malas experiencias bajo el comunismo) decían que mientras los comunistas estaban en el poder, ellos, o algún miembro de su familia, habían sido detenidos en algún momento.

Retorciendo a discreción el resultado de la encuesta, el Iicmer señaló que las numerosos encuestados (el 41% y el 42%, respectivamente) estaban de acuerdo con la afirmación de que el régimen comunista era o criminal o ilegítimo. Unas minorías importantes (37% y 31%) estaba en desacuerdo de forma explícita con esas afirmaciones, y el resto se mostraban neutrales o no se pronunciaban.

Además, aunque la mayoría de los participantes valoraran positivamente el comunismo sólo el 27% declaraba estar en desacuerdo de principios con él, la mayoría de los que dieron una opinión definida también pensaban que las ideas comnunistas no habían llegado a ser puestas por obra de la mejor manera antes del cambio de régimen en 1989. El 14% daba la respuesta inequívoca de que el comunismo era una buena idea y de se había llevado a la práctica de la mejor manera en Rumania.

Así pues, una buena parte de los rumanos indecisos sobre si el comunismo fue o no una forma legal y legítima de gobierno y una gran mayoría de los que decían que el comunismo se llevó a la práctica de forma incorrecta eran, sin embargo, inequívocos cuando opinaban que el sistema puesto por obra por el Partido Comunista Rumano, con todos sus defectos, ofrecía una vida mejor para la gente que la que ofrece el capitalismo de nuestros días.

Logros comunistas
Antes de que los comunistas tomasen el poder en Rumania, la mayor parte de la población era analfabeta y no tenía acceso a la atención sanitaria. Únicamente una minoría de la población rural, que era la predominante, tenía acceso a la sanidad o disponía de corriente eléctrica. Las tasas de mortalidad infantil se encontraban entre las peores de Europa y el pronóstico de vida era inferior a los 40 años debido a la inanición y a otras enfermedades. El régimen de derecha rumano se alió con Hitler durante la Segunda Guerra Mundial , y en el marco de esa alianza capitalista se envió a la mayoría de la población judía del país a los campos de exterminio nazis.

Aupados al poder tras la victoria soviética contra la Alemania nazi en 1945, los comunistas rumanos, hasta ese momento un grupo ilegal de lucha clandestina contra el gobierno rumano pro-fascista y los nazis, ascendían a unos pocos miles. A pesar de ello lograron movilizar el entusiasmo de la gente para reconstruir su país devastado por la guerra. Acabaron prácticamente con el analfabetismo, los servicios sanitarios mejoraron y se ampliaron de forma masiva, y -como los encuestados por el CSOP revelan los puestos de trabajo, la vivienda y los niveles decentes de vida se hicieron accesibles para todos.

Animado por esos éxitos, el gobierno comunista dirigido por Nicolae Ceausescu se endeudó durante la década de los 70 con la compra de equipos industriales costosos a Occidente, a fin de aumentar la tasa de crecimiento económico del país, en la esperanza de que los países occidentales incrementarían sus importaciones de productos rumanos. Esa estrategia fracasó, y el programa de austeridad implantado entonces para poder pagar la deuda nacional dio lugar a un resentimiento creciente.

Nicolae Ceausescu y su esposa Elena fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento el día de Navidad de 1989. Su sentencia de muerte se dictó después de un juicio sumario ordenado por los nuevos dirigentes reformistas del país: fueron declarados culpables de crímenes contra el pueblo rumano.

Pero a pesar de esa condena, y aunque la opinión general que se refleja en los resultados de la encuesta CSOP es que el sistema comunista, tal como se aplicó en Rumania, fracasó, sólo una pequeña minoría de los consultados en la encuesta (15%) dice que el ex jefe comunista Nicolae Ceausescu fuera un mal líder. La mayoría se mostraron neutrales o indecisos al respecto, y el 25% afirma que el liderazgo de Ceausescu había sido bueno para el país.

En su valoración de los resultados de la encuesta, el Icmer observa que los rumanos están muy lejos de ser únicos en su valoración positiva del comunismo del pasado siglo. Según una encuesta realizada en varios países del Centro y el Este de Europa en 2009 por el Centro de Investigación estadounidense Pew, el porcentaje de población en países ex-socialistas que considera la vida bajo el capitalismo peor de lo que fue durante el período comunista, es la siguiente:

Polonia: 35%

República Checa: 39%

Eslovaquia: 42%

Lituania: 42%

Rusia: 45%

Bulgaria: el 62%

Ucrania: 62%

Hungría: 72%

Particularmente significativo en los resultados de la encuesta CSOP /Iicmer de 2010 en Rumania es que, a medida que adquieren más experiencia en la vida bajo la "economía de mercado", la gente se vuelve cada vez más negativa respecto del capitalismo y más positiva respecto del comunismo. En la encuesta anterior, realizada en 2006, el 53% expresaba una opinión favorable hacia el comunismo; en la de 2010 el porcentaje favorable subía hasta el 61%.
Rumanía, revuelta al capitalismo 1989

Rumanía, revuelta al capitalismo 1989

Las conclusiones de la encuesta del CSOP no nos resultan sorprendentes, si se recuerda lo sucedido desde que se reintrodujo el capitalismo: una pobreza creciente, un aumento de la tasa de desempleo y de la inseguridad. El sistema de salud rumano está actualmente en crisis, y los trabajodres del sector público han visto su sueldo recortado en un 25%. [1]

NOTA: [1] Información técnica sobre esta encuesta de opinión: 1.133 personas mayores de 15 años fueron entrevistados entre el 27 de agosto y 2 de septiembre de 2010. Las entrevistas se realizaron sobre la base de un cuestionario estandarizado, cara a cara en el hogar. Margen de error: 2,9%.

Traducción: Marta Domènech y David López

http://www.larepublica.com.uy/contratapa/429994-con-los-comunistas-se-vivia-mejor

lunes, 15 de marzo de 2010

Maldito socialismo, ¡cómo te echamos de menos!


Hace unas semanas, en Berlín, mientras los beneficiarios del cambio político en la Europa del Este celebraban la desaparición del muro (y, sobre todo, del “socialismo real”) hace veinte años, como prueba manifiesta de la superioridad social del capitalismo, la prensa internacional conservadora lanzó una de sus habituales campañas propagandísticas para vender de nuevo la mentira del supuesto éxito conseguido por el cambio político y económico en los antiguos países socialistas europeos. La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.

Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos. Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet , por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.

Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso el International Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales (1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.

* * *

Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.

El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.

Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.

Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.

Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”. Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.

Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos. También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.

Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.

La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.

Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.

La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.

Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.

Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.

La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.

Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.

A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.

fuente- rebelion.org

sábado, 11 de julio de 2009

El capitalismo no es lo que le vendieron: diez países del antiguo campo socialista se declaran en quiebra absoluta


Al menos diez países del Este de Europa están negociando con el FMI un rescate de miles de millones de dólares para evitar la quiebra. Según recela el diario austríaco , el organismo internacional está dispuesto a conceder ayudas dada la gravedad de la situación que atraviesan estas economías.
Los países que han solicitado ayuda al FMI, por el momento son: Bulgaria, Croacia y Macedonia (solicitan ayuda por primera vez); Ucrania, Serbia, Rumanía, Bielorrusia y Letonia negocian la ampliación de los préstamos del FMI o acelerar su recepción; mientras, Hungría todavía está estudiando la posibilidad de solicitar más dinero del FMI.
Mientras, Bosnia-Herzegovina recibió el jueves 1.570 millones de dólares de la entidad para afrontar la crisis económica. El crédito por un período de tres años le es necesario al país balcánico para atenuar los efectos de la crisis financiera y económica mundial.Una primera cantidad, de unos 282 millones de dólares, estará de inmediato a disposición del Banco Central bosnio, que repartirá la suma entre las dos entidades que forman el Estado. La federación común de musulmanes y croatas obtendrá dos tercios de la suma, y a la república serbia le corresponderá un tercio, informa Efe.
El ministro de Finanzas en el Gobierno central bosnio, común de los tres pueblos, Dragan Vrankic, declaró en los medios que las autoridades bosnias deben cumplir sus compromisos de ahorro, sobre todo en el sector social y fiscal, para poder acceder al resto del dinero del crédito.
Persiste la "preocupación sobre la salud financiera de los países del Este y cemtro de Europa", según Tsutomu Soma, operador de Okasan Securities Co. en Tokio. Por ello, es probable los inversores opten por vender euros y comprar yenes y dólares "como moneda refugio seguro", informa Bloomberg. Además, Lituania puede verse obligada a pedir también ayudas al FMI para hacer frente a la crisis, según declaró el presidente del comité parlamentario de Finanzas y Presupuesto, Kestutis Glaveckas."Es probable que tengamos que apelar al FMI. La situación financiera no mejora, y la contracción de la economía continúa", dijo el diputado, quien estimó esas ayudas en entre 10.000 y 12.000 millones de lites (entre 3.000 y 3.500 millones de euros).
fuente- kaos en la red