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miércoles, 28 de julio de 2010

Afganistán, la guerra perdida más longeva de EU

A más de 10 años de que las fuerzas militares más poderosas del planeta iniciaran la ocupación de Afganistán, la resistencia nacional de ese país controla casi todo el territorio. En contraste, para Estados Unidos es cada vez más difícil destinar los miles de millones de dólares que le permiten sostener a un ejército desmoralizado e inoperante


James Petras / Red Voltaire

A pesar de casi 10 años de guerra, incluidas una invasión y una ocupación, el ejército estadunidense, sus aliados y las Fuerzas Armadas de los Estados clientelistas están perdiendo la guerra en Afganistán. Exceptuando los distritos centrales de algunas ciudades y las fortalezas militares, la resistencia nacional afgana, con todas sus complejas alianzas nacionales, regionales y locales, controla el territorio, el pueblo y la administración.

Esta guerra sin fin representa el mayor sangrado para la moral de las Fuerzas Armadas estadunidenses, socavando el apoyo civil dentro del país y limitando la capacidad de la Casa Blanca para emprender nuevas guerras imperiales.

El desembolso militar anual de miles de millones de dólares está agravando el déficit presupuestario desaforado e impulsando duros recortes impopulares en los programas sociales a todos los niveles gubernamentales.

No se vislumbra el fin, mientras el régimen de Obama sigue aumentando en decenas de miles el número de soldados desplegados y en decenas de miles de millones los desembolsos militares, pero la resistencia avanza, tanto militar como políticamente.

Confrontados con el creciente descontento popular y las demandas de control fiscal por parte de un amplio espectro de grupos ciudadanos y bancarios, Obama y el mando general han buscado una “salida parcial” mediante el reclutamiento y entrenamiento de un ejército mercenario y una policía afganos, a gran escala y largo plazo, bajo el mando de oficiales estadunidenses y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La estrategia: crear una neocolonia afgana

Entre 2001 y 2010, el desembolso militar estadunidense suma 428 mil millones de dólares; la ocupación colonial se ha cobrado más de 7 mil 228 muertos y heridos hasta el 1 de junio de 2010.

A medida que la situación militar estadunidense se deteriora, la Casa Blanca incrementa el número de soldados, aumentándose a su vez el número de muertos y heridos. Durante los últimos 18 meses del régimen de Obama, ha habido más muertos o heridos que en los ocho años anteriores.

La estrategia del Pentágono y la Casa Blanca se basa en el flujo masivo de dinero y armas, y un incremento del número de sustitutos, señores de la guerra subvencionados y expatriados títeres educados en Occidente.

La “ayuda al desarrollo” de la Casa Blanca implica, literalmente, la compra de las lealtades efímeras de los líderes de los clanes. La Casa Blanca aparenta legitimidad celebrando elecciones, lo que acentúa la imagen corrupta del beneficiado régimen títere de Kabul y sus socios regionales.

En el terreno militar, el Pentágono emprende una “ofensiva” detrás de otra, anunciando un éxito detrás de otro, seguida de una retirada y el retorno de los combatientes de la resistencia.

Las campañas militares estadunidenses interrumpen el comercio, las cosechas y los mercados agrícolas, mientras que los ataques aéreos dirigidos a los talibanes y guerrilleros generalmente terminan matando a civiles que están celebrando bodas y fiestas religiosas o comprando en los mercados.

La razón del alto porcentaje de asesinatos de civiles es evidente para todos menos para los generales estadunidenses: no hay distinción entre “militantes” y los millones de civiles afganos, ya que los primeros forman parte esencial de sus comunidades.

El problema clave y decisivo de la ocupación estadunidense es que Afganistán es un enclave colonial en un pueblo colonizado. Estados Unidos, sus títeres locales y los aliados de la OTAN forman un ejército colonial extranjero y se considera a los policías y militares afganos reclutados como simples instrumentos de la perpetuación del gobierno ilegítimo.

Cada acción, violenta o no, se percibe e interpreta como la trasgresión de normas y legados históricos de un pueblo independiente y orgulloso.

En la vida diaria, cada movimiento de la potencia ocupante es destructivo; nada se mueve sin el permiso del mando militar y policial dirigido por los extranjeros. Bajo amenaza, la gente finge cooperación con la potencia ocupante para luego dar asistencia a sus padres, hermanos e hijos en la resistencia.

Los hombres reclutados cogen el dinero y entregan sus armas a la resistencia. Los informadores en los pueblos son agentes dobles o son identificados por sus vecinos y llegan a ser objetivo de los insurgentes.

Los colaboradores afganos, los aliados más cercanos de Washington, se ven como traidores corruptos, gobernadores transitorios que siempre tienen las maletas hechas y los pasaportes estadunidenses a mano por si tienen que huir cuando les toca hacer lo mismo a los estadunidenses. Todos los programas, los fondos de “reconstrucción”, las misiones de formación y los “programas cívicos” han fracasado en su propósito de ganar la lealtad del pueblo afgano, antes, ahora y en el futuro, porque se les ve como parte de la ocupación militar estadunidense que está fundamentada en último término en la violencia.

Las 10 razones por las cuales ganará la resistencia

1. La resistencia tiene profundas raíces en la población –una comunidad basada en la familia y unos vínculos culturales y lingüísticos que Estados Unidos no posee ni puede “inventar”, comprar, comercializar ni replicar mediante sus “colaboradores” afganos ni imponer por medios propagandísticos.

2. La resistencia tiene fronteras fluidas y un amplio apoyo internacional, especialmente en Pakistán, pero sobre todo por parte de otros grupos islámicos antiimperialistas que proveen armas y voluntarios, y participan activamente en los ataques a las vías de transporte logístico de los soldados estadunidenses-OTAN en Pakistán. Estos grupos también ejercen presión sobre los regímenes clientelistas de Estados Unidos en el extranjero, tales como Pakistán, Arabia Saudita, Yemen y Somalia, abriendo así múltiples frentes.

3. Una amplia infiltración y el apoyo pasivo, activo y voluntario de la resistencia entre los soldados y policías afganos reclutados y entrenados por Estados Unidos se convierten en labores cruciales de inteligencia sobre los movimientos de tropas. Las deserciones y el absentismo menoscaban la “competencia militar”.

4. El alcance y la amplitud de la actividad de la resistencia superan las posibilidades actuales de los ejércitos imperiales y obliga a éstos a depender de los cuerpos de seguridad afganos, remisos a matar a sus propios hermanos, sobre todo cuando las operaciones están dirigidas a comunidades donde viven parientes o congéneres étnicos.

5. Los aliados de la resistencia son más leales, dignos de confianza y menos corruptos, ya que comparten profundas creencias. Los aliados estadunidenses sólo son leales debido a las gratificaciones monetarias efímeras que reciben y a la presencia provisional de las fuerzas militares estadunidenses.

6. La resistencia es atractiva para el pueblo porque representa el retorno de la ley y el orden a la vida cotidiana presentes antes de la invasión desestabilizadora. La promesa estadunidense de que habría consecuencias positivas al final de una guerra realizada con éxito no tiene ninguna resonancia popular después de un decenio interminable de ocupación destructiva.

7. Estados Unidos no tiene valores comparables con el atractivo tradicionalista-nacionalista-religioso de la resistencia para la gran mayoría del pueblo, la gente de los pueblos, la de las ciudades y los desplazados.

8. El apoyo de la resistencia a los iraquíes, los palestinos y otras fuerzas antiimperialistas tiene un atractivo positivo entre el pueblo afgano, que ha padecido los resultados destructivos de las guerras emprendidas en Irak y encomendadas en Pakistán, Somalia y Yemen. Las agresiones israelíes, respaldadas por Estados Unidos y realizadas contra Líbano y el barco que portaba ayuda humanitaria a Palestina, y la presencia altamente visible de militantes sionistas en el gobierno estadunidense, causan rechazo a los afganos más informados políticamente.

9. Los afganos tienen, debido a la fuerza de la costumbre, mayor resistencia contra la ocupación militar estadunidense que el pueblo de Estados Unidos, con necesidades más urgentes, y que el propio ejército, con crecientes compromisos en la zona del Golfo.

10. La resistencia afgana no suele matar a civiles durante sus operaciones, ya que los soldados estadunidenses y de la OTAN van perfectamente identificados. En cambio, no sucede lo mismo en el bando contrario. Los afganos que viven en los pueblos de las comunidades ocupadas son objeto de asesinatos por parte de las “fuerzas especiales” y de bombardeos de los aviones teledirigidos. En estas circunstancias, la gente corriente sufre las mismas agresiones militares que los combatientes de la resistencia.

La incapacidad de construir un ejército mercenario eficaz

Una auditoría realizada por el gobierno estadunidense, publicada en junio, echó por tierra la afirmación del régimen de Obama de que está consiguiendo construir un ejército mercenario afgano efectivo y una policía afgana capaz de reforzar el actual régimen clientelista de Kabul.

El informe, basado en un análisis detallado e investigaciones sobre el terreno, argumenta que el Pentágono de Obama se apoya en “pautas tristemente inadecuadas al inflar las habilidades de las unidades afganas que Obama describió como cruciales para la operación” (Financial Times, 7 de junio de 2010).

En otras palabras, Obama sigue jugando al engaño que ejerció durante la campaña electoral con sus falsas promesas de “cambio” y el “final de las guerras”, y que continuó con el rescate de Wall Street en nombre de la “salvación de la economía”. Luego siguió con el envío de 30 mil soldados más a Afganistán y el incremento del gasto militar y policial hasta los 325 mil 500 millones de dólares, aproximadamente un 132 por ciento más que el último año del gobierno de Bush (Servicio de Investigación del Congreso, FY 2010 Presupuesto complementario para las Guerras de junio de 2010).

Las falsas afirmaciones de progreso del gobierno de Obama se basaron en criterios técnicos y burocráticos más que en el actual rendimiento y comportamiento combativos del ejército mercenario afgano.

Los informes de progreso del mando militar se basaron en la cantidad de cursos que se habían impartido, la duración y el alcance del entrenamiento, y la cantidad y calidad de los equipos y armas proporcionados a los soldados afganos.

A medida que se incrementaba el número de unidades afganas en formación, de cero a 22 entre 2008 y 2009, el Pentágono afirmó que el progreso había sido extraordinario. Para corregir los errores, el Pentágono solicitó a los comandantes que realizaran “valoraciones sobre el terreno” –que también fallaron porque los oficiales tenían gran interés en inflar el rendimiento de los mercenarios afganos bajo su mando con el fin de procurarse las promociones y las medallas al mérito.

El régimen de Obama proyecta incrementar el número de soldados afganos, de 97 mil en noviembre de 2009 a 134 mil en octubre de 2010, y 171 mil en octubre de 2011, un aumento del 75 por ciento en dos años (Servicio de Investigación del Congreso, página 13). El mismo incremento está previsto para la policía: de 93 mil 800 en noviembre de 2009 a 134 mil en octubre de 2010, un 43 por ciento más.

La afirmación de Obama de que [la gestión de] la guerra se está entregando gradualmente al ejército afgano entrenado por Estados Unidos se desmiente totalmente con otros dos hechos básicos. La Casa Blanca ha solicitado 1 mil 900 millones de dólares –el doble del importe de 2009 bajo el gobierno de Bush– para la construcción militar de nuevas bases e instalaciones, previendo una “presencia a largo plazo”.

En segundo lugar, utilizando el engaño habitual del régimen de Obama, el secretario de Defensa, Gates, y el almirante Mullen, presidente del Estado Mayor Conjunto, ahora afirman que la promesa hecha durante la campaña de Obama de empezar a retirar a los soldados en julio de 2010 en realidad significa “cuando iniciemos la transición… no la fecha de retirada”, basada a su vez en “las condiciones sobre el terreno… un proceso de varios años”.

En lenguaje corriente, “iniciar la transición” no es “partir”; significa quedarse, combatir y ocupar Afganistán durante decenios. También, enviar más soldados y construir más bases; gastar otros 400 mil millones de dólares durante los próximos cinco años, y duplicar el número de soldados estadunidenses muertos y heridos durante los próximos tres años, de más de 7 mil a 14 mil.

Los criterios de éxito al “afganizar” la guerra se desmienten al “americanizar” cada vez más las bases, las tropas de combate y los desembolsos. La razón es que los datos correspondientes al ejército afgano son tan falsos como las promesas de Obama.

El personal estadunidense contratado crece porque los títeres políticos afganos son tan corruptos, ineficaces y odiados por su propio pueblo que Washington tiene que arroparlos con “monitores”, “asesores” y “operarios”, quienes a su vez son absolutamente incapaces de conectar con las necesidades y prácticas de las comunidades. Este incremento de “ayuda” estadunidense ha causado más corrupción, más promesas incumplidas y mayor animosidad por parte de los posibles beneficiarios.

El problema fundamental es que ésta es una guerra estadunidense, y es la razón por la que las unidades afganas padecen bajas de un 50 por ciento, debido a una tasa de deserción de al menos un 20 por ciento, cifra reconocida por los oficiales militares estadunidenses (investigación del Congreso, página 14). Es decir, los afganos reclutados cogen el dinero y las armas y vuelven a sus pueblos, barrios y familias y, no pocos, haciendo uso de su entrenamiento militar, se unen a la resistencia nacional.

Teniendo en cuenta estos altos niveles de desafección entre los afganos reclutados, incluso entre los oficiales, no sorprende que la resistencia posea tan buenos conocimientos sobre los movimientos de los soldados estadunidenses. Dado el grado de desafección, no sorprende que algunos de los colaboradores en inteligencia estadunidense sean agentes dobles o vulnerables a ser descubiertos y asesinados.

Ante un programa de reclutamiento de 1 mil millones de dólares, con altas tasas de deserción y el hecho de que los reclutados se vuelven contra sus mentores, la Casa Blanca, el Pentágono y el Congreso se niegan a reconocer la realidad: que la fuente de resistencia popular son las ocupaciones imperiales. En cambio, piden más gente para entrenar, más fondos para los “programas de entrenamiento” y más contratistas de mercenarios “transparentes”.

La realidad es que, a pesar de una mayor ocupación por parte de los estadunidenses y los crecientes desembolsos militares, la resistencia crece, rodea las grandes ciudades, escoge como objetivo las reuniones en el centro de Kabul y las bases militares estadunidenses repartidas por todo el país. Es evidente que Estados Unidos ha perdido la guerra políticamente y está a punto de perderla militarmente.

A pesar de la tecnología militar más avanzada, de los aviones teledirigidos, de las fuerzas especiales, del incremento en el número de soldados en formación, de los asesores, de las organizaciones no gubernamentales y de la construcción de más bases militares, está azuzando la resistencia.

La Casa Blanca está ganando la hostilidad de la gran mayoría de los afganos al incrementar los millones de desplazados, asesinados y mutilados.

Los asesinatos de civiles están convirtiendo a los militares reclutados en desertores y soldados “en los que no se puede confiar”, algunos de los cuales se pasan al “otro bando” como combatientes comprometidos. Igual que en Indochina, Argelia y otros lugares, un ejército resistente guerrillero, popular, altamente motivado y profundamente implantado dentro de la cultura nacional-religiosa de una población oprimida se muestra más resistente, duradero y victorioso que el ejército imperialista, extranjero y provisto de alta tecnología.

La guerra afgana de Obama, de “dominio o ruina”, más pronto que tarde arruinará a Estados Unidos y pondrá fin a esta presidencia vergonzosa.

Fuente: Contralínea 192 - 25 de Julio de 2010

martes, 13 de abril de 2010

"No hay democracia bajo la ocupación"


Red Voltaire


La joven diputada afgana Malalai Joya fue excluida del parlamento por haber denunciado la injerencia de las potencias extranjeras y las violaciones de los derechos de las mujeres que se cometen bajo la ocupación.

Malalai Joya es una mujer disgustada. Más que disgustada, furiosa por la guerra que la coalición internacional mantiene en su país, Afganistán; furiosa por las bombas de la OTAN que matan civiles en las aldeas; furiosa contra el llamado a la reconciliación con los talibanes y con los señores de la guerra. «¡Pongan fin a las masacres en mi país, ordenen la retirada de las tropas extranjeras para que se detenga la talibanización!», exige la joven diputada afgana a la opinión pública de los países occidentales.

Dominique Bari: La conferencia de Londres, celebrada a finales de enero, oficializó una negociación con los dirigentes del antiguo régimen talibán. ¿Qué puede suceder ahora?

Malalai Joya: Millones de afganos se están muriendo de hambre, pero al régimen de Karzai le prometieron millones de dólares para que los insurgentes depongan las armas. Eso conducirá a la rehabilitación de los talibanes, quienes tomarán el control de la Loya Jirga, la asamblea de ancianos y de representantes de las tribus que debe reunirse próximamente.

¿Es que alguien realmente cree que se puede instaurar la democracia con esos reaccionarios? Pero los talibanes no son los únicos integristas. Cuando Estados Unidos y sus aliados derrocaron el régimen del mullah Omar, lo que hicieron fue reemplazarlo por otros fundamentalistas, por señores de la guerra vinculados a la Alianza del Norte, que dirigía Masud. Ese grupo es similar al talibán en materia de creencias.

En los últimos años se han adoptado una serie de leyes y una serie de decisiones judiciales verdaderamente escandalosas. Con el pretexto de la reconciliación nacional se ha concedido inmunidad a los señores de la guerra y a otros conocidos criminales de guerra, muchos de los cuales son ahora miembros del parlamento, están en los ministerios, en la administración judicial y son todos unos corruptos.

Y ahora resulta que hasta la propia ONU borra de su «lista negra» los nombres de los ex dirigentes talibanes. ¿Acaso puede construirse el porvenir de un pueblo con ese tipo de acciones? A no ser que pretendan hacerle creer que el símbolo de las bondades del progreso occidental es la fábrica de Coca Cola inaugurada en las afueras de Kabul, en este país pobre donde el agua es un recurso inestimable...

Dominique Bari: Usted fue electa para formar parte del parlamento en 2005. Pero fue expulsada al cabo de 18 meses. ¿Por qué?

Malalai Joya: Durante la ceremonia de apertura de la sesión parlamentaria, yo presenté «mis condolencias al pueblo afgano», cosa que no les gustó a muchos diputados, quienes se quejaron de que aquello era una ofensa para ellos. Fueron esos señores de la guerra quienes pidieron mi exclusión.

Yo había recordado que ellos habían saqueado Kabul durante la guerra civil que se desarrolló de 1992 a 1996 y que ellos era responsables por la muerte de decenas de miles de personas. Yo dije que debían ser llevados a los tribunales internacionales. Yo denuncié la corrupción, alimentada por los miles de millones que desembolsó la comunidad internacional en nombre de la reconstrucción.

Rápidamente llegó un momento en que ni siquiera me dejaban hablar. Me desconectaban el micrófono cuando yo pedía la palabra y yo tenía que hablar a gritos [mientras me gritaban] insultos y amenazas. Algunos diputados, hombres y mujeres, me defendieron, pero eran pocos. Me acusaron de comunista y de infiel, que son para ellos los máximos insultos. En una entrevista de televisión, yo acabé por comparar el parlamento con un zoológico. ¡Peor que un establo, donde los animales por lo menos sirven para algo!

Dominique Bari: ¿De qué servirán las tropas de refuerzo que anunció Obama?

Malalai Joya: El objetivo de la guerra no era implantar la democracia y la justicia ni arrancar de raíz los grupos terroristas. Para lo que ha servido es para dar un carácter permanente a la ocupación, para instalar bases militares y para mantener bajo control una región que cuenta con grandes recursos naturales. Obama es igual que Bush, incluso peor porque está intensificando la guerra y extendiéndola a Pakistán.

El gobierno americano mantiene una situación peligrosa para mantenerse más tiempo en Afganistán y vigilar así más fácilmente a los países vecinos, como Irán, Pakistán, Rusia y Uzbekistán. Si Obama no retira sus soldados habrá más sangre y más desastres. Mire los bombardeos de la OTAN. En mi provincia de Farah, en mayo (de 2009. NdlR.), resultaron muertos más de 150 civiles.

Esa masacre es para el mundo una pequeña muestra de los horrores que nuestro está enfrentando. Pero ¿quiere realmente el mundo ver esos horrores? Yo organicé una conferencia de prensa y un hombre de la aldea de Geranai, atenazado por el dolor, vino a contar cómo él mismo había perdido 20 miembros de su familia la masacre. ¿No es posible que ese hombre se sienta impulsado, al igual que otros jóvenes, a unirse a los insurgentes, aunque sean integristas?

Dominique Bari: El destino trazado para la mujeres bajo el régimen de los talibanes había acabado conmoviendo a la opinión pública internacional. ¿Cuál es la situación [de las mujeres afganas] hoy en día?

Malalai Joya: La Constitución afgana contiene varias cláusulas sobre los derechos de las mujeres. Yo fui una de las numerosas delegadas a la Loya Jirga de 2003 que luchamos fuertemente por la inclusión de esas disposiciones. Pero [esa Constitución] está marcada por la fuerte influencia de los fundamentalistas con quienes Karzai y Occidente han llegado a compromisos.

La Constitución proclama la igualdad entre hombres y mujeres, pero el país se rige por la sharia. La supuesta democracia de la Constitución oficial se viola sistemáticamente. Sólo sirve de vitrina para atraer el dinero de la ayuda internacional, que generalmente acaba siendo malversado. Afganistán es actualmente un país donde las mujeres, a veces niñas de 14 o 15 años, que huyen del domicilio conyugal a causa de la extrema violencia son consideradas criminales y se les encarcela.

Es verdad que se ha producido un regreso de las niñas a las escuelas, pero las cifras no incluyen a las que se ven obligadas a abandonarla debido a las amenazas contra su seguridad y las presiones a las que se ven sometidas por parte de sus familias para que se casen. El suicidio se ha convertido en el último recurso de las muchachas desesperadas, quienes tienen conciencia de las alternativas pero también saben que nunca tendrán derecho a ellas.

Dominique Bari: Precisamente, ¿cuáles son esas alternativas?

Malalai Joya: Todas las tropas extranjeras deben irse y las milicias de los señores de la guerra deben ser desmanteladas. La democracia no puede ser instaurada por una ocupación que no hace más que extender y fortalecer la talibanización de mi país. Y es mi pueblo quien está sufriendo las consecuencias.

Si Estados Unidos y las tropas de la OTAN que ocupan nuestro país no salen de Afganistán en un plazo razonable, tendrán que enfrentar una resistencia cada vez más grande de parte de los afganos. Los gobiernos occidentales se niegan a ver voluntariamente que la gente está luchando por la reconstrucción de su país en condiciones de paz y de seguridad.

Partidos y asociaciones democráticas luchan a menudo desde la clandestinidad. No olvidemos que la Constitución prohíbe la existencia de partidos laicos no basados en el Corán. Las manifestaciones estudiantiles contra los recientes bombardeos, al igual que las protestas de cientos de mujeres, que se produjeron el mes pasado en Kabul, muestran al mundo el camino hacia una verdadera democracia en Afganistán.

Hay muchos héroes y heroínas desconocidos. Y están luchando en sus ciudades y aldeas. ¿Por qué ningún dirigente occidental quiere reconocer ni siquiera la existencia misma de una fuerza progresista emergente que puede desempeñar un verdadero papel?

Yo no pierdo las esperanzas. Necesitamos la ayuda de la opinión pública en los países occidentales y, a través de mis viajes, me doy cuenta de que están moviéndose. Ha habido manifestaciones contra el envío de refuerzos, ya nadie cree en la «guerra justa». Hay que aumentar la presión para obligar a los gobiernos belicistas a ceder.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Afganistán: bajo ocupación


MEXICO, D.F., 25 de diciembre (apro).- Miembros de la sociedad civil afgana advierten que el envío de casi 40 mil soldados a su país es una estrategia totalmente errada para restablecer la paz y la democracia en su nación.
“No puede haber democracia implantada por una guerra; no puede haber democracia en un país ocupado. Una nación necesita ser libre”, dijo a Apro Malalai Joya, joven activista afgana expulsada del Congreso de su país por criticar a los llamados “señores de la guerra”, quienes actualmente ocupan puestos en todas las ramas del gobierno del presidente Hamid Karzai, apoyado por Estados Unidos.
De acuerdo con la activista, su país no necesita más tropas, como dijo el presidente estadunidense Barak Obama en su discurso del 1 de diciembre en la academia militar de West Point, sino la reconstrucción de escuelas, hospitales, universidades, medios de producción y la protección de los derechos de las mujeres.
Y es que la situación del pueblo de Afganistán no ha mejorado radicalmente desde la entrada de las tropas de la OTAN: el 53 por ciento de la población es pobre; 40 de ésta, desempleada; la esperanza de vida de mujeres y hombres es de 44 años; además de que sólo una tercera parte de los niños mayores de 15 años está alfabetizado.
Dirigente de la Organización para Promover las Capacidades de las Mujeres Afganas, Malalai Joya destaca que otro de los problemas que empeora es la violación de los derechos de la mujer, situación denunciada por Occidente desde la entrada del régimen talibán, pero ahora relegada a segundo plano.
Durante el régimen fundamentalista de los talibanes la educación de la mujer fue prohibida. Hoy, el 90 por ciento de las mujeres no sabe leer.
Los talibanes también prohibieron el trabajo femenino. Las mujeres fueron relegadas al hogar y la pobreza junto con varios niños que dependían sólo de la madre. Las niñas todavía son dadas en matrimonio por caballos, dinero, muebles y hasta perros de pelea
Las milicias talibanes y los “señores de la guerra” amenazan a las periodistas que alzan la voz. Sanga Amach y Zakia Kaki fueron asesinadas en 2007 por criticar a los “señores de la guerra” en estaciones independientes de radio.
La propia Malalai Joya ha sido expulsada del Congreso afgano y amenazada de muerte debido a las actividades de su organización.
En entrevista con Apro, el periodista Yaqub Ibrahimi afirma que este tipo de violencia en su país no disminuirá con el aumento de tropas. “Nuestro país tiene más de tres décadas de guerra; no necesitamos más tropas ni un sistema militarizado”, señala.
Su hermano, estudiante de 23 años, fue condenado a muerte por bajar documentos “inmorales” de Internet que hablaban sobre la situación de la mujer. De acuerdo con declaraciones de Yaqub, las autoridades utilizaron este acto como excusa para castigarlo por sus críticas a los sectores poderosos del país.
Los periodistas son asesinados, exiliados, injuriados, encarcelados y torturados, y la ocupación aumenta la violencia, dice Yaqub.
Explica: “Mandar tropas y hacer bombardeos no puede hacer nada. Es una muy mala perspectiva de lo que pasa en Afganistán. Los combatientes aumentan por el odio a los ataques, aunque no saben siquiera bien contra qué combaten”.
Al igual que Joya, él cree que lo que realmente los afganos necesitan son escuelas básicas, fábricas y universidades.
El problema es que ese dinero no llega aún o llega incompleto. De acuerdo con el informe de Oxfam de 2008, titulado Eficacia de la ayuda en Afganistán, desde 2001 se han gastado aproximadamente 25 mil millones de dólares en asistencia para la seguridad en Afganistán, destinada al desarrollo de las fuerzas de seguridad afganas, y aunque la comunidad internacional ha prometido casi la misma suma para reconstruir el país y ayudarlo a desarrollarse, apenas se han gastado 15 mil millones en ayuda, con la alarmante situación de que el 40 por ciento de esa cantidad ha vuelto a los países donantes como beneficios corporativos y sueldos de consultores.
El déficit de ayuda alcanza casi los 10 mil millones de dólares, una cantidad 30 veces mayor que el presupuesto público anual afgano para la educación, lo que es un gran factor de atraso en Afganistán, ya que, según Yaqub Ibrahimi, la educación es una de las pocas herramientas que podría tener su país para resolver su situación, pues podría erradicar las ideas islámicas fundamentalistas y desviadas que profesan los talibanes.
“Los occidentales creen que el mayor problema de Afganistán es la seguridad. No estoy de acuerdo en este punto. El problema central es la insurgencia talibán y el terrorismo”, explica.

Los enemigos

“Estamos llenos de enemigos, el enemigo interno y el enemigo externo”, explica Malalai Joya. “No sólo Estados Unidos, sino más de 40 países bajo el mandato de la OTAN, en nombre de la democracia y para combatir el terrorismo, ocuparon nuestro país y nos pusieron bajo fuego”.
Por el otro lado, se encuentra el enemigo local: el terrorismo y los “señores de la guerra”, los mismos que cometieron crímenes durante las pasadas décadas y que ahora ocupan puestos de gobierno gracias a una amnistía decretada por el presidente Karzai en 2007.
Los generales Abdul Rasul Sayyaf, Ismail Jan, Abdul Rachid Dustum, Karim Jalili, Burhanuddin Rabbani y Mohamed Qasim Fahim aún controlan tropas y negocian con los talibanes “moderados” para integrarlos al gobierno de Karzai.
“Obama criticó la corrupción, pero el propio presidente Karzai es uno de los corruptos. ¿Esta es la libertad y la democracia que ofrecían?”, pregunta Malalai Joya.
Por su parte, Yaqub Ibrahimi habla de tres enemigos: el gobierno afgano, la insurgencia talibán y el terrorismo.
Los periodistas no pueden hablar de estos temas, denuncia Yaqub. Es un trabajo muy nuevo en Afganistán y la información nunca ha estado al alcance de la gente; sólo al alcance de los gobernantes.
No hay libertad de expresión, no se puede publicar información sobre los crímenes cometidos durante tres décadas por los “señores de la guerra”. Tampoco se puede tocar ningún tema tabú sobre el Islam, debido a la insurgencia talibán.
“El gobierno afgano acepta esta estrategia porque implica más envío de tropas sofisticadas. No puedo decir que esto sea una democracia”, sentencia.
Afganistán se localiza en un punto geopolítico de gran importancia. Históricamente, ha sido la ruta principal entre el Asia Central, la India y Medio Oriente. Ha sido conquistado desde la antigüedad por Gengis Khan, Alejandro Magno, Tamerlán, los persas y los imperios árabes. Éstos últimos islamizaron el territorio.
Su territorio tiende a la dispersión debido a la cadena montañosa que lo divide en aislados valles en los que se desarrollan culturas que no se tocan. La principal división se dio entre los pueblos tayikos, uzbecos y házaras del norte y la mayoría pashtún, que constituye el 40 por ciento de la población.
La peculiar posición que tenía el país llevó a las potencias imperialistas del siglo XIX, Rusia y Gran Bretaña, a crear Afganistán como Estado tapón para evitar que sus imperios se tocaran.
La primera intervención moderna fue realizada por Gran Bretaña con el pretexto de reponer al viejo emir probritánico Shuja Sha Durrani. En ese entonces, los británicos se retiraron vergonzosamente, perseguidos durante el invierno por la resistencia en las nevadas montañas que dividen el territorio de Afganistán. Como venganza, los británicos bombardearon Kabul el año siguiente.
Lo mismo pasó con los soviéticos en el siglo XX: intervinieron en el país para asegurar su influencia en la “Guerra Fría”, pero, a pesar del despliegue de 150 mil efectivos, no pudieron derrotar a los guerrilleros islámicos.
Al final de la “Guerra Fría”, el régimen títere de los soviéticos se derrumbó. Este hecho dio lugar a una guerra generalizada entre los guerrilleros islámicos entrenados en Pakistan con ayuda de Arabia Saudita y la CIA para derrotar a los soviéticos.
Los líderes de la resistencia contra la invasión rusa se convirtieron en simples “señores de la guerra”. Tayikos, uzbecos y házaras del norte del país se enfrentaron en encarnizadas batallas contra los pashtunes del sur, que duraron hasta 2001.
Durante esta guerra murieron un millón y medio de afganos, y cinco millones se convirtieron en refugiados. La economía fue arrasada y las fuentes tradicionales de ingreso agrícola devastadas. Sólo el 12 por ciento del territorio es área cultivable y es usada por los “señores de la guerra” para producir opio y exportarlo mediante la milenaria ruta de la seda. Por ello, Malalai Joya describe a su país como una narconación.
Tanto Malalai Joya como Yaqub consideran que Afganistán todavía es importante por su posición entre Asia Central y el Medio Oriente, por lo que Rusia, China, Pakistán e Irán tienen intereses en su país. Yaqub acusa a estas potencias de querer hacer una gran base militar en su país.
Pero Todd Vician, encargado de medios de la misión de la OTAN en Afganistán, dijo a Apro que la intención de la OTAN es solamente proteger a la población afgana e impedir que los insurgentes controlen bases desde las cuales puedan lanzar sus operaciones.
“Con esto, el ANSF y el ISAF darán a los civiles de Afganistán la habilidad para moverse libremente dentro de su país, crear negocios dentro y fuera de sus fronteras”.
Las autoridades de la OTAN creen que con esta libertad de movimiento aumentará la prosperidad y mejorará la calidad de vida de los afganos.
Y explica: “Estas libertades darán al gobierno afgano y a las ong`s la capacidad de incrementar la paz y el desarrollo de proyectos para comenzar un nuevo país. Así, los afganos creerán en su gobierno y abandonarán la insurgencia”.
Además de los efectivos estadunidenses, Obama exhortó a sus aliados a cooperar con más tropas. Reino Unido mandará mil 200; Italia mil 140; Turquía 875, y Georgia 750. Otros aliados como Holanda y Canadá anunciaron que no mandarán tropas, mientras que Francia y Alemania aún no se pronuncian.
Según el vocero de la OTAN, el envío de tropas se hará junto a un incremento de las Fuerzas Nacionales de Seguridad Afganas, las cuales serán entrenadas para proteger a la población de las ciudades, que son las zonas prioritarias para la misión.
Obama anunció en West Point que la retirada de Afganistán comenzará en 2011. Al igual que su antecesor, George W. Bush, afirmó que su intención no era “crear un nuevo Estado”, sino sólo reforzar el régimen de Hamid Karzai en función de “nuestros intereses”.
“Esto es irresponsable. No fue el primero, pero si es el último en ocupar nuestro país”, denuncia Malalai Joya. “Hay que hacerle saber a la gente en México y el mundo que lo hecho por Estados Unidos es una ocupación, no una ayuda”.
Obama recalcó que la intervención de Estados Unidos en la guerra no fue planeada, sino reactiva contra los ataques del 11 de septiembre por parte de la red terrorista Al-Qaeda. También aclaró que la guerra es contra Al-Qaeda, no contra los talibanes en sí.
Para Malalai Joya, Obama se está convirtiendo en otro Bush en materia de política exterior:
“Si negocia con los talibanes y no cambia su política, la gente lo recordará como recuerda a Bush. Obama no debe aceptar la ocupación, no debe apoyar a los `señores de la guerra`”, afirma.
Lo mismo pasa con el tema del fraude electoral del pasado septiembre, cuando los seguidores de Karzai pegaron pancartas en las que amenazaban de muerte a los que no votaran por él.
“Las elecciones fueron con coacción, bajo ocupación corruptas; quién estaba contando era el propio gobierno, era ridículo, ya que el ganador iba a ser él mismo”, señala Malalai Joya. “Quienes hicieron la campaña fueron los `señores de la guerra`. Karzai fue puesto, no electo. Todos los países tienen derecho a tener su gobierno, mientras que Afganistán no lo tiene”.

La esperanza

Si bien reciente, ha surgido una sociedad civil basada principalmente en organizaciones feministas y de periodistas.
Son famosas las activistas Shukria Barakzai, periodista y fundadora del periódico Espejo de las mujeres, Suraya Paksad, de la organización Voz de las mujeres, Malalai Joya, Shahida, de la Asociación Revolucionarias de Mujeres de Afganistán (RAWA); Fatana Ishak Gailani, del Consejo de Mujeres Afganas.
Todas ellas promueven actividades económicas para las mujeres, para empoderarlas, hacer que participen en las decisiones, denunciar la ocupación extranjera y las amenazas internas de los fundamentalistas.
Existen también numerosas asociaciones de prensa como la Asociación Independiente de Periodistas de Afganistán de Rahimullah Samander, las cuales tienen conexiones de medios por todo el planeta para informarlos de la situación de su país.
Para hacer un cambio real, de acuerdo con Yaqub Ibrahimi, hay que cambiar la idea general de la vida que se tiene en Afganistán, semejante a la que existía en el siglo XIX.
“Nuestro problema es la historia, la tradición; es un problema cultural y educacional muy antiguo. Se necesita una revolución cultural y civil. Esta forma de pensar tiene una base muy fuerte y difícil de cambiar”, comenta.
Añade que “se necesita desarrollo civil y cultural, una alta educación cultural y civil. Hay nuevas ideas que la gente necesita entender. El problema es muy viejo y estas organizaciones sólo tienen ocho años. Creo que pueden consolidarse, pero la civilidad no se construye en un día. Se necesita un largo proyecto basado en la idea de la gente de que puede cambiar sus vidas”.

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viernes, 3 de julio de 2009

Ofensiva estadunidense enfrenta al descontento del pueblo afgano


El Financiero en línea
Nueva York, 3 de julio.- La ofensiva que emprendió el gobierno de Estados Unidos en Afganistán "Khanjar" enfrenta un ambiente de rebelión del pueblo afgano, a pesar que el presidente Barack Obama insista en que su objetivo es proteger a la población.
En algunos distritos del sur de Afganistán los aldeanos se abocan a proteger sus casas ante la ofensiva y muestran su enojo porque las fuerzas extranjeras han matado a sus familiares.
Según el diario The New York Times, en su edición electrónica, algunos pobladores afganos se han unido a la milicia talibán para salir de la pobreza o simplemente porque la influencia del Talibán en la zona es muy penetrante.
El peso de la milicia es tan fuerte en las áreas rurales que la mayor parte de la población local ha aceptado sus reglas y mira la propagación de las tropas estadunidendes con temor, abundó el rotativo.
Funcionarios locales dijeron que el control de la milicia en las provincias de Kandahar y Helmand, dos de los principales puntos de la ofensiva, está muy extendido por lo que reconquistar estos distritos implicaría una lucha difícil.
Agregó que el gobierno afgano no tiene ninguna presencia en cinco de los 13 distritos de Helmand y en varios otros como Nawa, donde las tropas y los funcionarios viven prácticamente en estado de sitio.
"Ahora hay más personas que se ponen del lado del Talibán que del lado del gobierno", dijo Abdul Qadir, jefe de la Comisión de Derechos Humanos Independiente en Afganistán del Sur.


fuente- El financiero