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viernes, 5 de noviembre de 2010

¿Y los pueblos de 1810 y 1910… 2010?


Populus: el pueblo, conjunto de habitantes en un territorio, sobre y con el cual se constituye, históricamente, una nación dentro de un Estado, por incipiente que sea y así sea con un gobierno elemental para ir generando la sociedad (Elman R Service, Los orígenes del Estado y de la civilización; y Hans Kelsen, Teoría general del Estado), que en todos los momentos de la evolución violenta o pacífica de la historia, integrada por la continuidad del pasado y el presente, es la fuerza social sin la cual los dirigentes de revueltas, revoluciones y cambios vía las reformas nada podrían consumar. Casi siempre, por no decir siempre, este pueblo es ignorado o pasa a muy segundo término para explicar la participación colectiva (carne de cañón, invariablemente) que apoya a las individualidades en las luchas político-sociales y económicas para conquistar derechos para el pueblo e imponer obligaciones a los gobernantes.


No sólo hubo un Hidalgo, un Morelos, una Leona Vicario y una Josefa Ortiz de Domínguez que se sumaron a lo que debió ser una lucha en verdad heroica y de entrega a la creación de los lazos patrióticos para sembrar el nacionalismo. Con raíces en el indigenismo y mestizaje de la Conquista a la Colonia, los hechos de esos mexicanos indican su decisión de pertenecer a la naciente democracia y republicanismo. Todos y cada uno de ellos fueron otros Hidalgos y otros Morelos con otras Vicario y Ortiz de Domínguez. Ese pueblo de 1810 –que cayó en el campo de batalla o detenido y privado de la vida a machetazos, víctima de homicidios, con todo el sadismo del virreinato, como en otras historias libertadoras y revolucionarias– no ha tenido dedicatoria al recordar el inicio de esas gestas. Esos Morelos, esas Vicario, esos Hidalgos y doñas Josefas no murieron simplemente, sino fueron asesinados en su mayoría. Y no como dijeron los comunicadores de planta en radio y televisión y sus invitados a opinar y analizar: que Hidalgo “murió”, que Morelos “murió”, cuando esos dirigentes y convocantes fueron bárbaramente fusilados, y sus cabezas, con las de otros próceres, degolladas y exhibidas (como ahora Calderón exhibió sus restos).

Igual y hasta más salvaje fue el exterminio del pueblo en 1910: Madero y los Maderos, Zapata y los Zapatas, Villa y los Villas… el pueblo de campesinos, obreros, mineros y todos aquellos que respondieron a los Flores Magón, a Posadas, que no figuran y sí, en cambio, sus individualidades que representan a la colectividad de hombres y mujeres que anduvieron en “la bola” para quitar al mal gobierno en que devino el porfiriato, con su jefe convertido en dictador por más de tres décadas (1876-1880 y 1884-1911). El pueblo de las dos revoluciones que escoltan al pueblo de la gloriosa revolución de 1854 que parió la Constitución de 1857, la victoria sobre la invasión francesa y sobre el golpe de Maximiliano (quien, como escribió Gastón García Cantú, nunca fue emperador ya que Juárez era el presidente) no tiene un monumento como tal. La revolución de 1854 restauró la república, implantó la Reforma. Esos pueblos de esos tres dramáticos periodos de nuestra historia no han sido directamente invocados y puestos en igualdad de circunstancias de los Hidalgo, los Morelos, las Adelitas, las Vicario, no obstante que, sin ellos, esos violentos hechos jamás hubieran tenido lugar.

Los pueblos de 1810, 1854 y 1910 son, han sido, el sustento social de las luchas políticas, y ofrecieron sus vidas para conquistar las libertades como derechos y garantías constitucionales que, ciertamente, han sido el árbol de la libertad regado con la sangre de –dijo el autor– “la democracia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

En ese contexto, herencia que continúa con los pueblos de 1810 y 1910 (con el de 1854), está su continuidad histórica: el pueblo de 2010 que, subestimado (porque, dicen, ya no son posibles las revoluciones), se encuentra en la encrucijada de mantenerse sometido por la creciente pobreza y aumento del desempleo (falta de escuelas; la educación en manos de la pandilla de Elba Esther Gordillo e ineficacia de Lujambio); el auge de la corrupción, puesto que perredistas (como Ebrard), priistas (como Peña Nieto), panistas (como García Luna y cómplices para los que trabaja y acumula) han hecho de los dineros del pueblo de 2010 un botín, como no se veía desde hace sexenios (como el del alemanista, el salinista, el foxista y, ahora, el calderonista).

Nuevamente, en 2010 el pueblo, la nación (sus trabajadores, campesinos, su degradada clase media, los niños, los cientos de miles de jóvenes, etcétera), está en condiciones parecidas a los pueblos de 1810 y 1910 (e incluso de 1854). Son víctimas del mal gobierno de las derechas, cuyo giro tuvo lugar prácticamente con la contrarrevolución de 1946 a 2000, para su radicalización ultraderechista de 2000 a 2010. Económicamente, hay hambre y pavorosa miseria en más de 40 millones de mexicanos. Socialmente, 80 millones de mexicanos sufren enfermedades (el mito del Seguro Popular, la mentira de Calderón y su médico Córdova Villalobos) y carecen de un mínimo de bienestar, en pueblos y ciudades sin mantenimiento ni medidas preventivas (cualquier vendaval, no se diga huracanes, inunda sus comunidades: mueren sus habitantes y se quedan en la calle… ¡con las condolencias de Calderón y sus supervisiones inútiles!). Políticamente, estamos bajo el mal gobierno, la antítesis del buen gobierno republicano. No hay gobierno para gobernar, valga la redundancia, pero sí pillos en los cargos públicos robándose cuanto pueden.

Los pueblos de 1810 (1854) y 1910, no mencionados en estas fiestas porfiristas de Calderón y el Partido Acción Nacional, de Ebrard y el Partido de la Revolución Democrática, para recordar el inicio de esas revoluciones, tienen su continuidad histórica en el pueblo de 2010, reclamando esas reivindicaciones que han sido canceladas por el mal gobierno calderonista.

cepedaneri@prodigy.net.mx
fuente- revista contralinea

lunes, 4 de octubre de 2010

Bicentenario: a completar la lucha que inició Hidalgo


Luego de disponer de más de 2 mil 800 millones de pesos, el gobierno de Calderón llegó al 16 de septiembre de 2010 sin terminar ninguna de las “obras monumentales”, como la Estela de Luz, que iba a inaugurar en Reforma, o el Parque Bicentenario en la antigua refinería Azcapotzalco, o la nueva refinería de la que tanto se ha hablado. La corrupción, el desdén y la ineficacia son todo lo que se pudo observar en el bicentenario de la Independencia.


Con una estrategia para cerrar el Zócalo –que fue militarizado y ocupado por Fuerzas Armadas, policías, 2 mil francotiradores estratégicamente apostados e invitados VIP (very important people) del gobierno federal, en un zócalo semivacío, organizado como escenario para la televisión–, se organizó un espectáculo desde Chapultepec hasta el Zócalo; se instalaron pantallas a lo largo de Reforma para que la gente se quedara lejos del centro histórico; se promovió que la gente se quedara en su casa a ver los festejos “desde la comodidad del hogar”. Para el espectáculo, se contrataron asesores extranjeros, como el australiano Ric Birch, de Spectack Productions, con oficinas en Los Ángeles, y Phil Green, de la empresa Autonomy, junto a Adam Burke, de origen australiano. Los fuegos artificiales corrieron a cargo de una empresa francesa. ¿Y los mexicanos?

Dentro del desfile del bicentenario se dio gran realce a una figura de 20 metros de altura llamada el Coloso, cuyos rasgos –a decir de sus autores– eran los de Benjamín Argumedo, quien organizó en mayo de 1911 la matanza de 303 chinos en Torreón, apoyó el levantamiento reaccionario de Pascual Orozco contra Madero, colaboró con el usurpador Victoriano Huerta, quien lo nombró general por combatir a los revolucionarios en Torreón, Zacatecas, etcétera. ¿Por qué el símbolo principal, en la emblemática ceremonia del 15 de septiembre de 2010, fue ese “Coloso” de 20 metros de altura y 7 toneladas de peso, que fue presentado como el “héroe anónimo” tras el escándalo que causó la divulgación de su identidad? Al final, la Secretaría de Educación Pública declaró que “el rostro del Coloso no tiene nombre ni apellido”.

El símbolo de la conmemoración de esa fecha no debió ser otro que Miguel Hidalgo, quien dio el grito de Independencia. Pero, por lo visto, le incomoda al actual gobierno.

Hidalgo comenzó la lucha por la Independencia con el grito: ¡Abajo el mal gobierno! ¡Abajo los monopolios! ¡Abajo los tributos y las alcabalas (impuestos)! ¡Fin a la esclavitud! ¡Cancelación de deudas! ¡La tierra para los indígenas! ¡Seamos dueños del trabajo de nuestras manos!

La lucha que inició el pueblo insurgente el 16 de septiembre de 1810 sigue vigente hoy más que nunca. Hidalgo luchó para acabar con el mal gobierno; se manifestó contra los monopolios: hoy tenemos que destruir el proyecto de las grandes corporaciones que dominan a nuestra patria. Miguel se opuso a los tributos y alcabalas (impuesto por comprar y vender, es decir el impuesto al valor agregado, IVA): nosotros estamos contra el IVA y tanto impuesto que nos ahoga, mientras que las grandes corporaciones no pagan casi nada. Por eso, las corporaciones odian a Hidalgo. Basta ver cómo Televisa lo presentó en su telenovela Gritos de muerte y libertad, en la que se falsea completamente la historia.

Hidalgo abolió la esclavitud: hoy nos oponemos a la moderna esclavitud capitalista en la que se criminaliza a los migrantes, se precariza el trabajo con jornadas de 12, 14, 16 horas; nos niegan los derechos laborales conquistados como si fueran “privilegios”.

Hidalgo llamó a la cancelación de deudas: hoy estamos en contra de la deuda que enriquece a bancos y corporaciones a costa de nuestro trabajo. Miguel Hidalgo canceló los tributos: hoy rechazamos los modernos tributos; ésos que tenemos que pagar mes con mes a bancos y telefónicas, a monopolios del transporte y de los servicios de agua, luz y gas. Hidalgo se manifestó por devolverles la tierra a los indígenas: hoy reivindicamos los derechos de los pueblos originarios y los Acuerdos de San Andrés. Hidalgo se levantó en contra de los que monopolizaban la propiedad: esa misma es nuestra causa actual.

Hidalgo y Costilla se refirió a que “cada individuo sea el único dueño del trabajo de sus manos y el que deba lograr lo que lícitamente adquiera para asistir a las necesidades temporales de su casa y familia”: hoy luchamos por el fin de la explotación del trabajo para que el trabajador disfrute de las riquezas que crea. El cura de Dolores llamó a crear “un sinnúmero de fábricas para aliviar vuestra vida afanada”: hoy nos oponemos a la destrucción de la industria nacional por el Tratado del Libre Comercio de América del Norte y la dependencia de Estados Unidos, buscando desarrollar la soberanía económica. Hidalgo criticó el saqueo de nuestro oro y plata por parte de los españoles: hoy queremos terminar con el saqueo de nuestro oro y plata por parte de las corporaciones estadunidenses y canadienses.

En el Despertador Americano, reivindicó “los derechos para gobernarse y disfrutar las riquezas de su territorio”: hoy queremos el triunfo de la soberanía popular; que el pueblo decida el rumbo por seguir y disfrute de bienestar. Hidalgo puso el acento en el desarrollo de la educación y la cultura al decir que “la educación, las virtudes morales de que sois susceptibles, el cultivo de vuestros despejados talentos para ser útiles a vosotros mismos y a vuestros semejantes, aún se hallan en el caos de la posibilidad”: hoy defendemos el derecho a la educación pública y gratuita a todos los niveles y de la formación de niños y jóvenes para desarrollar todo su potencial.

Miguel Hidalgo y Costilla llamó a la unión de los mexicanos: “Meditad sobre vuestros verdaderos intereses y a la unión de todos. No necesitamos sino unirnos. Unámonos, pues, todos los que hemos nacido en este dichoso suelo (…) Establezcamos un congreso que se componga de representantes de todas las ciudades, villas y lugares”. Nosotros llamamos a la unión de todos los mexicanos, más allá de edades, género, raza, origen nacional, ideología, partidos políticos, religiones, estilo de vida en contra de nuestros opresores: el imperio estadunidense, la oligarquía pro yanqui y su gobierno sujeto a las corporaciones extranjeras. Hoy llamamos a la renovación democrática y a la celebración de una asamblea constituyente en la que esté verdaderamente representado el pueblo, para que recupere sus derechos y apruebe la nueva Constitución del siglo XXI, en la que se materialicen los derechos que hasta ahora están en el papel y se pase de su reconocimiento formal a su disfrute real.

La lucha que libró el pueblo insurgente –iniciada por Hidalgo y Morelos, Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra, Pedro Moreno, Francisco Javier Mina, Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero– y la lucha indígena y popular de los siglos XIX y XX continúan en el siglo XXI con mayor fuerza y claridad para alcanzar las aspiraciones seculares de nuestro pueblo. Esa lucha, esa resistencia, las victorias alcanzadas en el largo camino son lo que celebramos con gran alegría en la conmemoración histórica del 200 aniversario del Grito de Dolores.

El ambiente en este bicentenario de la Independencia fue de rechazo, coraje, indignación y desánimo, producto de las acciones del mal gobierno; ambiente que las televisoras tratan de “maquillar” al convertir en un circo esta importante conmemoración histórica. En la lucha por la Independencia de México, nuestro pueblo ha enfrentado la invasión española, estadunidense y francesa. No tenían por qué desfilar contingentes militares de Estados Unidos y Francia en el desfile del bicentenario el 16 de septiembre. En 1847, en esa misma fecha, los invasores hicieron ondear la bandera de las barras y las estrellas en el Zócalo de la ciudad de México. Pero que al mal gobierno “se le olvide la historia” sólo refleja la realidad de la integración militar respecto de Estados Unidos que impulsa el gobierno actual; mientras en la frontera los agentes de la Guardia Fronteriza suman ya 20 mil y han comenzado a patrullar los aviones no tripulados, drones, que han actuado en Yemen, Afganistán, y Pakistán, y son responsables de la muerte de civiles, a los que califican de “daños colaterales”.

La presencia militar y policiaca de Estados Unidos en México durante el gobierno de Barack Obama ya es permanente, pues se ha inaugurado la Oficina Binacional de Inteligencia en el Distrito Federal, donde operan agentes del Pentágono, la Agencia Central de Inteligencia, la administración antidrogas estadunidense, la Oficina Federal de Investigación y otras agencias estadunidenses, en coordinación con el embajador Pascual. La propia Janet Napolitano, secretaria de Seguridad Interior, reconoció, en un programa de la Radio Pública Nacional, que a “pedido” de Calderón, miembros del Ejército de Estados Unidos trabajan en forma “limitada” en México, poniendo a punto técnicas de inteligencia militar utilizadas en Irak y Afganistán (y antes en Colombia), en el marco de una “guerra” que, según el jefe del Comando Norte, general Víctor Renuart, se prolongará 10 años (Carlos Fazio, La Jornada, 5 de abril de 2010).

El 8 de septiembre, Hillary Clinton declaró que el narco en México se transforma en “insurgencia”, y que México está en una situación similar a la Colombia de hace 20 años, por lo que es necesario un símil del Plan Colombia. Sabemos que el Plan Colombia no ha impedido que ese país sea el primer productor y exportador de cocaína, pero sí ha logrado instalar siete bases militares estadunidenses y miles de efectivos, y que se usa como plataforma contra los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, que se oponen al dominio del imperio estadunidense.

En México, no aceptamos un Plan Colombia y lo que buscamos los mexicanos conscientes es la plena independencia y el desarrollo multilateral del país. Luego de lanzado el “mensaje”, Obama desmintió a Hillary al decir: “No puedes comparar lo que pasa en México con lo que ocurrió en Colombia hace 20 años”.

En los hechos, Obama está deportando 1 mil mexicanos diarios, superando a su antecesor George W Bush; acaba de mandar 1 mil 200 guardias nacionales extras a la frontera y 600 millones de dólares para el programa de drones.

Hoy por hoy, sufrimos el neocolonialismo y se nos subordina económica, política, cultural, científica, tecnológica y militarmente al imperio estadunidense. Por eso, nuestra tarea del momento es llevar adelante la lucha de Hidalgo y los insurgentes; completar las tareas pendientes y lograr la construcción en el siglo XXI de un México soberano. En el bicentenario, hemos de comprometernos a llevar a buen término la gesta iniciada hace 200 años.

*Analista político