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martes, 7 de junio de 2011

Capitalismo = Cambio climático



En Lucha


Quizás la ecuación del título resulte excesivamente simplificadora e, incluso, alarmista. Trata de reflejar lo que creo es una verdad muy, muy incómoda: en el contexto actual de desarrollo del cambio climático y del sistema capitalista de organización de la producción, es imposible frenar el primero sin superar el segundo.

El cambio climático entrará en una fase de evolución brusca si no evitamos que la temperatura atmosférica global ascienda entre 2.0–5.0 ºC desde el año 1800 hasta finales del siglo XXI (y ya ha subido cerca de 0.7 ºC). La fase de cambio climático brusco sería muy difícil de frenar incluso poniendo todos los esfuerzos antrópicos posibles, pues se habrían activado un gran número de bucles de retroalimentación positiva que se autoalimentarían, inyectando grandes cantidades de gases de efecto invernadero (GEIs) en la atmósfera. Para evitar el cambio climático brusco necesitamos estabilizar la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera entre 400–490 ppm, al menos, en los próximos 30 años (actualmente está en cerca de 485 ppm). Esto significa reducir las emisiones globales de GEIs en cerca del 60% . Por lo tanto, queda claro que actuar rápido es vital para frenar el calentamiento global a tiempo.

Existen suficientes reservas de hidrocarburos para quemarlas provocando el cambio climático brusco. Actualmente hemos entrado o estamos a punto de hacerlo en el pico mundial del petróleo (peak-oil), es decir, hemos consumido la mitad de las reservas mundiales . Queda petróleo barato para unos 30–50 años al ritmo actual de crecimiento del consumo, es decir, suficiente para poder seguir quemándolo hasta hacer que el cambio climático entre en la fase de evolución brusca. A esto hay que sumar la quema de carbón, disponible durante más de 100 años a la tasa de explotación actual, y de gas fósil con yacimientos para más de 50 años.

Los combustibles fósiles son la sangre del sistema de producción capitalista. Cuatro petroleras están entre las 10 mayores empresas del mundo (ExxonMobil, Royal Dutch Shell, Petrochina y Petrobras), y otras empresas estrechamente relacionadas con los combustibles fósiles, como los fabricantes de coches y las eléctricas, están también entre las compañías más poderosas del mundo. Estas “empresas negras” juegan un papel clave en la inercia del sistema a seguir consumiendo combustibles fósiles hasta que deje de ser rentable su explotación, aunque estén diversificando sus inversiones en energías renovables, vehículos eléctricos, etc.

Además de la competencia entre grandes grupos empresariales, la competición entre diferentes bloques capitalistas también impulsa el consumo de combustibles fósiles hasta que dejen de ser fuentes de energía relativamente baratas, competitivas. Así, China y Estados Unidos, con las mayores reservas de carbón mundiales, continuarán quemándolo hasta que les sea más rentable dejarlo bajo tierra, lo cual no parece que vaya a ocurrir a medio plazo; especialmente en China, con requerimientos en materia de legislación ambiental muy bajos y una mano de obra muy barata.

A todo lo anterior hay que sumar que el cambio climático es negocio, y el negocio alrededor de la adaptación (hacer frente a sus consecuencias) supera con creces al relacionado con la mitigación (disminuir las emisiones de GEIs o secuestrarlos en sumideros) . Por lo tanto, para los grandes capitales es más beneficioso que el cambio climático avance, pues genera más negocio que frenarlo; algo especialmente importante en tiempos en los que se intenta salir de una fuerte recesión, cuando cualquier yacimiento de negocio tiende a ser rentabilizado por grandes capitales fortalecidos como consecuencia de la crisis.

En vista de los cinco puntos expuestos aquí muy brevemente, podemos concluir que aunque se podrían reducir las emisiones de GEIs en más de un 60% en los próximos 30 años (controlando la demanda energética, aumentando la eficiencia y apostando masivamente por energías renovables) y frenar así el cambio climático, esto no sucederá bajo el sistema de organización de la producción actual. Esto explicaría los fracasos de las últimas cumbres internacionales de lucha contra el cambio climático en Copenhague y Cancún.

Deben producirse luchas sociales de carácter anticapitalistas muy fuertes para cambiar a tiempo la dinámica actual de consumo rentable de combustibles fósiles y de la explotación de sus desastrosas consecuencias. Luchas que deberán librarnos de la evolución natural del sistema capitalista de favorecerse de sucesivas problemáticas ambientales como inicios de ciclos de inversión. Las protestas contra el cambio climático deben ser masivas y poner en duda el principio de acumulación del capitalismo, de crecimiento continuo y acelerado.

Desgraciadamente, si no superamos el capitalismo en las próximas décadas, muchos de los seres humanos que pueblan ahora nuestro planeta serán testigos de si la hipótesis expuesta aquí es cierta o, por el contrario, como deseo, me estoy equivocando.

Jesús Castillo es militante de En lucha y profesor de Ecología en la Universidad de Sevilla. Acaba de publicar el libro Migraciones ambientales para la editorial Virus que puedes comprar aquí.

http://enlucha.org/site/?q=node/16087

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La guerra del capital y el gobierno contra los trabajadores


Las injusticias más grandes que pueden cometerse en la historia de los pueblos llegan a un momento en que no pueden deshacerse ya por medio de la justicia correspondiente, sino que es necesario remediarlas en alguna otra forma

Luis Cabrera, discurso en la Cámara de Diputados sobre la necesidad de suprimir la esclavitud de los jornaleros mexicanos, 3 de diciembre de 1912

El “acuerdo negociado” entre PC Capital y los sindicatos de sobrecargos, pilotos y demás empleados –pontificado por Juan Molinar, Javier Lozano y Felipe Calderón, supuestamente para “salvar” de la ruina, que provocaron Gastón Azcárraga y sus socios, a la Compañía Mexicana de Aviación (CMA), devenida en una humilde y pueblerina empresa mexicanita– es un ejemplo más de los métodos que están dispuestos a aplicar los beneficiarios y los cancerberos del sistema, los empresarios y los gobiernos, para garantizar la continuidad de la acumulación capitalista.

Salvar la CMA, sanear sus hojas de balance, revertir sus pérdidas, asegurar su rentabilidad y las ganancias de los nuevos dueños –curiosamente encabezados por Arturo Barahona, quien había sido contratado como supuesto “estratega comercial” por quienes provocaron el desastre: Azcárraga y Manuel Borja Chico, y que en el periodo 1993-2004 laboró en Aeroméxico– implicarán sacrificar a sus trabajadores. De un lado, arrinconados por los inversionistas que ambicionan apoderarse de los despojos de la empresa en las condiciones más ventajosas y por los panistas administradores del capital que los presionan, con el brutal garrote en ristre en la diestra mano de Lozano, el secretario patronal del trabajo, y del otro, el abismo del desempleo que amenaza con devorar a los 4 mil 988 empleados, con el riesgo de perder todo: los salarios impagos, las liquidaciones, sus prestaciones sociales. Estos últimos, como el mal menor, se vieron obligados a doblegarse ante la lógica demoledora de la ley de hierro de la “flexibilidad” laboral impuesta impunemente por los empresarios, que, por la vía de los hechos, arrasan con las normas constitucionales en la materia, con la complicidad de los tres órdenes de gobierno neoliberal que legalizan las tropelías.

Para salvar a los menos, los trabajadores inmolarán la estabilidad laboral, las condiciones de vida y el futuro de la mayoría. ¿A cambio de qué? Primero, no les quedó de otra más que aceptar la liquidación de todos en un escenario pernicioso: que las compensaciones, cuyo monto es incierto y al margen de la ley, sean cubiertas en tres partes, una en efectivo, otra con un pagaré que se finiquitará a finales de año, y el resto, con las depreciadas acciones de la empresa, con el riesgo de que ésta se evapore, ya sea porque, al cabo, su precio se convierta en simple basura si los nuevos “emprendedores” resultan de la misma ralea que Azcárraga, fracasa el “rescate” y la compañía y la empresa se hunden irremisiblemente, o porque los papeles bursátiles son fácilmente manipulables, tanto por los propios emisores como por las demás hienas que merodean y se enriquecen vilmente en las vorágines especulativas del mercado. Después, que al menos el 77 por ciento de ellos, 3 mil 833, se queden definitivamente en tierra y robustezcan las incontenibles cifras del desempleo abierto y encubierto, en un gobierno cuyo Ejecutivo, como broma siniestra, se calificó a sí mismo como el “presidente del empleo”, de la seguridad laboral y del bienestar. Luego, que los 1 mil 155 restantes que sobrevivan a la desgracia sean recontratados en peores condiciones laborales. Con salarios menores, la sustancial mutilación de las prestaciones que habían conquistado en sus contratos precedentes y la mayor precariedad en el empleo.

Las razones empleadas, legales, ilegales y de fuerza, para justificar la embestida en contra de los trabajadores de la CMA son las mismas que se han usado para destruir al sindicato electricista, para atacar al minero, al del Instituto Mexicano del Seguro Social y cuanta organización de asalariados traten de impedir el desmantelamiento de sus derechos: el imperativo por reducir los costos de las empresas, en especial los laborales; elevar su productividad y competitividad y, por añadidura, las ganancias de los dueños en la jungla del capitalismo “global” neoliberal. La maximización de la acumulación de capital exige como condición el abaratamiento del “factor trabajo”, la baja o eliminación de las prestaciones, los menores salarios nominales, la miseria de los esclavos “modernos”, la destrucción de los sindicatos que se niegan a doblegarse y los premios a los líderes que venden a sus representados: puestos de “elección popular”, acceso al presupuesto, dinero, la protección ante sus actos de corrupción y enriquecimiento ilícito, la desaparición de las cuotas sindicales, la violación de las leyes laborales, la violencia y el asesinato de trabajadores, entre otras prebendas. En esa tesitura, descansa la armonía existente entre los gobiernos priistas-panistas y los dirigentes Elba Esther Gordillo, Carlos Romero, Víctor Fuentes, José Luis Rodríguez, Joel Ayala, y de los sindicatos empresariales.

Según Juan Molinar –“experto” en seguridad social y comunicaciones y transportes, en pisotear el estado de derecho, en entregar las riquezas de la nación a los depredadores hombres de presa; golpeador político–, la “propuesta” de PC Capital es la mejor “solución” para la CMA y sus trabajadores, ante el regocijo de Lozano, versado en las mismas artes molinarescas. ¿Y las sanciones legales en contra de Azcárraga, cuyo manejo turbio llevó a la quiebra a la CMA, que afectó, adicionalmente, a 13 mil 782 acreedores, entre ellos al Banco Nacional de Comercio Exterior, con 176 mil 981 millones de Udis? ¿Acaso se le protege porque se le acusa de haber financiado ilegalmente la campaña presidencial de Vicente Fox, porque, se dice, a cambio recibió la empresa a precios de regalo, y participado en la guerra sucia de Calderón y la oligarquía en contra de Andrés López Obrador, y en el fraude electoral de 2006 que encaramó a Felipe de Jesús en la Presidencia?

Existía otra opción. En 2008, a raíz del manejo fraudulento y la quiebra, y por razones de seguridad nacional, la presidenta Cristina Kirchner nacionalizó las empresas Aerolíneas Argentinas y Austral Líneas Aéreas, protegiendo los derechos de los trabajadores. Hugo Chávez intervino, en 2009, la aerolínea Aeropostal y la convirtió en una entidad de “propiedad social”, como parte de su programa de rescate de los sectores estratégicos de Venezuela (petróleo, electricidad, telefonía, banca, cemento, siderurgia).

Pero esa alternativa es “populista”. Está contraindicada para gobiernos que sólo velan por los intereses oligárquicos y les entregan los recursos de la nación.

Desde que el capitalismo se convirtió en el sistema dominante, una de sus reglas básicas de funcionamiento es que, en épocas de crisis, los empresarios y los gobiernos trasladen hacia los trabajadores los costos de su reestructuración o quiebra. Que, ante todo, se proteja el capital de los dueños, en especial de la oligarquía, y se les dispensen sus manejos sucios como los usureros bancarios o los constructores lo testifican. Que se socialicen las pérdidas y los trabajadores asuman el papel de víctimas propiciatorias ante el temor de ser despedidos. La industria aeronáutica mundial y las otras tratan de sortear la crisis precarizando a los trabajadores, con menos empleos, salarios, prestaciones, pensiones, con contratos a modo. Los gobiernos aplican la misma terapia para nivelar las desequilibradas cuentas fiscales, cuyos déficits se dispararon con el rescate de los capitalistas y el capitalismo. Despiden a cuantos pueden, recortan salarios, prestaciones, subsidios a los desempleados, el gasto social, mientras los responsables del derrumbe financiero y la gran recesión mundial viven plácidamente. Entre diciembre de 2007 y septiembre de 2010, por ejemplo, los desempleados en la eurozona aumentaron de 13.3 millones a 15.9 millones; en la Unión Europea, de 17 millones a 23 millones; en Estados Unidos, de 7 millones a 14.8 millones; en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, que incluye a México, de 31.9 millones a poco más de 45.5 millones.

En realidad, el colapso mundial sólo ofreció otra coartada para acelerar el desmantelamiento de las conquistas laborales, proceso iniciado a principios de la década de 1980 con el triunfo de la contrarrevolución neoliberal a escala internacional sobre el Estado de Bienestar. Si los contratos de trabajo regularon el antagonismo entre el trabajo asalariado y el capital, mediados por el estado benefactor, y mejoraron las condiciones laborales y de vida de los trabajadores, los neoliberales impusieron una nueva pauta: la “flexibilidad” laboral en patrocinio del empresariado. Los golpistas militares de Suramérica y sus Chicago Boys, en la década de 1970, inauguraron una técnica eficaz que aseguró la novedosa época del “trabajo asalariado embridado”: la sangrienta represión en contra de los trabajadores y sus sindicatos. La señora Thatcher aprendió la lección y machacó a palos al antaño poderoso sindicato minero, entre otros. Lozano ha sido un aprendiz aventajado.

Mientras la Unión Europea sufre el descontento de los sacrificados, el 2 de septiembre, Lozano se declaró “profundamente satisfecho de su trabajo” y los resultados obtenidos. Añadió que el sector sindical “no estaba acostumbrado a que se manejaran con firmeza los asuntos, como lo hace este gobierno”. Se vanaglorió de que, en México, “no hay huelgas. Éste ha sido el sexenio con menos huelgas de la historia; hay paz laboral; hay transparencia; se cumple con la Ley Federal del Trabajo y se apoya la reinserción laboral”. Y remató: los conflictos en el Sindicato Mexicano de Electricistas y el sindicato minero “son aislados, no es la regla general”. Son casos “no laborales, sino extralaborales”.

Según las estadísticas, con Miguel de la Madrid estallaron 1 mil 194 huelgas; Con Carlos Salinas, 831; con Ernesto Zedillo, 271; con Vicente Fox, 267; con Calderón, apenas suman 78.

¿Acaso la relación trabajo-capital vive en santa hermandad? ¿Se alcanzó el paraíso del artículo 123 constitucional: el trabajo digno y socialmente útil; los salarios mínimos suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer la educación obligatoria de los hijos; los patrones y el gobierno, por fin, cumplen escrupulosamente con la seguridad y sanidad laboral, pagan alegremente las prestaciones, como los servicios de salud; respetan los contratos colectivos y las organizaciones y la democracia sindical; acabaron con las organizaciones corrompidas? ¿O Lozano, como su jefe, es un pésimo y cínico histrión de circo?

Cómo explicar entonces que, pese a nuestro paraíso, México superará a la India, y este año se convertirá en el líder mundial de la migración, según el nada subversivo Banco Mundial. El Consejo Nacional de Población estima que 680 mil trabajadores emigraron hacia Estados Unidos en 2007 y Bancomer calcula 658 mil en 2008 y 557 mil en 2009, aun cuando los estadunidenses reportan la detención del orden de 500 mil ilegales mexicanos anuales. El director General de Protección a Mexicanos en el Exterior, el embajador Daniel Hernández Joseph, afirma que 396 inmigrantes mexicanos fallecieron en 2009 en ese país, contra los 340 decesos ocurridos en 2008.

Cómo entender que los trabajadores, tirados en la hamaca, fumen la pipa de la paz pese a que, en el calderonato, han aumentado los desempleados (de 1.6 millones a 2.7 millones), la personas que dejaron de buscar empleo (de 5.1 millones a 5.4 millones), los subempleados (de 3.1 millones a 3.8 millones) y los informales (de 12 millones a 12.4 millones), que apenas se hayan creado 1.6 millones de nuevas plazas de las 3.5 millones requeridas, la mayoría de ellas, de bajos salarios pagados y en peores condiciones; que el 45 por ciento de los asalariados carezca de acceso a los servicios de salud y el 40 por ciento, de las prestaciones laborales, que se deterioren los salarios reales.

La explicación es sencilla: por la política de terror laboral impuesta por los calderonistas y su manejo arbitrario de las leyes del trabajo; la parálisis de los asalariados ocasionada por el miedo a las represalias, el desempleo y su certeza de que no existen instituciones ni autoridades que protejan sus intereses; por su desorganización, el control sistémico de sus sindicatos, la desafiliación ocasionada por el desempleo, la persecución y la destrucción de los que se atreven a desafiar el despotismo del presidencialismo mexicano. Sólo así han aceptado la pobreza y la miseria en que los han hundido los empresarios y los gobiernos neoliberales.

fuente- contralinea

sábado, 13 de noviembre de 2010

La falacia de Adam Smith


Juan José Colomer Grau
Rebelión

1.- Promesas
Decía Adam Smith, como modo de salvar la cuestión social dentro del libre mercado, que el interés individual repercutía en último término en el interés social. Esto lo hacía bajo el supuesto de que el interés individual era inocente, es decir, que el preocuparse de uno mismo no lleva consigo hacer daño a los demás, antes al contrario, pues yo puedo tener interés en venderte algo porque me beneficio de ello pero también me interesa que te beneficies pues de este modo ganamos los dos y la relación continúa. Adoptando esta máxima de manera ingenua, puede decirse que uno se hace constructor de vivienda para ganar dinero y al mismo tiempo ofrece a la sociedad un producto que necesita, siendo mínimo el papel del estado. Abracadabra, la mano invisible del mercado es de por sí benevolente.

Este individualismo, como horizonte ético del capitalismo, lentamente se fue imponiendo a lo largo del siglo XX y alcanza su punto máximo de esplendor en los noventa, como consecuencia de la caída del muro de Berlín y el posterior desmembramiento de los estados socialistas adscritos en la órbita de la Rusia soviética. La premisa de Adam Smith recibe el acicate del fracaso del comunismo y desde las distintas corrientes liberales se apresuran a afirmar que ya no hay alternativa posible. El mercado es por fin libre y finiquitada la traba comunista, es el único factor que puede hacer felices a los hombres. En este sentido el interés individual, como agente principal del mercado, adquiere carta de naturaleza, y como tal, resulta indiscutible.

Esta particularidad de indiscutible se vio favorecida por una izquierda que había quedado perpleja tras comprobar la magnitud de la caída y a la que se empieza a tachar de antigua, de inservible, de incapaz de comprender y de interpretar un mundo nuevo, en el cual, si hay situaciones de pobreza, es porque o bien el protagonismo del mercado aun no ha alcanzado suficiente protagonismo o bien hay un poca ambición individual por salir adelante. De modo que los movimientos que siguieron a la nueva situación fueron en pos de la conversión del mundo en un gran mercado que exigía minimizar a los estados a favor de unos intereses privados que prometían favorecer a todos.



2.- Incumplimientos

Es evidente que esa ingenuidad teórica del interés individual se está viendo desmentida por el decurso que han tomado las cosas, en donde la pobreza, las desigualdades, la corrupción, la acumulación de riqueza en manos de unos pocos, las guerras económicas y la especulación sin ningún tipo de escrúpulos han tomado el protagonismo en los movimientos de los mercados libres, ahora ya sin las trabas que tuvieron en el pasado, ya fuera en forma de movimientos sociales o de una religión que los frenaba (como pudiera ser el caso del ascetismo protestante del que nos habló Weber).

Adam Smith creía que las relaciones siempre se realizaban bajo el supuesto del beneficio mutuo, de modo que la sociedad se constituía como una red de intereses privados que en sus interactuaciones se beneficiaban unos a otros. Pero ocurre que las interacciones entre intereses privados han arrojado casos de gran acumulación como consecuencia del despojamiento y el hundimiento de otros intereses privados; de tal modo que la convergencia de intereses individuales queda puesta en duda. Cuando se habla de intereses individuales no cabe la ingenuidad.

Más correcto sería decir que el interés individual capitalista está motivado por la acumulación, y que Max Weber plasmó como “filosofía de la avaricia”. El fenómeno de la acumulación se realiza sobre la base de que el ser humano siempre se desenvuelve en un escenario de recursos limitados, de tal modo que con la acumulación se puede hacer frente a los periodos de escasez, entre otras cosas. En un escenario así el interés individual siempre compite contra otros intereses individuales, lo cual, más que contribuir al interés social lo que hace es aniquilarlo, en la medida en que competir supone descartar al otro en el acceso y posesión de los recursos.

En este sentido, la primacía del interés individual en la regulación de la economía lo que ha producido no es un beneficio generalizado, como teorizaba Adam Smith, sino una regresión a un estado de naturaleza de corte hobbesiano en donde nos encontramos una lucha generalizada por la acumulación de recursos y beneficios. Todo esto tiene como ejemplo más plausible el proceso de desmantelamiento de los estados mediante las largas series de privatizaciones de servicios que antes caían en el campo del interés social, creando con ello bolsas de población desprotegidas y sometidas a condiciones de vida indignas, descartadas por la mano invisible del mercado.



3.- Regresión o revolución

La crisis económica actual ha exacerbado como nunca antes el carácter competitivo del interés individual. Y los estados, lejos de actuar contra esa exacerbación, lo que están haciendo es acelerar su propio desmantelamiento en favor de unos pocos intereses privados.

Dado que esto es una regresión al estado de naturaleza, nos está permitido pensar que para gran parte de la población, instalada en una situación de inseguridad y precariedad, el llamado contrato social no se está cumpliendo, ya que no se siente defendida por nadie externo a sí misma, papel que correspondería al Estado; situada cada vez más al margen de una rueda económica marcada por la ferocidad de los participantes.

Llegados a este punto en el que la economía reproduce un estado de naturaleza de corte hobbesiano, quebrando con ello el contrato social, cabe preguntarnos si no ha llegado el momento de desprendernos de la falacia de Adam Smith, de desprendernos de la primacía del interés individual, el cual para algunos significa riqueza desmesurada y para la mayoría una lucha por la vida que en último término lleva a la negación del otro.

Para hacer efectivo el desprendimiento se hace necesario reivindicar la validez de un contrato social en el que el interés social, es decir, el acceso a los recursos esté al alcance de todos de manera igual, de tal modo que las relaciones con el otro no se realicen bajo el signo de la competencia sino de la colaboración. Para ello se hace necesario asimismo, una renuncia a la “filosofía de la avaricia” y de la acumulación, lo cual pasa inevitablemente por propiciar un cambio de mentalidad, de forma de pensar, que fuerce el cambio de un modelo económico basado en el beneficio a cualquier precio. Así pues, cabe hablar de revolución como vía legítima para salvarnos de nosotros mismos y detener de este modo una regresión que nos lleva irremisiblemente a la catástrofe; ya que el interés individual es el viaje a ninguna parte del capitalismo.

Blog del autor: http://tiemposdenadie.wordpress.com/

lunes, 25 de octubre de 2010

La lucha anticapitalista


Estamos viviendo una gran ofensiva del capital. Nadie mínimamente concienciado e informado puede tener dudas al respecto. El problema es que dicha ofensiva tiene lugar, y no por casualidad, en un contexto general muy desfavorable para la clase trabajadora. Actualmente la izquierda está prácticamente desaparecida en combate y la conciencia de la clase obrera está bajo mínimos, aunque hay signos esperanzadores de que está empezando a renacer. Los acontecimientos recientes en Grecia, Francia y España parecen confirmar el resurgimiento de la contestación popular en Europa. El objeto de este artículo es indicar sucintamente cuáles deben ser, a mi modo de ver, los objetivos a corto, medio y largo plazo de la lucha anticapitalista, así como las estrategias más adecuadas para intentar alcanzarlos teniendo en cuenta la realidad actual. Cuando hablo de corto, medio y largo plazo, no me refiero necesariamente a muchos meses o años, simplemente expreso la idea de que hay objetivos que deben cumplirse antes que otros.

1) Objetivos

a) A corto plazo

Lo más inmediato, lo más urgente, es detener la actual ofensiva neoliberal. Hay que echar para atrás la contrarreforma laboral y hay que impedir la contrarreforma de las pensiones. El éxito de participación en la pasada huelga general del 29-S en España debe ser acompañado del éxito en su objetivo: la retirada de la reforma laboral aprobada en el parlamento. No valen excusas de tipo técnico, del estilo "ya está aprobada la reforma, ya ha pasado el trámite parlamentario". Cuando hay voluntad política, los obstáculos técnicos son superados. Si fue posible presentar una contrarreforma laboral que atentaba contra lo que ya había, no hay ningún motivo para no poder revertir la situación. Las bases de los sindicatos deben presionar a las cúpulas para incrementar la presión popular con el objetivo de forzar al gobierno a rectificar. Hay que salir más a la calle, hay que tomar múltiples iniciativas, y sobre todo hay que ir preparando el terreno para una nueva huelga general, incluso para sucesivas huelgas generales. No parece que Zapatero tenga intención de dar marcha atrás. Sospechosamente, los distintos gobiernos europeos parecen coordinados en cuanto a las respuestas ante sus ciudadanías. Todo apunta, por tanto, a que habrá que intensificar la lucha obrera, en cada país, e incluso a nivel continental.

Hay que seguir los ejemplos de Grecia y de Francia. Bien es cierto que el pueblo español no es tan combativo en la actualidad como los pueblos de aquellos países, pero el éxito inesperado de participación en la primera huelga contra Zapatero no ha lugar a dudas: la clase trabajadora española está dispuesta a dar la cara. La conciencia de clase, aunque muy menguada, ha resurgido con fuerza inusitada en apenas unos pocos meses, lo cual demuestra que con suficiente trabajo y tesón es posible rescatarla para que los trabajadores luchen. A pesar de 40 años de feroz dictadura, de más de 30 años de democracia de muy baja intensidad, de la permanente desinformación de los grandes medios, de una campaña mediática como nunca se había visto contra las huelgas y el sindicalismo en general, los trabajadores han reaccionado positivamente cuando han comprendido la gravedad del ataque del gobierno contra sus derechos más elementales. La lucha de clases sigue viva. El capital lleva atacando desde hace cierto tiempo, su ataque se ha intensificado en los últimos lustros, especialmente en el momento presente, y la clase trabajadora, por fin, empieza a reaccionar. Hay que trabajar mucho más para que esa reacción sea más contundente y duradera. Como así explico en mi artículo "La razón de ser de las huelgas".

b) A medio plazo

Una vez lograda la retirada de la reforma laboral e impedida la de las pensiones, lo siguiente es luchar por una salida distinta a la actual crisis. Para ello hay que hacer comprender a la ciudadanía que las medidas tomadas hasta ahora por el gobierno no son las únicas posibles. Hay que explicar a los ciudadanos, a los trabajadores, que otras políticas son posibles. Que las medidas tomadas hasta el momento, además de injustas, son ineficaces. Que no sólo no resuelven la crisis sino que ahondan en ella. Como, de hecho, ya estamos observando. Desde que se aprobó la contrarreforma laboral el paro sigue aumentando y el empleo se precariza todavía más. Tras cada reforma laboral, el empleo se ha precarizado siempre. Ya no puede haber dudas en cuanto a esto: la llamada flexibilidad es precarización.

En particular, frente a la política neoliberal del gobierno hay que reivindicar las siguientes medidas (podemos basarnos en las propuestas de diversos intelectuales y colectivos, como Attac, al final de este artículo el lector puede encontrar una serie de artículos y manifiestos, entre otros, que hablan sobre estas posibles medidas):

Exigir responsabilidades a los actores que han provocado esta crisis: la banca, las multinacionales, las finanzas y sus instituciones internacionales, con la complicidad de gobiernos y partidos políticos que los han apoyado.

· Restituir el impuesto de patrimonio.

· Fiscalización de las SICAV (Sociedades de Inversión de Capital Variable), como así solicitan incluso una parte de los inspectores de Hacienda.

· Subir los impuestos a los más ricos y bajarlos a los más pobres (es decir, invertir la tendencia de lo que se ha hecho en los últimos años).

· Impuesto a la especulación financiera (tasa Tobin).

· Regulación del mercado financiero.

· Modificar la norma que impide al Banco Central Europeo dar directamente préstamos a los Gobiernos al 0% o al 1% de interés como se ha hecho y se sigue haciendo con los bancos privados.

· Que no se reconozca y pague la deuda soberana de ningún país de la eurozona sin que previamente se haga una auditoría de ésta depurándola del exceso de la especulación.

· Crear un bono de deuda pública pan-europea que reúna la deuda de todos los Estados miembros de la Unión Europea en un solo instrumento financiero.

· Luchar contra el fraude fiscal (probablemente sólo con esto ya bastaría para reducir sustancialmente el actual déficit del Estado, los técnicos de Hacienda hace tiempo que denuncian la falta de voluntad política para combatir el enorme fraude fiscal de las grandes fortunas, en España hay mucho dinero negro, esto es algo que todo el mundo sabe, es un secreto a voces).

· Abolición internacional de los paraísos fiscales (esto llevaría más tiempo pero podría empezarse por impedir la evasión de capitales desde cada país que decida enfrentarse a este mal).

· Creación de una banca pública. Con el dinero regalado a la banca para "rescatarla" ya se podía haber hecho, pero, por lo menos, para empezar, debería exigirse el control del dinero regalado a la banca y su devolución con intereses.

· Reducción drástica del presupuesto de defensa (España se gasta cada día unos 50 millones de euros en asuntos militares).

· Retirada de las tropas de Afganistán y de cualquier otro país extranjero.

· Reforma de la ley de financiación de los partidos políticos para que éstos gasten mucho menos y, de paso, y no menos importante, para que sean independientes del poder económico, es decir, para mejorar la separación de poderes y por tanto la democracia. Replantearse asimismo las subvenciones a los sindicatos y otros organismos.

· Reducción drástica de las aportaciones económicas, directas e indirectas, del Estado a la Iglesia católica con el objetivo de que ésta se autofinancie.

· Reducción drástica de costes superfluos e innecesarios de las administraciones públicas. Eliminación o estricto control de los gastos en publicidad, de cargos públicos designados a dedo, de coches oficiales, de celebraciones oficiales, de viajes oficiales, etc.

· Reducción drástica del presupuesto de la Casa Real, además de máxima transparencia.

· Estímulo del empleo público y aumento del gasto de las administraciones públicas para reactivar la economía.

· Subida de salarios generalizada. Establecimiento de un sueldo máximo y subida sustancial del sueldo mínimo.

· Disminución de la jornada laboral, inicialmente por lo menos a 35 horas semanales, a la vez que prohibición de las horas extraordinarias.

· …

Se admiten ideas. No parece, desde luego, que falten medidas alternativas a las tomadas hasta el momento por nuestro gobierno. ¿Por qué no se toman? ¿Por qué no están ni siquiera en la agenda de la mayor parte de los debates? ¿Por qué, "extrañamente", las medidas propuestas, las decisiones adoptadas, casi siempre perjudican a los de abajo? ¿Qué democracia es ésta donde siempre se beneficia a los mismos, a los de arriba, y siempre se perjudica a los mismos, a los de abajo? ¿Para quiénes gobiernan los gobiernos? ¿Quién tiene realmente el poder? ¿Cómo puede tener el poder el pueblo y al mismo tiempo sentirse siempre impotente cuando los gobiernos elegidos, sean del signo que sean, atentan contra sus intereses, contra el interés general?

Obviamente, algunas de las medidas alternativas propuestas pueden llevarse a cabo de manera más inmediata e intensa que otras, pero en todo caso de lo que se trata, como mínimo, es de empezar a hablar seriamente de ellas, de abrir un debate profundo y plural en la sociedad en el que todas las opciones puedan ser igualmente conocidas.

c) A largo plazo

La lucha anticapitalista no sólo consiste en frenar la ofensiva actual del capital, sino que debe tener por meta final la superación del propio sistema capitalista, por lo menos su cuestionamiento masivo, global y profundo. Una vez alcanzadas las anteriores metas que hemos mencionado, hay que marcarse nuevos objetivos. Y entre éstos está la sustitución del modelo político y económico actual por otro más racional. El objetivo último es lograr una sociedad más libre y justa. Y para ello de lo que se trata, como ya he explicado en diversos escritos míos, es de desarrollar la democracia. El poder del pueblo debe sustituir al poder oligárquico. La oligocracia debe dar paso a la democracia. Sólo si logramos una auténtica democracia que se realimente a sí misma, que posibilite su continuo desarrollo, lograremos transformar la sociedad en su conjunto.

En España la lucha por la democracia equivale a la lucha por la Tercera República. El frente de izquierdas, del que hablaremos a continuación en el apartado de estrategias, debe tener como uno de sus objetivos políticos principales la instauración de la República en el Estado español. En mi libro "La causa republicana" indico los objetivos y la estrategia general que, en mi modesta opinión, deben considerarse.

Si nos marcamos una agenda, resumidamente podemos dividirla en dos etapas:

1) Celebración del referéndum para que el pueblo elija entre República y Monarquía.

2) Celebración del referéndum para elegir el tipo de república, la nueva constitución, en caso de que en el anterior referéndum la opción ganadora sea la republicana.

Ambos referendos deben ser precedidos por amplios debates públicos en los que todas las opciones sean igualmente conocidas por la ciudadanía. Cuanto más participe el pueblo en la construcción de la República, más probabilidad de que ésta merezca la pena, de que sirva para establecer un marco auténticamente democrático. No se trata sólo de abolir la monarquía, se trata sobre todo de regenerar la democracia. El pueblo debe ser el protagonista, no sólo en la democracia lograda, sino que también en su construcción, en la lucha por alcanzarla. De hecho, lo primero es poco probable sin lo segundo. Si el pueblo no protagoniza la lucha democrática, la construcción democrática, no protagonizará la democracia alcanzada. La democracia debe alcanzarse a su vez de la manera más democrática posible. Esta nueva transición no puede hacerse a espaldas de la ciudadanía.

Pero, al margen de la cuestión republicana, también podemos ir acorralando al sistema actual con reformas democráticas muy concretas. En particular, se trataría de reivindicar una nueva ley electoral en la que se cumpla el elemental principio "un hombre, un voto", es decir, en la que todos los votos tengan el mismo valor (esta reivindicación ya se ha hecho, pero hasta ahora infructuosamente, habrá que seguir insistiendo), de reivindicar que todos los referendos sean vinculantes (que el gobierno esté obligado a acatar la voluntad popular expresada en las urnas, al mismo tiempo podría potenciarse el uso del referéndum para que el pueblo participe directamente en ciertas decisiones de cierto calado), de reivindicar el referéndum revocatorio (para que cualquier cargo público pueda ser destituido directamente por el pueblo sin esperar a las siguientes elecciones), de reivindicar el mandato imperativo (para que cualquier gobierno esté obligado a ejecutar la política comprometida con sus votantes en su programa). Esto sólo para empezar. Continuando por el imprescindible desarrollo de la separación de poderes. Remito a mi artículo "La separación de poderes". Como en él explico, con estas pequeñas y concretas reformas, la democracia daría un importante salto hacia delante. Se quitaría, por lo menos, el freno de mano. Se desbloquearía la situación.

En todo caso, lo más importante es inaugurar una dinámica que permita ir desarrollando continuamente en el tiempo la democracia. De la involución democrática debemos pasar a la revolución democrática.

2) Estrategias

Lo primero que deben hacer todos los sindicatos de clase para alcanzar los objetivos a corto plazo de los que hablábamos al principio, es trabajar con ahínco la conciencia de la clase trabajadora, cada día, siempre que haya ocasión. Allá donde los sindicatos tengan capacidad de ser escuchados, especialmente en las empresas, pero también en Internet y en los grandes medios (presionando a éstos insistentemente para que les den voz). Hay que ir preparando el terreno para nuevas movilizaciones. Es necesario hacer ver a los trabajadores, de cualquier sector, vistan con traje o con mono, trabajen con las manos o con la mente, que todos ellos están condenados, como mínimo, a la precariedad, a la pérdida de poder adquisitivo, al riesgo de ser excluidos del mundo laboral. Hay que recurrir a la memoria histórica, hay que despertar el pensamiento libre y crítico, hay que hacer ver el fondo de las cuestiones para no perderse en la superficie o en las formas, hay que combatir el pensamiento único y la alienación de los ciudadanos, hay que contrarrestar la influencia de los medios de desinformación.

Todos los trabajadores deben comprender que su explotación tiene una explicación y que la única forma de combatirla es mediante la unidad de acción. Y esto hay que hacerlo teniendo en cuenta la situación actual. Hay que usar un lenguaje acorde con los tiempos. Hay que hacer comprender a los trabajadores que la división fundamental de la sociedad entre trabajadores y capitalistas, entre proletariado y burguesía, entre explotados y explotadores, sigue vigente, al margen de las palabras con que la describamos, a pesar de los cambios en las formas acontecidos en el último siglo. Hay que concienciar a todos los trabajadores de que la lucha de clases sigue existiendo, de que en verdad nunca ha acabado, de que el capital lleva atacando desde hace tiempo sin casi tener oposición. Hay que hacer ver a los trabajadores, a todos, que hay que defender las conquistas sociales, como mínimo, pero que además hay que aspirar a seguir conquistando terreno. Que si no atacamos, seremos atacados en determinado momento, como así ha ocurrido. El capital es insaciable y siempre que puede contraataca. La propia lógica del capitalismo casi le obliga a ello. Esta dinámica sólo puede ser frenada por la clase trabajadora. Pero no sólo eso, el proletariado debe aspirar a superar dicha endiablada lógica. Debe frenarla en el corto plazo y erradicarla en el largo plazo.

Los sindicatos minoritarios deben unirse para ganar en fuerza y presionar a los mayoritarios, especialmente a través de sus militantes de base. Los sindicatos minoritarios deben coaligarse, unirse en un frente común y forzar a los mayoritarios a ser escuchados para constituir un gran frente sindical donde todos los sindicatos trabajen al unísono por unos mismos objetivos a corto plazo. Como los acontecimientos acaban de demostrar, todo el sindicalismo está en peligro. Lo que ha ocurrido en la pasada huelga del 29-S demuestra que cuando todos nos unimos, por lo menos en lo esencial, es posible lograr resultados. A mí en particular me ha alegrado mucho ver cómo en la pasada huelga general los principales sindicatos de clase (si exceptuamos los sindicatos vascos, lamentable decisión la suya), mayoritarios y minoritarios, socialistas, comunistas, anarquistas, incluso la CNT, así como la inmensa mayoría de agrupaciones políticas de la auténtica izquierda, incluso ciertas facciones de la socialdemocracia, han apoyado sin dudas la huelga. Hubiese sido mejor que en todos los actos todos los sindicatos hubiesen ido juntos, pero por lo menos, aunque por separado, todos apoyaron activamente la huelga, a pesar de sus discrepancias. Todos supieron comprender la importancia del momento histórico actual, fueron capaces de dejar de lado las diferencias, por lo menos de aparcarlas temporalmente, todos se concienciaron de que se trataba de defender en conjunto a la clase trabajadora frente al mayor ataque de las últimas décadas. Esa unidad, aunque prematura, aunque todavía insuficiente, puede ser el principio de una unidad de mayor calado. Esa unidad precipitada ante la urgencia del devenir de los acontecimientos debe ser consolidada, construida de forma mucho más sólida.

La batalla va a ser larga y dura. Esta nueva fase de la lucha de clases sólo acaba de empezar. Probablemente, la lucha se va a recrudecer. El capital no va a ceder fácilmente y además va a seguir atacando. El enemigo está fortalecido, alentado por la pasividad de los últimos lustros de la clase trabajadora. Cuenta con que ésta se canse pronto o reaccione tímidamente. Cuenta con que las protestas se hagan con poca fe y más como producto de la desesperación que como producto de la convicción de que en verdad sirvan para algo. El capital contaba con ciertas protestas populares pero más bien como el acto final de una etapa de resistencia en extinción. El capital se siente fuerte y está empezando a recoger los frutos de la intensa alienación a que ha sometido al pueblo en las últimas décadas. Sabe que los trabajadores están, en general, desmoralizados, confusos, divididos, que están a punto de claudicar por largo tiempo, salvo un pequeño reducto que resiste. Aunque, tal vez, no tan pequeño. Por esto, ataca de forma cada vez más virulenta al sindicalismo. Los sindicatos son presentados ante la ciudadanía, ante los trabajadores, como unas mafias que se comportan de forma antidemocrática, que se creen con derecho a someter a los representantes de la "soberanía popular", que coaccionan a los propios trabajadores, que conculcan el "derecho al trabajo".

La campaña de criminalización del sindicalismo tiene como objeto el desmovilizar por completo a la clase trabajadora. Los sindicatos, ciertos trabajadores de ciertos sectores, como el industrial, son casi el último reducto de resistencia. El capital sabe perfectamente que la única posibilidad de resistencia y lucha de la clase trabajadora es mediante la unidad de acción. Sin sindicatos no hay posibilidad de que los trabajadores luchen. El desconcierto generalizado de la izquierda, dividida y contagiada también por la apatía de la ciudadanía, apatía sólo rota en momentos muy excepcionales como el pasado 29-S, da alas a la derecha, a la oficial, a la extraoficial, y sobre todo al poder económico, el verdadero poder en la sombra de estas "democracias". La oligarquía tiene, por ahora, perfectamente controlada la "democracia" y no le da miedo dar voz al pueblo por las vías que ella monopoliza. No le dan miedo las elecciones, porque sabe que ante la falta de perspectivas, en el peor de los casos, la gente no votará o en todo caso la izquierda más combativa, o menos domesticada, sólo podrá hacer acto de presencia simbólica en las instituciones "democráticas". Por esto, intenta convencer a la opinión pública de que las huelgas son un anacronismo (precisamente, cuando ahora son más necesarias que nunca para que la clase obrera se defienda ante el descomunal ataque que nos va retrotrayendo al siglo XIX), porque las huelgas son las únicas que pueden frenar al capital. Hará falta mucho más tiempo para que la democracia se desarrolle, para que la gente se conciencie de que esto no es más que una oligocracia. El control de los medios de comunicación le facilita a la oligarquía domesticar a la opinión pública para que siga realimentando al bipartidismo, garantía de que el poder oligárquico seguirá gobernando. El pensamiento único no podrá contrarrestarse en poco tiempo. No se puede deshacer el mal hecho en la ciudadanía en pocos meses. No se puede contrarrestar el trabajo hecho día a día, durante muchos años, de los medios de persuasión capitalistas. ¡Bastante trabajo hay ya para recuperar rápidamente la conciencia de la clase trabajadora para lograr los objetivos a corto plazo! ¡Vayamos por partes!

En este proceso de desmovilización del proletariado, la propia contrarreforma aprobada en el parlamento es un jaque en toda regla (no podemos decir que jaque-mate porque en la historia humana nada es definitivo, salvo la extinción), pues al convertir en papel mojado a los convenios colectivos, se desarma a los sindicatos. Uno de los objetivos esenciales de dicha mal llamada reforma laboral es finiquitar al sindicalismo, eliminando así las únicas posibilidades de defensa de la clase trabajadora. Por este motivo, fundamentalmente, los sindicatos mayoritarios se quitaron las telas de araña y recuperaron la actividad combativa, casi olvidada. La burocracia sindical percibió perfectamente el peligro. No tuvo más remedio que ponerse las pilas. Estamos ante un ataque frontal contra el mismo sindicalismo. De cualquier índole. Esta contrarreforma laboral pretende inaugurar la era de la extinción del sindicalismo en nuestro país. Si finalmente sale adelante entonces sí podremos casi asegurar que la lucha de clases será algo del pasado, la lucha de la clase trabajadora contra el capital, que no al revés, la del capital contra el proletariado sí está plenamente vigente, y más que podrá estarlo, una vez despejado el camino de obstáculos, una vez desarmados los sindicatos, una vez erradicado el sindicalismo, el ejército de la clase obrera. Si el capital se sale con la suya, sí podremos decir que las huelgas serán un mal recuerdo del pasado, mal recuerdo para el capital. En ese caso, si esta crucial batalla la gana el capital, sí deberemos darle la razón a quienes tanto se empeñan en enterrar la lucha obrera. Al menos por cierto tiempo. Quizás por demasiado tiempo.

El ataque del capital en nuestro país y a escala global es muy grave y puede tener importantes consecuencias en los próximos años. Estamos en un momento histórico crítico. Esto es algo que debemos tener muy claro los ciudadanos y los trabajadores. Si no resistimos ahora, si no luchamos ahora, probablemente, ya no tendremos opción, habrá que volver a empezar a hacer el trabajo que hicieron nuestros bisabuelos. El legado que les dejaremos a nuestros hijos y nietos será el de volver a reconquistar los derechos sociales que tantos sacrificios costaron en el pasado. ¡Urge defenderse! ¡Es cuestión de vida o muerte para el sindicalismo, para la izquierda verdadera, para la clase trabajadora, para el pueblo en general! Ante este momento tan crítico se requiere, más que nunca, la unidad, de los sindicatos y de los partidos de izquierdas, de todas las verdaderas izquierdas. El momento trascendental vivido requiere decisiones trascendentales. No ha lugar para excusas. No ha lugar para la apatía. No ha lugar para eludir las propias responsabilidades. Lo que ocurra en los próximos meses y años dependerá de nuestra actitud actual. Si no hacemos nada ahora, si no reaccionamos, si no insistimos, ¡luego no nos quejemos! ¡Menos llorar y más actuar! La izquierda, los sindicatos, los trabajadores, los ciudadanos, tendremos el futuro que nos hayamos merecido.

¡Tomemos ejemplo de los ciudadanos griegos o franceses! Ellos, que son más conscientes que nosotros de la necesidad de luchar, que tienen una larga tradición combativa, que tienen muy interiorizado el concepto de lo público, de la democracia, por lo menos mucho más que nosotros los españoles, luchan, y no por casualidad. El capital internacional sabe que ceder en un país es dar alas a lo que pueda ocurrir en otros países. Frente al ataque internacional del capital se requiere una contestación popular internacional. ¡Proletarios de Europa, uníos! ¡Proletarios del mundo, uníos! Debemos volver a aprender el ABC de la lucha proletaria. Pues que así sea. Si no hay más remedio, y no lo hay, volvamos al capítulo de introducción del manual de lucha obrera. Los sindicatos, los partidos políticos, deben volver a explicar lo que a estas alturas debería ser obvio para todo el mundo. ¡Pero así están las cosas en este principio de siglo XXI! ¡Menos lamentarnos de que debemos volver a explicarlo todo, de que debemos volver a colocar el primer ladrillo, y hagámoslo sin dilaciones! El tiempo apremia y debemos recuperar mucho terreno en el campo de la concienciación. El capital se ha estado currando intensamente la falsa conciencia y la inconciencia durante muchos años. La izquierda, los ciudadanos en general, nos hemos acomodado estos últimos lustros y ahora no tenemos más remedio que levantarnos del sillón y batallar. O esto o nos rendimos. ¡Pero si tiramos la toalla, luego no nos quejemos! Ya casi no podremos hacer nada. No se puede luchar contra el capital de forma individual. Sólo podemos resistir un poco los individuos, pero el resultado de la lucha de clases está cantado si uno de los dos ejércitos enfrentados ya no es un ejército, si sus soldados huyen cada uno por su lado, si se impone el "sálvese quien pueda". Los sindicatos son los ejércitos de la clase trabajadora. Si pierden poder de negociación colectiva, se quedan casi sin armas con las que luchar. Todavía estamos a tiempo. Luego, quizás, probablemente, no se podrá luchar o costará muchísimo más.

Debe constituirse un gran frente de partidos de izquierdas para complementar la lucha sindical con la política. Lo lógico es que dicho frente se forme alrededor de aquellas formaciones más fuertes, en este caso Izquierda Unida. Pero, sin esperar a que IU tome la iniciativa o no, sin esperar a los resultados de su proceso de refundación, el resto de fuerzas deben iniciar urgentemente un proceso de comunicación, de toma de contacto. No vale escudarse en que eso sólo puede hacerlo IU. No vale con criticar a ésta, hay que dar ejemplo e iniciar un proceso de unión sin esperar a que las fuerzas institucionales lo logren o no. Actualmente tenemos varias fuerzas dispersas de la izquierda anticapitalista que se limitan a publicar manifiestos en la prensa alternativa y a realizar algún que otro evento aislado. Pero esto es claramente insuficiente. Las distintas formaciones no tienen casi nada que hacer si van por separado. El enemigo es muy poderoso y no puede ser combatido desde la marginalidad y la desunión. La unión hace la fuerza. Esto es el ABC de la lucha proletaria. ¿A qué esperamos para empezar a practicarla? ¿A que ya no tengamos opciones? ¿A que sea demasiado tarde?

Las distintas formaciones actúan, cuando lo hacen, cada una por su cuenta. Todas ellas hablan de la necesaria unidad, pero nadie hace nada en concreto por ella, o muy poco. Nadie da el primer paso, o los pasos que se han dado son tímidos o limitados en el tiempo, mueren casi al nacer. Parece como si todos los colectivos de la izquierda transformadora estuvieran esperando a que otros lleven la iniciativa, a que otros llamen a sus puertas. Todo el mundo parece estar a la expectativa. Pero nadie se mueve seriamente. Yo me pregunto de qué sirve fundar un partido político si luego no se hace política. Hacer política consiste, en primer lugar, en organizarse. Hacer política no sólo consiste en hablar o en manifestarse de vez en cuando, en agitar banderas o en cantar la Internacional, consiste sobre todo en trabajar para lograr objetivos concretos, en establecer estrategias para alcanzarlos, en pasar a la acción, en aprender de los errores, en seguir avanzando cuando lo alcanzado es insuficiente, en reorientar las tácticas cuando no dan los frutos esperados. Hay que dejar de lado orgullos, comodidades y demás tonterías, y de una vez por todas las distintas formaciones tienen que reunirse para plantear seriamente la unidad de acción. Mientras esto no se haga, todos los discursos, todos los actos simbólicos y anecdóticos serán muy bonitos, pero totalmente ineficaces. Mientras no trabajemos seriamente por la unidad de la izquierda auténtica, la derecha no tendrá nada que temer. Ella, por el contrario, trabaja mucho más. No sólo tiene todos los medios a su favor sino que es más activa. La izquierda que, por definición debe ser siempre combativa, pues cambiar el mundo es ir contra lo establecido, es nadar contracorriente, por el contrario, en la práctica se duerme en los laureles. ¿Alguien se extraña de que el capital se sienta crecido?

Comunistas, marxistas, anarquistas, socialistas, ecologistas, incluso socialdemócratas auténticos (que también los hay, no hay más que ver cómo apoyaron la pasada huelga general del 29-S), anticapitalistas y antineoliberales, republicanos, demócratas sinceros, todos ellos, sin excepción, por lo menos inicialmente la mayor parte de ellos, deben formar un frente común. Como mínimo para lograr los objetivos a corto y medio plazo. Aunque no estén todos ellos de acuerdo con las medidas alternativas descritas, con la política a aplicar para salir de la crisis, por lo menos sí estarán de acuerdo en combatir el pensamiento único, en luchar para que todas las ideas puedan ser conocidas por la opinión pública, en reivindicar un debate público libre y plural. No creo, además, que ninguna de las facciones de la verdadera izquierda (la gran mayoría de ellas al menos), esté en contra de los objetivos a largo plazo, por lo menos del desarrollo de la democracia. Una vez alcanzada la verdadera democracia, por lo menos en grado suficiente, entonces los antiguos aliados podrán enfrentarse los unos a los otros para intentar lograr el apoyo de los electores. Pero antes de alcanzar la democracia con mayúsculas, hay que tener en cuenta que TODA la izquierda está en peligro de extinción en estas oligocracias disfrazadas de democracias, en estas "democracias" hechas a la medida de la derecha, del capital. La cuestión, por tanto, no radica ahora en discutir sobre si la alternativa al capitalismo agresivo actual, llamado neoliberalismo, es el socialismo o el comunismo o la anarquía o un capitalismo menos salvaje (el keynesianismo). No se trata de discutir sobre si son galgos o podencos cuando están a punto de exterminarnos. Ahora la cuestión esencial consiste en salvar la democracia e impulsarla, para que mediante el libre debate, mediante la participación popular, podamos dar con aquel sistema que de verdad solucione los grandes males del actual. La democracia es cuestión de vida o muerte para toda la izquierda, para la clase trabajadora, para el pueblo. Esta lucha es vital y requiere de una gran amplitud de miras y de un proceso a la altura de las circunstancias históricas.

Evidentemente, el problema fundamental de quienes reivindicamos más y mejor democracia es la poca o nula posibilidad de llegar al gran público. El control absoluto de los grandes medios de comunicación por parte de la derecha lo impide. En este sentido, la izquierda debe exigir a los distintos organismos nacionales e internacionales que correspondan el cumplimiento de la libertad de expresión. Los partidos, los sindicatos, las organizaciones sociales deben pasar a la ofensiva para intentar que todas las ideas lleguen a los grandes medios. Y para ello hay que recurrir al activismo en todos los frentes, en todas las escalas, a todos los niveles. Hay que denunciar ante los tribunales nacionales e internacionales las censuras, las manipulaciones, las coacciones, las criminalizaciones, las represiones de todo tipo. Hay que exigir que se cumplan los derechos constitucionales. Hay que acorralar al "Estado de Derecho". Hay que iniciar campañas insistentes para reivindicar que todas las ideas puedan ser difundidas en igualdad de condiciones por la sociedad. Recurriendo a las octavillas en la calle, al envío masivo de correos electrónicos, a la participación activa en todos aquellos foros o redes sociales de Internet, a eventos y manifestaciones que procuren llamar la atención de manera original y pacífica, etc., etc., etc. Sin esta batalla por la libertad de expresión, reconocida por las actuales leyes, no hay casi nada que hacer. Todo lo que digamos y hagamos se quedará en agua de borrajas si no llega al conjunto de la ciudadanía.

Se requiere mucho activismo, es imperativo aprovechar todos los medios al alcance, por pocos que sean, explotar todas las posibilidades, por limitadas que sean. No hacerlo es rendirse de antemano. Criticamos a ciertas organizaciones sindicales o políticas porque no luchan, o porque no lo hacen suficientemente, pero luego nosotros, los partidos al margen de las instituciones, los sindicatos minoritarios, las organizaciones populares, los ciudadanos más conscientes, ¿hacemos todo lo que podemos?, ¿no hacemos prácticamente lo mismo que quienes tanto criticamos? Que nadie se ofenda, hay honrosas excepciones, pero sólo son eso: excepciones. Se necesita una lucha mucho más intensa, a mucha mayor escala, más generalizada y sostenida. La lucha por la aplicación efectiva de la libertad de expresión es esencial para la democracia. No sólo para impedir que ésta degenere, sino que también para desarrollarla.

¡Es hora de pasar a la acción! ¡Es hora de concretar! ¡Es hora de defenderse y contraatacar! Este momento histórico es crucial, puede que sea la última oportunidad hasta dentro de mucho tiempo. ¡No la desperdiciemos! El sistema no colapsará por sí mismo. Hay que luchar activamente contra él. De forma realista, por etapas. Sin unidad no hay lucha victoriosa posible. La prioridad es la unidad de la izquierda auténtica. La unidad sindical y la unidad política. La lucha sindical y política son ambas imprescindibles. Al igual que la lucha individual y colectiva. El individuo, como mínimo, también puede resistir frente al capitalismo, como explico en detalle en mi libro titulado "Manual de resistencia anticapitalista", disponible en mi blog gratuitamente, como todos mis escritos. Pero esa resistencia es insuficiente. Los trabajadores sólo pueden enfrentarse colectivamente al capital. Esto nunca hay que olvidarlo. Habrá que reaprenderlo cuantas veces sea necesario. Habrá que repetirlo hasta la saciedad.

http://joselopezsanchez.wordpress.com/

sábado, 16 de octubre de 2010

Pueblos indígenas y narcotráfico


La territorialidad, los recursos naturales y la integridad física y cultural de los pueblos indígenas en América Latina son sitiados sistemáticamente por corporaciones del capitalismo neoliberal, dentro de las cuales se encuentra el narcotráfico. Ante el desempleo generalizado en el mundo rural, la debacle del campo provocada en parte por los tratados de libre comercio que benefician a Estados Unidos y condenan a la miseria y al éxodo a los campesinos, muchas comunidades son penetradas por el crimen organizado para forzarlas al cultivo de la amapola o la mariguana, y jóvenes indígenas son reclutados por loscárteles.

Paralelamente, con el pretexto delcombate contra el narcotráfico, en extensas zonas indígenas se impone un proceso de militarización que da lugar a todo tipo de abusos y violación de sus derechos humanos y los que les corresponden como pueblos. A esto se suma la guerra de contrainsurgencia, que acarrea la presencia de dos actores armados más en las etnorregiones: grupos paramilitares y guerrilleros. Colombia es un caso ilustrativo de esta situación en la que indígenas se encuentran entre tres fuegos: militares,narcoparamilitares y guerrilleros. La etnia nasa, en el norte del departamento del Cauca, se ha visto forzada a poner en práctica una ordenanza para que su Guardia Indígena, armada sólo con sus bastones adornados con colores vivos, expulse a los narcotraficantes de su territorio, dentro del cual operan las Fuerzas Amadas Revolucionarias de Colombia (FARC), organización con la que también han negociado el cese del reclutamiento involuntario de sus jóvenes.

En México, grupos del narco operan en zonas indígenas con mayor frecuencia en Michoacán, Jalisco, Sonora, Guerrero, Durango, Chihuahua, Oaxaca, Chiapas, Veracruz –entre otras entidades federativas–, y en las cárceles estatales se registran centenares de presos indígenas acusados por delitos contra la salud. Al criminalizar a los pueblos indios, la guerra contra el narcotráficoencubre una gran variedad de extorsiones e injusticias, adicionales a las que secularmente han sufrido los indígenas por parte de autoridades militares, policiales y judiciales.

En poblados mayas del oriente y occidente de Guatemala, mafias mexicanas han instalado a sangre y fuego sus estructuras delictivas, que controlan el transporte de la mercancía hacia México y Estados Unidos. En Puerto Lempira, Honduras, hay hostigamiento del narco hacia los indígenas misquitos. En Nicaragua, las redes del narcotráfico han penetrado las comunidades misquitas de la costa del Caribe, así como las urbes multiétnicas de Bilwi (Puerto Cabezas) y Bluefields. En el área fronteriza entre Panamá y Colombia, conocida como Tapón de Darién, elnarco despliega una red terrestre y marítima que se extiende por Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, para sus destinos finales en México-Estados Unidos.

Como las corporaciones capitalistas madereras, mineras, turísticas, etcétera, que buscan apoderarse de los recursos de los pueblos indígenas, lo que está en el centro del problema del narcotráficoes el esfuerzo por despojarlos de su territorialidad, fundamento material de su reproducción y espacio estratégico de sus luchas; su finalidad es expropiar a los indígenas de sus tierras-recursos-fuerza-de-trabajo y el ejército es cómplice de esta sustracción a partir de sus acciones represivas y contrainsurgentes realizadas con el apoyo de los grupos paramilitares que operan como el brazo clandestino de la guerra sucia.

La militarización no trae la disminución de las actividades delictivas, como lo prueba el caso de extensas zonas de la República Mexicana bajo virtual ocupación castrense. En el plano mundial, Afganistán es ilustrativo de que la guerra y conquista neocolonial del país por las fuerzas armadas de Estados Unidos y sus aliados intensifica a más del doble la producción, procesamiento y venta de drogas, cuyas ganancias nutren al sector financiero del capitalismo mundial. Desde hace varias décadas, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y otros organismos de inteligencia occidentales han sido acusados del trasiego de drogas con la finalidad de financiar los exorbitantes gastos de sus operaciones encubiertas en el ámbito mundial. “Las agencias de inteligencia, las grandes empresas, los traficantes de drogas y el crimen organizado compiten por el control estratégico de las rutas de la heroína. Una gran parte de los multimillonarios beneficios de las drogas están depositados en el sistema bancario occidental. La mayoría de los grandes bancos internacionales y sus filiales en los paraísos fiscales extranjeros blanquean enormes cantidades de narcodólares.”(Michel Chossudovsky, ¿Quién se beneficia del comercio de opio afgano?, La Haine, 5 de octubre de 2006). También, la llamada guerra contra el narcotráfico es especialmente funcional para los planes de dominación estratégica de Estados Unidos en América Latina.

La delincuencia organizada no es más que la cara clandestina del sistema capitalista neoliberal, con su violencia inherente desbocada, sicópata y sin mediación social y política que la controle. Es altamente rentable económicamente, además, a partir del hecho de que Estados Unidos es el principal proveedor de armas de los grupos del narco. The Independentdaba a conocer desde 2004 que el tráfico de drogas es la tercera mercancía mundial en generación de efectivo, tras el petróleo y el tráfico de armas (29 de febrero).

La única posibilidad de una defensa efectiva frente a este fenómeno en el mundo indígena –como muestran las juntas de buen gobierno zapatistas, los nasa de Colombia y la Policía Comunitaria de Guerrero– es el fortalecimiento de las autonomías, a partir de las cuales se ha logrado controlar –no sin dificultades– la presencia del crimen organizado en los territorios indígenas.
fuente- kaos en la red

domingo, 11 de julio de 2010

¿Cómo romper el cerco del capital?


Punto Final


Bertolt Brecht, en su novela Los negocios del señor Julio César, describe con aterradora exactitud la relación entre la expansión imperial romana y la decadencia de la República. “Después de cada nueva campaña había en Roma concursos y quiebras -afirmaba-. Cada victoria del ejército era una derrota de la Ciudad. Los triunfos de los generales eran triunfos sobre el pueblo… El sistema estaba corrompido hasta sus cimientos”.

Pero ya se sabe: quien lea hoy la prensa matutina no encontrará nada parecido. Más bien recibirá efluvios de una sensación de que vivimos en el mejor de los mundos, como se empeñaba en creer el Cándido de Voltaire. El capitalismo no sólo ha logrado el milagro de que víctimas y verdugos a veces piensen de manera similar, sino también de que la expresión exterior de sus crisis pasen como fenómenos aislados, carentes de relación con las bases y esencias profundas del sistema.

También se sabe: si hay desempleo, quiebras y saltan por los aires los programas sociales; si la inseguridad ciudadana y la corrupción política ascienden como mareas pestilentes; si se invaden países para derrocar regímenes “hostiles” y se quema la Biblioteca Nacional de Iraq; si los cárteles de la droga rompen el monopolio de la violencia de los Estados y les van ganando la guerra; si las elites haitianas toman seráficamente el sol en los hoteles lujosos de las playas de Punta Cana, República Dominicana, en vez de compartir la reconstrucción del país que han saqueado por décadas junto a los intereses foráneos, nada de eso se deberá asociar, so pena de excomunión mayor, con el sistema en cuyo marco sucede. Porque ya se sabe de sobra: el capitalismo es impoluto y tan inocente como un nonato. Y si algún empecinado insiste en llegar al fondo, para que pueda saciar sus ansias de justicia ahí están Tiger Wood y sus infidelidades matrimoniales. O los resultados del fútbol, el nuevo videoclip de Lady Gaga, las “revelaciones” de que Lincoln era gay, o que Ricky Martin lo acaba de confesar.

La invisibilización de lo crudo, la desconexión entre causas y efectos y la carnavalización de la realidad son las herramientas más acabadas con que el capitalismo se defiende de sí mismo. O al menos de aquellos radicales que no se contentan con los jirones que se ofrecen y van a las raíces. Que eso y no otra cosa es ser radical, al recto decir de José Martí.

El día en que, rebasando los espejismos de la prensa clientelar, logremos recomponer la dialéctica del conocimiento del mundo en que vivimos y rescatar el pensamiento crítico de las mazmorras a las que ha sido condenado; el día en que podamos derrotar a los astutos organizadores del olvido histórico y regresar a la senda extraviada de los análisis integrales, ese día empezará la agonía definitiva del capitalismo. Porque también se sabe que sin teoría revolucionaria, como dijo Lenin, no habrá revolución. Mucho menos sin calar en las entretelas ocultas de la sociedad que nos rodea.

Y habrá que empezar de nuevo, tantas veces como sea necesario.


Capitalismo para aprendices


Más allá de las luces deslumbrantes de los malls -una vez que hayamos logrado liberarnos de la telaraña con que las modelos perfectas y los famosos nos atan a la nada-, nos toparemos con un continente llamado realidad. Allí es donde mora el capitalismo real. En ese vasto territorio a medio camino entre la esquizofrenia y la vesania, es donde se comercia con todo lo humano y lo divino, se rinde culto a los triunfadores, se azuzan los apetitos más bajos, y se refocilan los canallas que posan en Forbes tras aconsejarnos cómo explotar y robar con elegancia y sin compasión.

Allí, por ejemplo, no habrá piedad para las mujeres traídas de Rusia o Tailandia, esclavas sexuales con una vida útil de apenas cinco años, tras la cual se les desecha como a muñecas gastadas. Allí se encontrará que si todo lo que tiene mercado merece ser vendido, no habrá repugnancia a la hora de asesinar niños para comercializar sus órganos y hacer felices a los padres que puedan pagar un trasplante a sus hijos. Allí morirás si no tienes seguro médico o estarás condenado a la vida de la peonada, si no tienes el dinero para pagarte los estudios. Allí muchos abogados y jueces son vampiros prevaricadores, los médicos recetan medicinas inocuas y prolongan tratamientos esquilmadores, los policías son sicarios impunes que acribillan a los rateros y camuflan las ejecuciones como “intercambio de disparos” y los generales juegan con misiles y aviones no tripulados que se ceban en las bodas y las reuniones familiares en Afganistán, fuente inagotable de “bajas colaterales”.

En ese mundo frenético y palpitante, desgarrador e impío que jamás nos muestra la CNN, es donde se transparenta el sistema. Es allí donde muestra su verdadera decrepitud disimulada con pasarelas y artilugios rutilantes. Es en esa enorme y despiadada extensión donde se le conoce y se le sorprende en un atisbo de involuntaria sinceridad. “El capitalismo vino al mundo chorreando sangre y lodo por los poros”, sentenció Marx: esas palabras podrían haber sido pronunciadas ayer.

Un manual provisional para principiantes señalaría aquellas aristas de la realidad que permiten vislumbrar el fondo del abismo que lleva a las entrañas del sistema. Veamos dos ejemplos recientes:

En Arizona se aprobó una ley que criminaliza a los inmigrantes ilegales que barren las calles, recogen las cosechas en el campo y cuidan a los ancianos olvidados por sus familiares. También se eliminan los programas multiculturales y se despide a los maestros que tengan un acento extranjero demasiado fuerte. ¿Se trata de una aberración local o tiene que ver con un sistema que ha hecho del libre mercado su fetiche, pero que jamás ha permitido de buena gana los flujos laborales libres desde países subdesarrollado? ¿Acaso para evitar estos últimos no ha inventado la relocalización de las industrias y las maquilas?

Al estallar un escándalo por las estafas del banco de inversiones Goldman Sachs saltó al estrellato el nombre de Fabrice Tourre, un banquero de apenas 31 años, graduado en la Ecole Central de París, y en la Universidad de Stanford. El “Fabulous Fab”, como firmaba en un correo electrónico de enero de 2007, ya reconocía la “inestabilidad creciente del sistema, y que todo el edificio está a punto de colapsar”. “Monstruosidad”, llamaba al esquema de estafa que le reportaba casi dos millones de dólares de ganancias anuales. Las pérdidas sufridas por el resto de los mortales superan la idénticamente fabulosa cifra de 665 millones de dólares.

En la audiencia del Comité de Investigaciones Permanentes del Senado, donde se interrogó a un glamurosamente vestido “Fabulous Fab”, el senador Carl Levin condenó a Goldman Sach y a otros grandes bancos por estar “envenenando, por contaminación, la corriente del río”. Pero, ¿acaso se trata de un flujo que haya estado alguna vez transparente y limpio? ¿Es el avispado “Fabulous Fab” una excrecencia del sistema, un desvío de su curso natural, o por el contrario, su fruto típico y quizás, más sincero; su consecuencia inevitable?

En el diario digital británico Mailonline, del 19 de abril, escribió al respecto “Ms London”, un lector descreído, impertinente quizás, uno de esos tan odiados radicales: “¿Se sienten molestos y ultrajados? Para los no familiarizados con tales procesos, adelanto la manera en que todo concluirá: Goldman contratará a los mejores abogados en la historia del universo… Hará una declaración pública de ‘vigorosa defensa’ mientras negocia un acuerdo secreto, que incluirá un gran cheque y, quizás, el sacrificio de ‘Fabulous Fab’… Después de firmado el cheque, Goldman se declarará inocente y la Casa Blanca cantará victoria… Dado este resultado, ninguno de nosotros estará más seguro ni mejor empleado… Los abogados se compararán sus Maseratis y casas para vacacionar… En tres años, ‘Fabulous Fab’ lanzará su propio fondo de inversiones. Al día siguiente, el sol saldrá, como siempre”.

En efecto, a pesar de Goldman Sach y de la estafa de turno, el sol saldrá, pero también crecerá la angustiosa sensación de que estamos expuestos a la intemperie; crecerá ese escozor moral inexplicable pero vívido a través del cual presentimos la tormenta que se nos viene encima.


Socialismo o fabulosa barbarie


El socialismo ha sido combatido con extrema saña por el capitalismo y sus epígonos, precisamente porque es eficaz y viable. De no serlo, la Humanidad habría economizado océanos de tinta propagandística, las cárceles habrían estado menos pobladas y luchar por un mundo justo y sin explotación no habría figurado entre las causas principales de muerte en el siglo XX, especialmente en América Latina. No escapa a nadie que en el caso cubano, por ejemplo, la irreconciliable posición estadounidense hacia el Gobierno revolucionario y hacia la sociedad socialista en su conjunto, es un conjuro para evitar su consolidación y extensión por la región. Más que de un caso de hostilidad geopolítica, estamos en presencia del castigo imperial contra los que osaron desafiarlo y demostrar que hay vida tras la derrota del capital rampante.

Mientras en el país capitalista más poderoso del planeta se acaba de aprobar una tímida reforma sanitaria que no garantiza el acceso a la salud a todos sus habitantes, en la pequeña y bloqueada Cuba ese derecho se garantizó hace más de medio siglo. Hoy, como recordaba Fidel Castro en una de sus “Reflexiones”, citando a dos profesores de la Universidad de Stanford, la esperanza de vida en la isla es de 78,6 años, se tiene el mayor índice per cápita de médicos y la menor tasa de mortalidad infantil, en comparación con el resto de los países latinoamericanos y caribeños. No hay nada milagroso en ello: eso, precisamente, es el socialismo.

En el estudio de los logros del socialismo, como sistema, opera la lógica opuesta a la que permite al capitalismo balcanizar y mediatizar el análisis crítico de sus derrotas y defectos. Si hay una buena asistencia de salud en Cuba, no se explicará jamás como resultado de la consecuente aplicación de políticas socialistas, basadas en formas de propiedad a favor de los trabajadores y las mayorías. Para Cuba, como para otros países empeñados en construir alternativas al modelo capitalista, los logros no serán jamás socialistas, pero los errores y derrotas, sí. Y a la hora de proponer remedios a los males, siempre aparecerá la panacea de los ajustes neoliberales, los llamados a renunciar a las utopías y sueños redentores, a reintegrarse mansamente al redil y ser debidamente castigado por el extravío.

El socialismo, a diferencia del capitalismo, es un sistema joven y potencialmente creador. Viene de regreso de una tormentosa infancia signada por el acoso implacable de sus enemigos y las enfermedades por las que atravesó, tan costosas a su propia causa. Pero aún no ha dicho su palabra definitiva; aún aportará a la Humanidad una salida verdaderamente humana a muchos de sus problemas. América Latina está demostrando que no se trata de un sistema decrépito, sino vivo. Y el término ha regresado al debate cultural y de ideas en Estados Unidos, de la mano del odio ultramontano de los neoconservadores al gobierno de Obama.

Los socialistas sabemos que muchos de los lastres de nuestra causa se deben no al exceso de socialismo en las políticas aplicadas, sino a su defecto; a la falta de audacia intelectual y práctica que nos ha hecho entregar banderas de combate como la libertad y la democracia, el cambio y la renovación permanente, a quienes en conciencia las aborrecen. Es hora de presentar batalla. Batalla de verdad. Es hora de romper el cerco estrecho. O seguiremos condenados hasta la eternidad a la fabulosa dictadura capitalista del “Fabulous Fab” de turno.

(Publicado en “Punto Final”, edición 713, 9 de julio, 2010)

viernes, 14 de mayo de 2010

“El capitalismo no es eterno”


Página 12


¿Qué es ser de izquierda, si se aceptan razones tales como que la división del sujeto es incurable, que el plus de goce no es cancelable históricamente por ninguna dialéctica de superación, que la labor de repetición de la pulsión de muerte horada los espejismos de progreso de cualquier civilización, que la política y el discurso del Amo mantienen la voluntad de que la cosa marche, que la Revolución es el retorno de lo mismo al mismo lugar y, a veces, con consecuencias más mortíferas, que la singularidad del goce y el deseo no es subsumible en el “para todos lo mismo” de la cosa política? Podría seguir sumando razones, desde distintos lugares de la obra de Freud, la enseñanza de Jacques Lacan y la orientación de Jacques-Alain Miller, que muestran cómo los llamados fundamentos de la izquierda quedan perforados en su suelo ontológico más seguro cuando se confrontan a la lógica del discurso analítico.

Tal vez estas razones provocaron que muchos lacanianos se hayan apartado de los caminos trazados históricamente por la izquierda. Muchos colegas han construido una sabiduría escéptica en materia política, o un conservadurismo lúcido, o una lectura irónica y en diagonal. Escucho, respeto y aprendo de ello, pero mi posición es que se puede, con la enseñanza de Lacan:

- Primero, dar cuenta de la derrota de la izquierda a escala mundial a partir de los setenta, indagarla en la fantasmática que, incluso después de que la derrota se consumó, la dominaba.

- Segundo, ofrecer al marxismo un lugar para hacer su duelo, teniendo en cuenta que el lugar donde verdaderamente se hace el duelo es fuera del hogar: la única teoría materialista que, en el siglo XXI, sigue proponiéndose pensar una práctica que opere sobre lo real imposible, es la enseñanza de Lacan.

- Tercero, estos propósitos se sostienen sin ningún fundamento: Lacan no puede ser un nuevo fundamento para la izquierda; es su “desfundamentación”, la demostración de que sólo la causa ausente es realmente operativa; se trata de una apuesta sin Otro y sin garantías. No obstante, esta apuesta considera que el capitalismo, a pesar de su movimiento circular y sin corte, aunque no se pueda deducir el lugar de su salida y no se pueda nombrar el ámbito donde sea factible esa salida, aunque no se disponga del nombre de aquello que viene después, aunque no exista ningún punto en el que se pueda designar en qué consiste una lucha anticapitalista, sin embargo el capitalismo no es una realidad eterna, necesaria y cuasinatural donde la condición humana se realice en su último escalón. Por el contrario, se trata una vez más de afirmar su carácter contingente y, por lo tanto, el advenimiento siempre posible de otra manera de ser con los otros, distinta a la que se conoce en el capitalismo.

- Por último, me gustaría recordar que ser de izquierda es considerar que la explotación de la fuerza de trabajo realizada en la forma de la mercancía es un insulto a la diferencia absoluta. Una cosa es aceptar la inquietante homología entre el plus de gozar y la plusvalía y otra es aceptar la explotación como si en sí misma fuera un rasgo más de la condición humana y, en la actualidad, a un paso de ser “fundamentada” por alguna disposición cerebral. La jerarquía del mercado no es la diferencia, sino su tergiversación numérica y equivalencial.

* Fragmento de una exposición en el Seminario Atlántico de Pensamiento, evento que tiene lugar desde 2005 en Las Palmas de Gran Canaria, España (www.seminarioatlantico.org). En la última edición participaron también Gianni Vattimo, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Paula Sibilia, Joan Busquets y Javier Tolentino.

martes, 30 de marzo de 2010

QUE ES EL IMPERIALISMO


es el capitalismo en su fase superior y última de desarrollo; es el capitalismo en descomposición, agonizante, umbral de la revolución socialista. La peculiaridad distintiva fundamental del imperialismo respeto al período preimperialista del capitalismo estriba en que el gran capital monopolista domina en las esferas económica, política e ideológica. De ahí que el imperialismo se denomine también capitalismo monopolista. Lenin fue el primero en someter a un análisis científico multilateral el imperialismo y en determinar sus rasgos económicos principales. Son estos: 1. La concentración de la producción y del capital ha llegado a un punto tan alto de desarrollo, que ha hecho surgir los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica. 2. La fusión del capital bancario con el industrial, sobre cuya base surgen el capital y la oligarquía financieros. 3. La exportación de capitales, a diferencia de la de mercancías, adquiere singular importancia. 4. La formación de agrupaciones monopolistas internacionales de capitalistas, que se reparten el mundo. 5. La culminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. El imperialismo no abroga los fundamentos del régimen burgués, como afirman machaconamente los defensores del capitalismo. Bajo el imperialismo se conservan las bases generales del modo capitalista de producción. Como antes, la propiedad de los medios de producción fundamentales sigue en manos de un pequeño puñado de capitalistas o de sus agrupaciones. Como antes, los trabajadores son objeto de explotación. El estímulo principal de la producción capitalista continúa siendo el afán de ganancias. La economía de los países capitalistas se desarrolla en las condiciones de la anarquía de la producción y de la lucha competitiva, bajo el influjo de leyes económicas espontáneas. La ley económica básica del capitalismo, la ley de la plusvalía -ley económica fundamental del capitalismo sigue actuando también bajo el imperialismo. La sustitución de la libre competencia por el dominio de los monopolios hace que las agrupaciones de capitalistas (cártels, sindicatos, trusts, consorcios), concentrando en sus manos gran parte de la producción y venta de las mercancías y aplastando a sus competidores, puedan obtener una elevada ganancia monopolista (ver), de magnitud sensiblemente mayor que la ganancia media. Después de analizar profundamente la esencia del imperialismo, Lenin llegó a la conclusión de que era posible la victoria de la revolución socialista en algunos países capitalistas e incluso en uno solo, y en este caso el desarrollo del proceso revolucionario en el mundo se produciría de modo que otros países se irían desgajando del sistema imperialista. El curso posterior de la historia ha confirmado esta previsión de Lenin. La contradicción fundamental del imperialismo sigue siendo la del trabajo con el capital, cada vez más acerba dado que el capital monopolista va aumentando la explotación y la opresión de las masas trabajadoras. En su insaciable avidez de elevadas ganancias, los monopolios saquean y oprimen no sólo a la clase obrera, sino, además, a los campesinos trabajadores, a amplios sectores de la intelectualidad, a la pequeña burguesía y a una parte de la burguesía media. Es singularmente pesado el yugo que se impone a los pueblos de las colonias y de los países dependientes; un profundo antagonismo separa los estados imperialistas de los países que han conquistado su independencia nacional, de los pueblos que luchan por su liberación. En el transcurso del movimiento de liberación nacional, los cimientos del imperialismo se resquebrajan cada vez más, sus fuerzas menguan (ver Desintegración del sistema colonial. Dado que en la época imperialista se acentúa la desigualdad del desarrollo de los países capitalistas (ver Ley de la desigualdad del desarrollo económico político de los países capitalistas en el período del imperialismo), se agudizan las contradicciones entre las propias potencias imperialistas en la lucha por la obtención de elevadas ganancias monopolistas. Todas estas contradicciones del imperialismo contemporáneo conducen a la formación de un torrente único democrático general que une a la clase obrera, a los campesinos, a la pequeña burguesía, a la intelectualidad y a importantes capas de la burguesía media nacional en un frente de lucha antimonopolista contra el yugo imperialista. El factor decisivo que debilita al imperialismo en el periodo de la crisis general del capitalismo (ver) estriba en el rápido crecimiento del sistema socialista mundial. Ello hace que el sistema imperialista mundial se encuentre desgarrado por hondas e incisivas contradicciones que corroen y destruyen al régimen capitalista, provocan su seria debilitación y, finalmente, su hundimiento. El capital monopolista, para conservar y en cierto modo apuntalar las resquebrajadas bases del imperialismo, para mantenerse en emulación frente al poderío, cada día mayor, del sistema socialista mundial, une su fuerza con la del Estado burgués. En esto consiste la esencia, el contenido fundamental del capitalismo monopolista de Estado (ver), que adquiere vasto desarrollo en la fase actual del capitalismo. El objetivo de esta unión estriba en asegurar a los grandes monopolios beneficios extraordinariamente elevados, en aplastar el movimiento obrero y la lucha de liberación nacional, en conservar y fortalecer los pilares del régimen capitalista, en intentar la destrucción del régimen socialista y el sistema socialista mundial en desencadenar guerras de rapiña. Sin embargo la experiencia histórica muestra que el capitalismo monopolista de Estado, en vez de reforzar el sistema capitalista -como esperan la burguesía y sus defensores-, acentúa más aun las contradicciones del capitalismo, lo socava de raíz. Consolidado el régimen socialista gracias a la victoria de las revoluciones socialistas en varios países de Europa y Asia, derribado el colonialismo por la lucha de liberación nacional de los pueblos de las colonias y de los países dependientes, ha cobrado un poderoso impulso el movimiento progresivo de las masas populares en los países capitalistas, ha surgido la posibilidad real de poner coto a las fuerzas del imperialismo tendientes a desencadenar una nueva guerra en el mundo. Liquidado el dominio exclusivo del imperialismo, la guerra ha dejado de ser una fatalidad inevitable. Ahora bien, el imperialismo no cederá sin lucha el camino al régimen nuevo, socialista. Intentará por todos los medios, incluido el de la agresión, establecer el dominio del capitalismo en todo el orbe. "Mientras exista el imperialismo -se dice en el programa del P.C.U.S.-, la humanidad no podrá sentirse tranquila respecto a su futuro". Mas actualmente las fuerzas del progreso, de la democracia y del socialismo superan a las fuerzas del imperialismo, se fortalecen y crecen sin cesar. El imperialismo ha puesto en pie contra sí mismo no sólo a las clases trabajadoras, sino, además, a todas las fuerzas principales de la sociedad burguesa. Y en definitiva esto es lo que decidirá el destino del imperialismo.

fuente- eumed.net