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miércoles, 10 de febrero de 2010

De vanguardias y dictaduras proletarias


A más de dos décadas de la desintegración de la Unión Soviética y del derrumbe del llamado socialismo real, quienes aspiramos a merecer el adjetivo de revolucionarios nos vemos continuamente en la necesidad de hacer una reflexión sobre los viejos caminos de la lucha, para aprender de nuestros errores y poder con este aprendizaje trazar los caminos nuevos que nos lleven a la victoria. Pareciera que después de tanto tiempo, estas reflexiones estuvieran ya rebasadas, ya asimiladas por los revolucionarios, cuyos planteamientos se hubieran adecuado a los avances de la filosofía y la práctica de la lucha revolucionaria. No obstante, el fantasma del estalinismo y los peores momentos de la visión mecanicista del marxismo siguen repitiéndose en los discursos y los programas de muchas organizaciones de la izquierda contemporánea. Seguimos reproduciendo viejos dogmas y deformaciones que debieran haberse dejado atrás hace mucho tiempo. Este tipo de inercias del pasado hace que nuestros esfuerzos por transformar la sociedad se vayan consumiendo desde adentro, y que la lucha revolucionaria, como la piedra de Sísifo, siga cayendo una y otra vez justo antes de llegar a la cima. Es por esto que presentamos aquí una breve reflexión sobre algunas categorías de la estrategia revolucionaria que creemos siguen arrastrando interpretaciones equivocadas y dogmas incuestionables en algunos sectores del marxismo.

Estas consideraciones se vuelven más necesarias hoy, a la luz del momento de crisis por el que pasa el capitalismo. Desde hace unos años ya, este sistema ha ido perdiendo cada vez más legitimidad y comienza a desmoronarse su hegemonía en el imaginario social de amplios sectores de la sociedad. No obstante, mientras se agudiza la crisis económica y política del capitalismo, la izquierda revolucionaria, lejos de emprender una lucha ideológica que logre construir una contrahegemonía amplia y con fuerza suficiente para suplantar al capitalismo, ha dejado de ser una alternativa real a los ojos de nuestro pueblo. No hemos logrado construir y presentar una alternativa a la población, y muchas veces nos quedamos en los esquemas viejos y atrasados, reproduciendo discursos "revolucionarios" de autoconsumo que ya no logran apelar a la estética popular, en tanto que mantienen a ultranza estas categorías ya bastante cuestionadas.

La tarea es revisar nuestras categorías y conceptos, deconstruirlos y resignificarlos, creando un nuevo discurso y sobre todo una práctica ética y estética, que deje atrás el pragmatismo revolucionario, que construya los nuevos paradigmas de la actualidad, que resuene en el imaginario popular, que surja verdaderamente de la realidad diversa y compleja, y que no sólo se construya a partir de los cánones de una teoría estática.

El sujeto revolucionario

Uno de los primeros presupuestos del dogmatismo revolucionario, y del cual se derivan muchas de sus prácticas, es la existencia de un sujeto revolucionario único, es decir, la existencia de una clase social cuya posición histórica es la de llevar el capitalismo a su destrucción, una clase social que se encargaría de transformar a la sociedad desde sus fundamentos, en pocas palabras, una clase predeterminada para la revolución. Este sujeto revolucionario por excelencia era el proletariado, y particularmente el proletariado entendido como el obrero industrial. El obrero era el único que podía enterrar a la sociedad burguesa debido a su papel fundamental dentro de ésta, es decir, debido a su condición de productor de valor. Sería fácil darse cuenta de que toda la riqueza de la sociedad capitalista es producida por los obreros, ya que es su trabajo el que está materializado en la totalidad de las mercancías que constituyen la riqueza burguesa.

El proletariado -podemos ver desde esta óptica- es una clase que está acostumbrada ya de por sí a la disciplina, pues desde su origen, se constituye en la más férrea de las disciplinas, es decir, la disciplina de la fábrica. Además de esto, el proletariado sería una clase socialista por definición, en tanto que la producción industrial moderna es la más social de las actividades, dada la división del trabajo que presupone la industria. Así, el proletariado tenía todas las características necesarias para la revolución, era una clase disciplinada, socialista, y predispuesta a la conciencia de clase, ya que su posición ante los medios de producción la llevaban a ubicar claramente el punto neural de la explotación.

Esto llevó a muchas organizaciones de izquierda a formarse una concepción homogénea de los obreros, como un ente en sí mismo, monolítico y coherente, y a apostar todos sus esfuerzos a la organización de esta clase, ignorando o menospreciando las luchas de cualquier otro grupo social. En el mejor de los casos, se concebía al campesinado, definido en torno a su ubicación respecto a los medios de producción, como la clase secundaria que podría sin embargo incidir decisivamente en la lucha de clases. Se buscaba insistentemente la alianza con los campesinos, quienes deberían ser la fuerza bruta del proletariado, el que por cierto, no perdía por ello su condición de sujeto revolucionario.

No obstante, la realidad comenzó a desenvolverse por un rumbo diferente. La idea de un solo sujeto revolucionario comenzó a derrumbarse por dentro y por fuera. Ese proletariado industrial se reveló tan complejo y diverso que hoy sería imposible pensar en un prototipo del proletario. Al mismo tiempo, comenzaron a aparecer numerosos grupos sociales que no cabían en la categoría clásica del proletariado, pero que sin embargo reclamaban su papel en la lucha revolucionaria. El movimiento tuvo que aceptar, por ejemplo, que los grupos indígenas no estaban dispuestos a disolver su identidad dentro de la categoría de campesinos. La idea del proletariado como única clase revolucionaria no podía sostenerse más.

Hoy los movimientos populares y las organizaciones que luchan están reconociendo cada vez más la diversidad y complejidad de nuestro pueblo. Se multiplican las identidades populares, y cada una de ellas nos muestra un camino diferente de la resistencia; los estudiantes y los jóvenes llenan de alegría y color su lucha, cantan y hacen teatro, eventos culturales, performances, convierten la lucha en creatividad e ingenio; los normalistas siguen adelante con el puño en alto, rescatando su larga tradición combativa y luchan no sólo por sus plazas, sino por la transformación del sistema en su conjunto; los maestros luchan en diversos frentes, unos se organizan por sus reivindicaciones sindicales, mientras otros llevan a cabo una lucha ideológica dentro y fuera de las aulas; los obreros -industriales y no industriales- se organizan de formas cada vez más diversas, desde los que buscan conquistar más espacios democráticos para el sindicalismo, hasta los que construyen experiencias de producción autónoma y cooperativista; los indígenas, y todas las diferentes identidades que engloba el término, luchan por rescatar sus formas muy suyas, luchan por hacer frente al imperialismo cultural, construyen autonomías, policías comunitarias, se organizan en torno a sus usos y costumbres, reivindican su derecho a ser ellos mismos, a su territorio, a sus recursos, su derecho a no someterse a ninguna cultura ajena y homogeneizante; las mujeres ya no están dispuestas a seguir postergando su emancipación para "después de la liberación de clase", hoy están al frente de las luchas antipatriarcales y nos enseñan que el capitalismo y el patriarcado forman parte de un sistema de opresión que no podría trascenderse si se ignorara cualquiera de los dos; los homosexuales también alzan su voz para enseñarnos que ser diferente no debe ser motivo de desprecio, que una lucha no es liberadora si niega las individualidades y las diferencias; las organizaciones insurgentes por su parte, construyen poder y multiplican las fuerzas de resistencia por todo el país, reconociendo y aprendiendo de los conocimientos y saberes populares. Hoy podemos decir que no sería completa una lucha revolucionaria que ignore la gran diversidad de sujetos, diferentes, heterogéneos y plurales.

La vanguardia revolucionaria

Una segunda categoría que nos merece esta reflexión es la de la "vanguardia", cuyas bases se derivan de la anterior. Si el proletariado era el único que podía realmente ser revolucionario, entonces, todas las demás clases sociales no debían sino ir detrás de él. En este sentido, los obreros serían la clase de vanguardia. Asimismo, dentro de la clase obrera, sólo unos cuantos lograrían desarrollar una verdadera conciencia de clase y organizarse dentro de un partido marxista. Éstos constituirían la organización o el partido de vanguardia dentro del proletariado.

Ahora bien, si como hemos visto, la realidad ha contradicho esta noción, si se nos presenta cada vez más una diversidad de sujetos revolucionarios, una multiplicidad de formas de lucha, si no se pueden ya sostener las formas homogeneizantes de concebir la lucha revolucionaria, entonces, ¿por qué todavía algunas organizaciones siguen hablando de la "vanguardia revolucionaria? ¿Por qué hoy todavía hay quien pretenda imponerse como la organización de "vanguardia"? ¿Cuál es la realidad del vanguardismo hoy? ¿Es aceptable seguir hablando de las vanguardias? ¿Existen o no existen las vanguardias revolucionarias? Y si existen... ¿puede existir más de una? ¿Por qué algunos revolucionarios siguen pretendiendo "dirigir la lucha" y "dirigir a las masas"? ¿Existe un sólo camino revolucionario? ¿Quién determina quiénes son los revolucionarios y quiénes son las vanguardias?

Sería muy presuntuoso decir que tenemos las respuestas a todas estas preguntas; no obstante, sí podemos aportar algunos elementos para una reflexión más a fondo sobre el concepto de vanguardia, lo cual nos permitirá formarnos un mejor criterio respecto a estas cuestiones. En este sentido, nos puede ayudar mucho el texto de Alain Bihr, "Ajustes a la noción de vanguardia" publicado en la revista electrónica Rebelión. Este autor comienza por esclarecer una confusión de fondo en el concepto. Nos recuerda, atinadamente, que no es lo mismo hablar de una "vanguardia" que de un "estado mayor". Ambos conceptos tienen su origen en las teorías de la guerra. En una organización militar, el estado mayor es el que dirige, organiza y controla los movimientos de la tropa; es el único que conoce la estrategia completa. Por otro lado, la vanguardia se refiere a ese pequeño grupo que se adelanta a la tropa para reconocer el terreno, para obtener información sobre las posiciones enemigas, y para establecer una primera línea de defensa.

Pues bien, resulta que en el ámbito de la lucha política, estos dos términos se han confundido y el primero tiende a usarse como si se tratara del segundo. Así, quienes hablan de la vanguardia, se refieren a un grupo o una organización cuyo papel es el de dirigir al movimiento. Este fue uno de los grandes errores de los partidos marxistas-leninistas del siglo pasado, quienes argumentando que eran la vanguardia, se creían con la responsabilidad histórica de subsumir todas las demás luchas bajo su propia estrategia, bajo una misma línea emanada del comité central de la organización de vanguardia. Quienes no se alinearan a las directrices del partido eran comúnmente tachados de reformistas, revisionistas y hasta contra-revolucionarios o pseudo-revolucionarios. A esto se reducía el concepto de la vanguardia.

Ahora bien, aun si nunca hubiera existido esta concepción, tendríamos que aceptar en todo caso, que la vanguardia política se referiría únicamente al punto "más avanzado" del movimiento, es decir, a aquel selecto grupo de revolucionarios cuya tarea sería adelantarse políticamente, abrir la brecha, reconocer el terreno político y preparar una primera línea de defensa. No podríamos negar que algunas organizaciones, efectivamente, lo han entendido así.

No obstante, aquí se nos presenta otro problema. Hablar del punto más avanzado de la lucha implica una visión lineal de ésta, es decir, presupone la existencia de una sola ruta revolucionaria, un sólo camino y un sólo objetivo. Sin embargo, como ya hemos convenido, esto contradice la realidad cada vez mas compleja y más diversa de nuestro pueblo. Hoy existen muchas formas y muchos caminos para la liberación, muchas formas de lucha que son igualmente válidas de acuerdo a los diferentes contextos y situaciones que acontecen. Habrá lugares en donde la lucha armada sea verdaderamente una necesidad, y otros en donde lo que el pueblo busca es organizarse de formas creativas y pacíficas. De este modo, pierde todo sentido hablar del punto "más avanzado" de la lucha.

Hablar de "la lucha más avanzada" nos llevaría a preguntarnos, ¿avanzada hacia dónde? ¿hacia la toma del poder? ¿hacia la construcción de autonomías? ¿hacia la imposición de una línea política? ¿hacia la implantación de un gobierno socialista al estilo bolivariano? ¿hacia la dictadura del proletariado? ¿Quién determina entonces, cuál es el punto más avanzado de la lucha?

Pero regresemos por ahora a la reflexión que hace Alain Bihr. Siguiendo la misma lógica, nos dice que las vanguardias, entendidas ya no como estado mayor sino como el punto más avanzado de las luchas, son inevitables debido a las desigualdades en el movimiento. Por supuesto que no podemos negar que algunos sectores del pueblo organizado han recorrido caminos más largos que otros, unos tienen más experiencia de lucha que otros, algunos únicamente se organizan en torno a demandas inmediatas o particulares, mientras que otros tratan de articularse más ampliamente. En este sentido, Bihr argumenta que el papel de las vanguardias debería ser el de sintetizar las experiencias obtenidas para evitar que otros tengan que repetir el camino ya andado por alguien más. Debemos aceptar que esta concepción de la vanguardia se ajusta mucho más a la realidad que aquella que piensa en dirigir al movimiento. El problema, sin embargo, es que existen miles de caminos paralelos por recorrer. Creemos entonces que más que pensar en vanguardias, deberíamos pensar que la reflexión y la sistematización de las experiencias de lucha es tarea de todos los revolucionarios.

Ahora bien, Bihr agrega otros elementos a su análisis. Nos dice que no pueden existir las vanguardias de derecho, sino de hecho, y que tampoco pueden existir las vanguardias totales, sino que existe en realidad una pluralidad de vanguardias parciales, en tanto que la lucha por la liberación es tan amplia y tan compleja que cada movimiento u organización sólo puede asimilar una parte de ese proceso. Efectivamente, nadie puede nombrarse a sí mismo vanguardia, sino que en los hechos, su práctica la llevará a descubrir nuevos caminos inexplorados en tal o cuál área de la lucha, y en ese caso, sin necesidad de identificarse como vanguardia, el movimiento buscará aprender de sus experiencias, y algunos seguirán sus pasos. Así, podríamos decir que el zapatismo, sin considerarse como tal, llegó en algún momento a ser una verdadera vanguardia en el sentido de Bihr.

Independientemente de si estamos o no de acuerdo en esta concepción rectificada del término, queda claro que lo que se entiende tradicionalmente por vanguardia es una deformación de ésta, que esconde tras de sí una visión autoritaria y elitista de la lucha. Podemos decir, junto con Bihr, que las vanguardias de hecho no pueden constituirse a partir de las formas elitistas y autoritarias de organización. Este tipo de organizaciones, que por cierto, son las que tradicionalmente se autonombran vanguardias, pretenden tener la única verdad y se comportan como un estado mayor que se sitúa fuera del movimiento mismo. Este autoritarismo les impide convertirse en vanguardias de hecho pues presupone una concepción instrumental del pueblo, concibe al pueblo como un ente pasivo, a quien le quitan su capacidad de ser agente y definir su propio destino, pues "sólo el partido" puede decidir por el pueblo. Esta concepción niega los conocimientos y los saberes del pueblo mismo, lo cual lejos de constituir "el punto más avanzado" de la lucha, representa un retroceso para la causa de la liberación popular.

Dictadura del proletariado

La tercera categoría aquí discutida tiene que ver con el concepto de "dictadura del proletariado". Este concepto ha sido abusado excesivamente y traducido en una práctica que poco tiene que ver con la noción marxista original. En este sentido, muchas organizaciones que defienden o condenan el concepto de "dictadura del proletariado" lo hacen sin saber realmente a que se están refiriendo, y toman como referente las concepciones ya deformadas del dogmatismo y la práctica del estalinismo.

Es común que en las organizaciones de izquierda se confunda el término "dictadura" por el término "tiranía". Esto es así debido a la acepción común que ha adquirido el concepto de dictadura. Una dictadura se entiende como un gobierno despótico y antipopular. Normalmente se asocia con la existencia de un tirano en quien se concentra todo el poder. Sin embargo, cuando Marx concebía este concepto no pensaba en la tiranía de un individuo. En realidad, Marx simplemente contraponía con este concepto, el gobierno del proletariado como antítesis del gobierno de la burguesía. Esta antítesis, en su resolución, resultaría en el advenimiento del comunismo. Veamos más de cerca esta idea.

Si entendemos el concepto de dictadura no necesariamente como una tiranía, sino como un gobierno impuesto que ejerce su autoridad, en contra de los intereses y las voluntades del resto de la sociedad, podemos inmediatamente estar de acuerdo con Marx cuando nos dice que la sociedad burguesa es en realidad una "dictadura de la burguesía". Esto es así sin importar las formas particulares de su gobierno. Puede tratarse de un gobierno de corte fascista o de la más horizontal de las democracias, y sin embargo, se tratará de una dictadura de la burguesía. Efectivamente, es una dictadura de una clase, en tanto que quien ejerce el poder es esa clase precisamente, y el ejercicio de ese poder va en contra de los intereses y la voluntad de las demás clases. Ahora bien, en ese mismo sentido, podemos decir que el gobierno del proletariado era necesariamente concebido como una "dictadura del proletariado" en tanto que su autoridad sería impuesta a despecho de los burgueses, y los intereses de la burguesía no serían tomados en cuenta en el ejercicio de ese gobierno, dado que el fin último sería la desaparición de la burguesía como clase.

Consecuentemente, era necesario que el gobierno proletario fuera "antidemocrático" en el sentido burgués del concepto. Si la "democracia" se refería a la democracia liberal burguesa, entonces era evidente que el gobierno popular no podía adoptar una forma de gobierno burgués. En este sentido, no podía incluir en su agenda política a los intereses de la clase burguesa. Tales eran los postulados marxistas sobre la necesidad de una dictadura del proletariado.

No obstante, en la práctica de la izquierda, el concepto comenzó a ser entendido de forma diferente, y una vez en el poder, los partidos comunistas terminaron por convertir el concepto en una verdadera tiranía. Se comenzó a argumentar que el proletariado no podía ejercer su poder directamente y por sí mismo, sino que tenía que depender de alguien que lo representara, es decir, del partido. En este sentido, la dictadura del proletariado terminaría por convertirse en la dictadura del partido. El partido podría ejercer su autoridad aun en contra de los intereses y la voluntad de todo el que no estuviera de acuerdo con sus directrices. Dentro del partido, el comité central sería quien dictara la línea y todos los demás elementos no podrían sino obedecer esa línea.

No hace falta mucho esfuerzo para darse cuenta que este tipo de gobierno "proletario" en realidad enajenaba al proletariado de su poder político, pues los despojaba de toda capacidad de gobernarse directamente y decidir por sí mismos. La práctica llevó a quienes postulaban la "dictadura del proletariado" a crear exactamente su contrario en términos marxistas, pues la imposición de un gobierno de partido iba en realidad en contra de los verdaderos intereses del proletariado. Ni qué decir de todas las demás clases no burguesas, que no eran tampoco proletarias, como los indígenas y las minorías étnicas, los migrantes, las mujeres, los homosexuales, etc. En el mejor de los casos, estas clases quedaban completamente fuera de la visión del gobierno "proletario". En el peor de los casos, eran combatidas y condenadas a desaparecer, en tanto que se buscaba la homogeneización de las clases en torno a una sola, el proletariado.

Ahora bien, aun si los partidos marxistas se hubieran ajustado enteramente a la noción original de la dictadura del proletariado, sería de todas maneras cuestionable la viabilidad de dicha forma de gobierno. Como podemos ver, el hecho de una dictadura implica un gobierno totalizante, es decir, la imposición de una sola clase, que niega la diversidad y las diferencias. Recordemos que no podemos reducir la sociedad a dos clases únicamente. Hemos visto ya que el pueblo es diverso y complejo, que existen una diversidad de identidades y grupos sociales. Negar el modelo de sociedad burgués y su forma de gobierno no tiene que significar la desaparición de la diversidad de los sujetos.

¿Qué forma entonces puede tomar la negación de la sociedad burguesa? Esta pregunta no la puede contestar una sola organización o un solo movimiento. En realidad, la gran complejidad de los sujetos hace que no exista una sola alternativa de gobierno, sino una multiplicidad de diferencias cuya liberación depende de la negación de todo intento de imposición. En este sentido, Chantal Mouffe hace una critica al liberalismo, que bien podría extenderse a las posiciones totalizantes de las izquierdas dogmáticas. Según esta autora, el gran problema del liberalismo fue querer incorporar a todas las diferencias y a todos los antagonismos sociales dentro de un sólo marco abarcador y homogeneizante. El problema es que este tipo de "inclusión" era más bien una negación de las particularidades, lo cual no podía sino agudizar los antagonismos sociales. Para esta autora, los conflictos y las diferencias entre los grupos sociales son inevitables. Sería prácticamente imposible uniformar todos los intereses sociales. La solución que propone no pasa por la integración de las diferencias, sino por la aceptación de las diferencias, es decir, la construcción de una democracia "agonística" [1] , lo que en otras palabras quiere decir, la construcción de un gobierno que permita la expresión de formas diferentes de gobierno.

Podemos tomar alguno de estos conceptos para la visión socialista y pronto llegaremos a la conclusión de que no se puede simplemente "tomar el poder" e imponer un gobierno de tintes autoritarios para trascender a la sociedad burguesa, sino que es necesario que la destrucción de la burguesía se dé desde el fortalecimiento de las diferencias, desde la construcción de poderes populares diversos y autónomos. Así, podemos decir que una verdadera alternativa al poder burgués, es el poder popular. Un poder popular, o más bien, una diversidad de poderes populares que verdaderamente logre emancipar a los pueblos y a los sujetos, y que no los subsuma dentro de un nuevo tipo de dominación, aunque ésta emane de la izquierda. La única posibilidad de no repetir la opresión, pero desde la izquierda, es que cada uno de los factores diversos tenga el poder para sí y desde sí, esto es, que el poder no se centralice desde una posición heterónoma, sino que surja desde las diferencias. Que cada quien construya y ejerza el poder desde su lugar de origen, en otras palabras, el poder "aquí y ahora".

Por supuesto que no podemos tampoco olvidar la necesidad de una forma de poder que vaya mas allá de lo meramente local, es decir, la necesidad de construir un gobierno amplio que funcione como interfase entre los diferentes grupos sociales. Sin embargo, cualquier forma de gobierno nacional o regional que busque cumplir esta función tendría que funcionar desde la lógica de la diferencia y no desde la lógica de la imposición y la uniformidad. No podemos reproducir las formas enajenantes del Estado burgués. En este sentido, Marx advertía cuando hablaba sobre la Guerra Civil en Francia, que "la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines. El poder estatal centralizado, con sus órganos omnipotentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura -órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo-, procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo" [2] . Dicho de otro modo, este tipo de estructuras son propias de la burguesía y no caben ya en un gobierno popular que busque la emancipación y la plena realización de todos los grupos sociales. Es pertinente recordar aquí la consigna zapatista del "mundo en donde quepan muchos mundos".

Conclusión

Puede ser verdaderamente difícil para la izquierda dejar de lado estas categorías y conceptos, pues han constituido una parte central de la práctica y el discurso revolucionario por ya más de un siglo. Aun quienes rechazamos estas nociones y estamos de acuerdo en la necesidad de crear un nuevo paradigma de lucha y un nuevo discurso, muchas veces reproducimos en nuestra práctica el verticalismo, el vanguardismo y las prácticas homogeneizantes del poder heterónomo.

Estas categorías hoy no pueden sino recordarnos los tiempos más nefastos del estalinismo. La memoria del autoritarismo estaliniano y sus horrores han hecho que el pueblo ya no esté dispuesto a otorgar un cheque en blanco a los revolucionarios por la promesa de un futuro mejor. El pueblo ya no está dispuesto a arriesgarse en una lucha cuyos triunfos serán capitalizados por unos cuantos a costa de la verdadera mayoría. Son estas prácticas y estas nociones las que llevaron al socialismo a un impasse, en el cual, la visión de una utopía realizable dejó de tener resonancia en los pueblos, lo cual fue aprovechado por la burguesía para extender su hegemonía y declarar su triunfo ante el socialismo. Hoy, la hegemonía capitalista comienza a tambalearse. Su poder ideológico ya no logra penetrar plenamente en las mentes y los corazones del pueblo. Es por esto que se vuelve necesario y urgente para los movimientos revolucionarios, el hacer este ejercicio autocrítico, trascender las viejas prácticas y los viejos dogmas, y construir un nuevo paradigma de lucha que logre verdaderamente atraer la voluntad de lucha de nuestro pueblo.



[1] El término "agonístico" se entiende como lo opuesto a lo "antagonístico".
[2] Marx, Karl, La Guerra Civil en Francia

viernes, 15 de enero de 2010

Lo que no aprendió el Socialismo Burocratico del Culto a la Personalidad


Las revoluciones democráticas y socialistas se definen por la participación de las multitudes, por el empoderamiento popular, por el protagonismo de las mayorías en las decisiones fundamentales que permiten superar las condiciones de explotación, coerción, hegemonía, exclusión y negación cultural. Una revolución democrática y socialista se desnaturaliza y desvanece cuando comienzan a aparecer los “operadores de sustitución” y los llamados “acróbatas audaces”. Cuando ya no es el pueblo organizado, ni el poder popular lo fundamental, sino la dirección de un partido (si es único mejor) o el culto a la infalibilidad del líder supremo, allí comienza no el “giro hacia la izquierda”, sino el "giro hacia la derecha"; y quizás, hacia la "extrema derecha".

El pensamiento marxiano, como una de las referencias del pensamiento crítico socialista, nunca postuló ni el culto a la personalidad ni la existencia de partidos únicos. Quienes si postularon el “principio del caudillo”, así como la existencia de un partido con estructura y disciplina militar, fueron los fascistas, nazis y falangistas; es decir, la extrema derecha.

El liderazgo revolucionario, democrático, socialista no puede confundirse con el “principio del caudillo” de cuño despótico, a pesar que las demandas, aspiraciones y expectativas de un colectivo de expresen o articulen de manera histórica y contingente en el “momento del líder”. Un lider puede condensar y catalizar, pero tiene que existir una fuerza popular a ser condensada, resumida y catalizada, para que no sea un simple espectáculo personalista. Pues lo que diferencia claramente la derecha de la izquierda, es la relación entre este “momento del líder” y el decisivo “momento del protagonismo popular”, como mandante de la decisión política fundamental, pues siempre será distinto “mandar obedeciendo al pueblo” que “mandar sometiendo al pueblo”.

Luego del colapso del “socialismo burocrático-despótico” en la URSS y de su zona de influencia, no puede postularse ningún socialismo para el siglo XXI, que no sea parte de una revolución democrática en sentido constituyente, como democracia radical, deliberativa, participativa y protagónica. Lo que define el avance o el retroceso revolucionario, es la profundización o no del proceso popular constituyente, de la democracia sustantiva, no la exaltación del partido único o de algún mito del cesar infalible. Pues no hay nada más sencillo para los instrumentos del Imperio, o para un “putsch” de las derechas oligárquicas, que decapitar políticamente a una dirección revolucionaria, que comience a mostrar graves síntomas de deslegitimación popular, o que deposite toda sus herramientas de lucha en el apoyo a cualquier líder con “pies de barro”.

El momento del líder requiere de bases sociales de apoyo fuertes, requiere de momentos de protagonismo popular decisivos, requiere de una multitud popular organizada y movilizada tras un proyecto histórico d eliberación. Obviamente, a los lideres históricos hay que preservarlos, pero no hay que elevarlos al “panteón de los semidioses”, a venerarlos con la mas rastrera adulancia palaciega, ni diseminar apoyos automáticos, o considerarlos infalibles.

Los líderes históricos se construyen en y desde el diálogo crítico con el protagonismo popular. No hay mejor apoyo a un liderazgo histórico, que la sustitución de un “pueblo-masa de maniobra”, por un pueblo protagonista de su historia, con base a su proyecto histórico de liberación.

Aquí podríamos aprender de la evaluación que realiza el historiador marxista venezolano Oscar Bataglini de los errores del mismísimo Bolívar en los comienzos de la fase Republicana de nuestra historia (de la República distante a la Colonia Interior; 2009, p.164), cuando señala que Bolívar: “(…) dispuso de todas las ventajas que potencialmente le hubieran permitido crear una estructura de poder político y militarmente estable, capaz de convertirse en fuerza hegemónica; es decir, en la dirección ético-política que guiara el proceso constituyente de las repúblicas suramericanas ( o al menos de aquellas en las que actuó más directamente) de acuerdo a las prefiguraciones contenidas en su proyecto político.”

Pero el mismísimo Bolívar no logra avanzar en la constitución de un centro de dirección política en parte por la persistencia de una dirección política unipersonal-caudillista, que “le impide disponer orgánica y permanentemente de la síntesis de un complejo de opiniones para reducir el margen de error en el diseño y ejecución de los planes políticos concretos que sirven para la realización del proyecto político”. Más que la simple adhesión o sujeción carismática con el “momento del líder”, Bataglini valora los principios que le otorgan legitimidad y la continuidad histórica del proyecto de liberación, púes allí reside el núcleo configurador de la praxis transformadora.

Ningún culto a la personalidad, ni bonapartismo, ni dirección personalista-caudillista, ni estilo de liderazgo autoritario, ni cesarismo puede estar por encima de la definición colectiva del proyecto político de liberación social. No se avanza en un proceso popular constituyente desde la debilidad de la conducción colectiva. Un Estado-Comuna puede colapsar en un Estado-Leviatán (como señala Aguilera del Prat: La teoría bolchevique del Estado socialista (2005), p.90-95) si se consolida un sistema de “nomenclatura” de fusión del Partido-único con el Estado, desparece el pluralismo competitivo, desaparezcan los dispositivos institucionales y populares de control del poder.

Una apología del culto a la personalidad, constituye la fase superior del sectarismo. Se trata de una mezcla explosiva de despotismo, que opera generando mayor entropía, desorganización, desaliento y disipación en los cuadros de dirección del proceso revolucionario, pues dada la ausencia de una efectiva radicalización de la democracia en un sentido sustantivo (que constituye la bandera política más importante de la revolución bolivariana para el empoderamiento popular), la llamada “democracia protagónica revolucionaria” se vivencia cada vez más como espejismo, es decir, como ilusión política.

Emergen voces que se dicen de izquierdas, pero que asumen las formas de discurso, propaganda y de legitimación de la peor de las derechas, la que rinde culto a la infalibilidad del “principio del caudillo”, cuyo origen fue, es y será de todos modos reaccionario. Lo plantearemos sin tapujos: el “principio del caudillo” es un principio simplemente fascista. Allí están Mussolini, Hitler y Franco, para muestra histórica de nuestros “aprendices del culto a la personalidad”. Las tendencias cesaristas y sectarias contribuyen con los espirales de descontento, desencanto y desconcierto (las 3D de la derrota) en las bases sociales de apoyo del proceso nacional-popular que se activó formalmente el año 1998.

Sus posturas de promoción de la lealtad ciega configuran debilidades, anticipan derrotas, y como ocurre en estos casos, sus estados de alienación subjetiva y sus cuadros paranoicos-regresivos proyectan los esperables “chivos expiatorios”, fuera del círculo de su propia responsabilidad política e ideológica. Al parecer no aprendieron de la derrota de la reforma constitucional, que en Venezuela no hay 4 millones de oligarcas. Allí no leen a Fidel.

El sectarismo en la “política de izquierdas” siempre conlleva una alta dosis de temeridad, desesperación e irresponsabilidad, de aventurerismo que deriva en la búsqueda de seguridad en el mito del mesianismo redentor. Esto no es nada novedoso en la historia del sectarismo, pero lo paradójico es que se acumulan innumerables ejemplos en la historia, y aún así, se siguen repitiendo los mismos consejos y errores. Se trata de una patética incomprensión de fondo de los procesos de transición al socialismo como proceso de cambio histórico-estructural de mediana y larga duración, en al menos un bloque de países, lo que supone que no hay socialismo en un solo país ni que se construya por decreto, desde arriba, sin la intervención protagónica y decisiva de las mayorías populares.

Si tan fervientemente aparentan ser lectores y diseminadores del marxismo soviético de los años 50, desde donde extraen como “novedad” la tesis de la “conciencia del deber social” (¿Toby Valderrama-Antonio Aponte & C.A. dixit?), perteneciente a los sintagmas del “código del constructor del comunismo” (frase que aparece así, literalmente, desvergonzado "calco y copia" del marxismo burocrático soviético), podrían pasearse por algunos enunciados del informe secreto de Nikita Khrushchev del 25 de febrero de 1956 (http://www.marxists.org/espanol/khrushchev/1956/febrero25.htm):

“Es ajeno al espíritu del marxismo-leninismo elevar a una persona hasta transformarla en superhombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios. A un hombre de esta naturaleza se le supone dotado de un conocimiento inagotable, de una visión extraordinaria, de un poder de pensamiento que le permite prever todo, y, también, de un comportamiento infalible. Entre nosotros se asumió una actitud de ese tipo hacia un hombre, especialmente hacia Stalin, durante muchos años.”

Obviamente, la camarilla que controlaba el PCUS trataba de excusar sus responsabilidades colectivas tratando de enterrarlas con el cadáver de Stalin, pues se trataba de conservar intacto “los principios del Partido, de la democracia del Partido y de la legalidad revolucionaria”.

Así mismo, en los tan mal citados diccionarios y manuales soviéticos (Rosental y Iudin) se define por culto a la personalidad a la "Ciega inclinación ante la autoridad" de algún personaje, ponderación excesiva de sus méritos reales, conversión del nombre de una personalidad histórica en un fetiche." Según los manuales: "La base teórica del culto a la personalidad radica en la concepción idealista de la historia, según la cual el curso de esta última no es determinado por la acción de las masas del pueblo, sino por los deseos y la voluntad de los grandes hombres (caudillos militares, héroes, ideólogos destacados, &c.). Es propio de diversas escuelas idealistas atribuir un valor absoluto al papel de las personalidades eminentes de la historia (Voluntarismo, Carlyle, Jóvenes hegelianos, Populismo)."

Tomando como referencia los trabajos de Plejanov se reitera que "el marxismo-leninismo examina el papel de la personalidad, del dirigente, en estrecho vinculo con el curso objetivo de la lucha de clases, con la actividad histórica de las masas del pueblo. Ni siquiera la experiencia del más genial de los dirigentes puede sustituir la experiencia colectiva de millones de personas. El culto a la personalidad es profundamente adverso al marxismo-leninismo, que por su propia naturaleza, es la ideología de las inmensas masas trabajadoras, con cuyas manos se transforma la sociedad capitalista en comunista".

El llamado revisionismo soviético llegó a plantear que: "En la práctica, el culto a la personalidad socava los principios democráticos de los partidos comunistas y de la sociedad socialista. Sólo podrá asegurarse el éxito de la lucha contra el culto a la personalidad, tanto en la sociedad socialista como en los Partidos comunistas, si se desarrollan por todos los medios la democracia, los principios leninistas de la construcción del Estado y del Partido".

Se trata de volver al carril leninista, luego del despropósito Stalinista. Una fórmula que deja intacta a la ortodoxia bolchevique, y que no asume la crítica radical del pensamiento marxiano del imaginario jacobino blanquista. El asunto no estaba solo en el culto al individuo, ni en la violación del principio de la dirección colegial en el Partido, concentrando un poder limitado en las manos de una persona, sino que todo partido que liquide la diversidad, la democracia (interna y externa) y el desacuerdo, produce como contraparte del sectarismo, el culto a la personalidad. Y por ese camino, lo que se garantiza el reflujo del proceso popular constituyente. Es posible comprender históricamente la transfiguración de la revolución bolivariana como revolución nacional-popular en "revolución chavista", con su seguidismo ideológico del castrismo cubano, y todos los formatos asociados a este estilo político de bonapartismo de izquierda, incluyendo sus rituales de devoción a la personalidad heróica el "Comandante". Esto implica el acatamiento sin crítica de las expresiones en la opinión pública del Comandante, y la estigmatización de las críticas y desacuerdos, desde las descalificación de las manidos recursos a la traición, pasando por la infiltración de los servicios de inteligncia extranjero, hasta llegar a las amenazas. Un verdadero cuadro paranoico-regresivo que muestra las debilidad de este formato de mediación política.

Más que seguidismos ideológicos, de adulancias palaciegas, el destino de la revolución democrática y socialista en Venezuela se juega en la recuperación histórica de procedencias críticas como las que habitaron en algún momento de nuestra propia historia (sin necesidad de tutelaje ideológico extranjero) en tiempos del PRP (Partido Republicano Progresista) o en el propio PDN (Partido Democratico Nacional); es decir, organizaciones políticas que promovian el debate programático del ideario socialista en las condiciones específicas de la revolución venezolana. Pues allí al menos había debate ideológico y político del bueno, y no un permanente llamado policial a la disciplina, al silencio de los verdaderos problemas de la revolución, a la lealtad ciega y obediente, al "calco y copia" (o su versión siglo-XXI de "cortar y pegar") que parecen más afines a los espíritus de secta, que a la construcción de un profundo debate socialista para el siglo XXI.

De eso se trata, del socialismo desde múltiples perspectivas y corrientes de debate, y no al monologo que se impone desde la propaganda bancaria y desde nuestra estapa superior del sectarismo (Freire dixit), la que impone la cartilla monótona del culto a la personalidad.

fuente- kaos en la red

lunes, 28 de diciembre de 2009

Lenin. Un retrato




Vladimir Illich Ulianov, mucho más conocido como Lenin, ha sido considerado durante mucho tiempo como "el personaje más influyente del siglo XX", quizás esto ayude a explicar la manifiesta voluntad por parte de restauración conservadora por ahoracrlo tras un juicio sumario. Los títulos son muchos: autor marxista excepcional, padre del bolchevismo ruso, dirigente de la revolución de Octubre y del nuevo "Estado obrero" concebido como un prólogo a la revolución mundial, cofundador de la Internacional Comunista, jefe de Estado que se sobrepone a una guerra pavorosa, crítico de la burocracia, amargo adversario de Stalin antes de su muerte, patéticamente autocrítico al final de su existencia. Convertido en el Supremo Hacedor de una nueva religión del Estado, Lenin resultaría desfigurado hasta lo indecible, por supuesto por parte de los ideológos reaccionarios, capaces de amputarle toda clase de perversiones, pero sobre todo por el estalinismo que lo convertiría en la fuente de su legitimación para sus propios fines.

Apreciado por los trabajadores y los campesinos de todo el mundo como el símbolo de una revolución que osaba vencer y plantear la cuestión del socialismo, su nombre fue evocado durante décadas como símbolo de la revolución a la que aspiraban. Después de la caída del Muro de Berlín, Lenin siguió siendo una leyenda revolucionaria respetada por los de abajo, pero abandonado por una intelligentzia que cambiaba de dioses. Desde entonces, su obra, que durante tanto tiempo compitió con los autores de la Biblia como el autor más traducido del mundo, ha pasado, al igual que la indigesta iconografía producida por la burocracia, a los anaqueles de los libros llenos de polvo, mientras que los ensayos y las biografías que abordan su obra con ecuanimidad son una excepción contra las que se erigen o se utilizan como pruebas de un jucio sumarísimo sobre el que, un amplio tropel de académicos, tribunalistas, editorialistas, documentales, etc, reinciden una y otra vez para consagrarlo como antecesor de Stalin, y por la misma línea émulo de Hitler o Ceacescu. Quizás sea el momento de comenzar a desenmascar esta jauría sobre la cual sobran precedentes en el pasado, no en vano el nombre de Espartaco fue maldecido hasta los tiempos de la Ilustración, pasaron al menos dos siglos para que los historiadores restituyeran el lugar histórico de Cromwell, y no hablemos de los jacobinos, de nuevos enterrados a finales del siglo XX, culpables de resultar los antecesores del Gulag. aNte tantos excesos reaccionarios, es ya el momento que revisemos este juicio con ahorcamiento, empezando por explicar brevemente quien fue y que significó…

Lenin nació en 1870 en Simbirsk (Ulianovsk en la época soviética), en una familia en la que el padre es inspector de enseñanza y la madre tiene origen germánico; su padre murió en 1886 dejando a la familia en una precaria situación económica, Por aquella época inicia su ruptura oon el cristianismo, en 1887, un año después su hermano mayor Alejandro será detenido por participar en un atentado contra el Zar Alejandro IIIº, siendo ajusticiado dos meses después. Este capitulo será obviamente trascendental para la evoluoión de Lenin que se ahorra la trágica y frustrante experiencia de la exaltación terrorista del populismo que se inmoló tratando de conquistar las libertades acabando con las tiránicas testas coronadas, tan odiadas por toda la democracia internacional. Le llevará lejos del populismo y de la tentación de terrorismo, y tendrá ocasión de comprobar directamente la pusilánimidad del liberalismo ruso que rehuye a su familia. Estudia en la Universidad de Kazan y logra, a pesar de las graves dificultades policiacas -estaba marcado como el hermano de Alejandro-, hacerlo también en la de San Petersburgo, En esta universidad inicia los contactos con los circulos marxistas, pero antes ya había leido con mucho interés al gunos de los textos básicos del marxismo, entre ellos El Capital. En 1892, obtiene el grado de doctor que le autoriza a ejercer como abogado. En 1894 conoce a Nadehza Krupskaya, con la que se casará en 1897. Ella será su principal colaboradora siempre, y su vida sentimental no conooe más horizontes. Todo lo que se ha insinuado sobre sus relaciones con Ines Armand no han podido ser comprobados todavía, aunque la hipótesis más verosimil es que se tratara de un amor "platónico".

Desde sus primeros trabajos critica las tesis populistas, afirmando que la vía capitalista era inevitable en Rusia. "Los principales rasgos de su carácter, escribirá años más tarde Trotsky en su Lenin, ideología y formas de actuación ya quedan constituidos en el período comprendido entre sus 17 y 23 años". Su prematura madurez sorprende a sus comtenporáneos que le llaman "el viejo". En octubre de 1893 inicia su contacto con los trabajadores junto con la Krupskaya; en 1895 escribe ¿Quiénes son los "Amigos del pueblo?, que supone una critica marxista a las ideas políticas del populismo. Al año siguiente hace su primera incursión al extranjero y conoce algunas de las personalidades más relevantes del soclalismo --Plejanov, Kautsky, Lafargue, Liebknecht--,y de vuelta es uno de los fundadores de la Liga para la liberación de la clase obrera. Es encarcelado en 1895 y dos años más tarde deportado a la Siberia, pero a pesar de estos obstáculos, su obra teórica se desarrolla con vigor. Escribe La tareas de los socialdemócratas rusos, pero sobre todo El desarrollo del capitalismo en Rusia. el trabajo de investigación teórica más riguroso de su tiempo sobre las condiciones y la evolución económica de un país muy diferente a los que están en la avanzada de la revolución industrial. Con ocasión del debate sobre el revisiosionismo de Bernstein, Lenin no solamente interviene en contra de éste, también extiende sus reprobaciones sobre los "economicistas", a los que describe como los "revisionistas" del movimiento socialista ruso. Movimiento que en 1898 ha creado el partido socialdemócrata ruso, el POSDR, del cual Lenin se declara miembro activo.

Tras acabar su destierro y ser detenido de nuevo, se ve obligado a emigrar. Entonces participa en la creación y en el equipo redactor de la mítica Iskra, el órgano periodistico de la socialdemocracia rusa, lo dirige junto con Plejanov, Alxerold, Martov, Vera Sazulith. Pronto entra en polémioa con Plejanov mostrando tanto su rigor como su intrasigencia, En 1902 se traslada a Londres y defiende la entrada del joven Trotsky, "La Pluma", en la redacción de la revista. Las diferencias que les separa de los otros socialdemócratas son de momento apenas perceptibles. Sin embargo, aunque con ocasión del IIº Congreso del POSDR, el grupo de la revista aparece en un primer momento totalmente identificado, la controversia estalla en relación al grado de entrega y profesionalidad de los militantes de un partido que tiene que sobrevivir bajo la terrible Oljrana. La polemica se centra en la cuestión de la organización: mientras que Yuri Martov, de acuerdo con la centralización tal como se entiende en el partido alemán, aboga por un partido con una base amplia, no estrictamente militante, Lenin, por el contrario, lo hace por un partido delimitado tanto orgánioa como políticamente. El trasfondo del problema -que no aparecerá claramente sino oon el tiempo-, es que Lenin quiere un partido para derrocar el zarismo y hacer la revolución. Desde este punto de vista, Lenin admite que mientras Martov es el girondino, el representa el jacobinismo. Al conseguir la "mayoría" (bolchevique), Lenin, y Martov la "mínoria" (menchevique), se sienta las baees de una discrepancia que en 1917 aparecerá con mayor claridad. Junto con Lenin permanece en un primer momento George Plejanov y los cuadros del interior; el resto con Martov y Trotsky, menchevique incial, tratará vanamente de crear un "puente" entre ambas. En su momento, los aistentes al congreso creyeron que existían otros puntos tanto o más importante que el organizativo, y existió un amplkio acuerdo en una serie de puntos como los referentes a la dictadura del proletariado (1), el derecho de autodeterminación de las nacionalidades, la socialización de la tierra, y que serían patrimonio común dse ambas corrientes. Una ilustración de las concepciones de Lenin sobre las cuestiones de este importante Congreso se encuentran en dos libros suyos, ¿Que hacer? (2) , y Un paso adelante. dos pasos atrás. En los años siguientes, polemiza con Kautsky como con Rosa Luxemburgo, sobre la interpretación que sobre la escisión de la socialdemocracia rusa se ofrece en la Internacional Socialista. En esta, el conflicto meramente aparece como fruto de la voluntad ultracentralista de Lenin. En el III Congreso del POSDR, en el ya solo participan los bolcheviques, Lenin es elegido presidente

La revolución de 1905 le coge en medio de un tenso debate entre ambas fracciones. En el calor de los acontecimientos, Lenin formula su teoría sobre "la dictadura democrátioa del proletariado y del campesinado", que parte de la idea de que la burguesía liberal resultará un obstáculo para la revolución democrática. En medio del proceso revolucionario este conflicto se aclarará un poco más: mientras los mencheviques mantienen que hay que apoyar a la débil burguesía democrática y dudan sobre si los obreros deben de ir a la insurrección, los bolcheviques extraen otras conclusiones. De retorno a Rusia, ya pleno período de reflujo, Lenin trabaja en la clandestinida, y defiende la reunificación entre las dos facciones en la Iª Conferencia bolchevique que se celebra en Finlandia. El asunto no quedará definitivamente resuelto hasta la víspera de la revolución de octubre, aunque desde 1912 --por lo menos--, Lenin tenía claro que dicha unificación no era posible. Es en esta época cuando se dan sus ataques más virulentos contra Trotsky que aparece como el "conciliiador" capaz de atraer a los bolcheviques más reblandecidos.

Atraviesa el largo período que va desde el fin de la revolución de 1905 hasta 1917, absolutamente a contracorriente (3). Junto con su compañera, dedica todo su esfuerzo por preservar y reforzar el partido contra todos los obstáculos -reflujo, represión, errores políticos, etc--, que lo dejan muy aislado, pero se mantienen llevando grandes debates contra los mencheviques, contra Trotsky, contra Bogdanov y sus posiciones neokantianas y contra el grupo de Veriod o los "otzovistas". que proponían que se retiraran los representantes socialdemócratas de la Duma. Lenin defendió por el contrario la necesidad de utilizar todas las posibilidades legales, la plataforma de la Duma y la de prensa, cuando no se podía esperar una reanimación de la lucha de clases. Interviene en la IIª Internacional como representante ruso en el Buró Socialisra Internacional. En el Congreso socialista de Copenhague defiende junto con Rosa Luxemburgo y Martov una moción de lucha contra la guerra que se ve venir. Escribe una múltitud de proclamas, así como sobre la cuestión de las nacionalidades oprimidas, un tema capital bajo el zarismo "carcelero de pueblos", sobre la que escribe: "los trabajadores con conciencia de clase no predican el separatismo, pues conocen las ventajas de los grandes estados y de la unión de grandes masas de trabajadores; sin embargo, los grandes estados sólo pueden ser democráticos con plena igualdad de derechos de las naciones. y una igualdas supone también el derecho del separatismo". Compara el derecho a la separación con el divorcio; toda mujer tiene derecho a divorciarse, otra cosa es que puede ser más recomendable una unión entre iguales, o sea entre naciones libres.

En 1912, tras la masacre del Lena, tiene lugar unos primjeros pasos en una recomposición del movimiento obrero ruso, entonces Lenin se traslada desde París a Cracovia para estar más cerca de los acontecimientos. Y vuelve a anudar nuevos hilos con el interior. Pero el estallído de la guerra en Europa los desata. En un principio no creyó que los socialistas alemanes votaran a favor de los créditos de guerra, hasta el momento se había preocupado de remarcar que no tenía diferencias con Kautsky y Bebel (muerto antes del estallído); piensa que se trata de diarios amañados por la burguesía. Cuando comprende que es cierto, son muchas las cosas que cambian en sus esquemas. Los diputados bolcheviques en la Duma votaron no a los créditos y fueron detenidos, y poco tiempo despuéss lo será Lenin por las autoridades austriacas por sus denuncias contra la guerra. Una vez liberado se traslada a Suiza y redacta sus primeras tesis sobre la guerra. En ella se dice con toda claridad que cada militante socialista debía de luchar en primer lugar contra su propio gobierno y que el mejor resultado de la guerra sería la derrota del gobierno zarista. Propone convertir la guerra interimperialista en una guerra civil por la revolución y la lucha por una IIIª Internacional que haga el relevo de la Socialista traicionada. Este es el esquema que defenderán los bolcheviques en Zimmervald y en Kienthal. Por estas fechas, Lenin efectúa una rica relectura de Hegel (como es patente en sus Cuadernos sobre Hegel, que no fueron publicados hasta los años sesenta) y escribe su obra, El imperialimo, etapa superior del capitalismo, en el que establece que el capitalismo del sigl0 XX es un capitalismo monopolista en cuanto su estructura interna, e imperialista en cuanto a su eficacia en la política exterior y, en relación a su significado histórico, lo juzga como un capitalismo en descomposición.

No pudo volver a Rusia cuando triunfó la revolución de febrero. Después de intentar diversas maneras, decidió volver a través de Alemania en un vagón precintado. La historia dió pie para que los reaccionarios y el sector más derechista de los partidos reformistas lo acusaran de connivencia con el gobierno alemán, todavía esta es una munición que se utiliza en la Rusia actual, sin embargo, todavía está por aparecer el primer documento que deemuestre algo, y es evidente que el gobierno alemán lo habría utilizado con beneplácito después de Octubre. Su llegada a la estación de Finlandia causa conmoción: ante el estupor de propios y extraños se pronuncia por la revolución proletaria rusa como primera parte de la revolución mundial contra la guerra. Condenó a la socialdemocracia y llamó a la formación de un partido comunista (3), así como al derrocamiento del gobierno provisiomal que los propios líderes bolcheviques --Kámenev y Stalin sobre todo-- apoyaban críticamente desde Pravda.

Después del fracaso de la insurrección de julio --que los bolcheviques desaconsejaron pero que compartieron con las masas--, Lenin tuvo que esconderse y permanecer en el anónimato. Este hecho, afeado por algunos de sus partidarios, se mostró como plausible y correcto cuando dos años después la soldadesca alemana bajo el mando de un socialdemócrata (Noske) asesinaba a Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches. Desde su escondite apremió al Comité Central a preparar la insurrección y empezó a escribir El Estado y la revolución, una primera formulación de los esquema teóricos marxistas concretados a través de los propios medios organizativos que se estaba dotando la revolución. Su peso en el partido, y en el movimiento, es cada vez más sólido, es un momento que los bolcheviques atraen a otras fracciones, a los interradios liderados por Trotsky, pero tambièn a mencheviques, anarquistas, populistas, y crece cuando el resultado de la contienda no está en absoluto claro; cuando Kornilov trata de dar un golpe de Estad para limpiar el patío, Lenin llama a sostener a Kerensky, pero igual que la horca sostiene al ahorcado. Solo un gobierno revolucionario podía garantizar la derrota de las viejas castas así como el pan, la paz, la libertad para los pueblos, el control obrero….

Llegó clandestinamente a Petrogrado con ocasión del IIº Congreso pan ruso de los Soviets y participó decisivamente en las sesiones del CC bolchevique ayudando a modificar la orientación del partido: llamó a tirar la "camisa vieja" de la dictadura democrática, a insertarse en las masas que estaban "a la izquierda del partido", defendiendo la consigna de un gobierno soviético, y volvió a presionar para preparar la insurrección. En este congreso se decidió la insurrección y la toma del poder. El 25 de octubre tuvo lugar esta decisión apoyada por la mayoría de los soviets. Fue Lenin el que proclamó el comienzo de la República Socialista y el que firmó sus dos primeros decretos el cese de la guerra y la reforma agraria. Luego vendrían la libertad para las nacionalidades oprimidas, el control obrero de la producción, etc. Se opuso a toda idea de gobierno de coalición y confió en la capacidad de las masas. Al frente del puesto de mayor responsabilidad tuvo que enfrentarse a los problemas creados con los tratados de paz de Brest-Listovk, respetando siempre las posiciones de sus adversarios políticos dentro del partido donde su voz era la más respetada, pero donde era también otra más. El 30 de agosto de 1918 fue herido por la socialrevolucionia Kaplan --que entendía que el Tratado de paz era una "traición"--, permaneciendo entre la vida y la muerte durante un tiempo, y resultando afectado en los años siguientes.

Siguió siendo el principal pilar de la nueva República durante una guerra civil provocada como una operación "contra" por 21 naciones bajo la égida franco-británica, y que se jugóa vida o a muerte. En este tiempo, la resolución de Lenin en no detenerse en ninguna consideración por encima de la revolución, causó la indignación de muchos de sus amigos, como Máximo Gorky y otros intelectuales que no creían que el socialismo permitiera sacrificar rehenes o exterminar a la familia zarista, criaturas incluídas; seguramente si hubiera sido aplastado como lo serían tantas otras tentativas revolucionarias, desde la Comuna de París hasta la centroamericanas, la historia del siglo XX habría psado por otros sitios…Esta terrible guerra de tres años que seguía a otra guerra de cuatro acabó atrasando las bases socioeconómicas de la revolución hasta los extremos de la supervivencia. La industria quedo reducida a su mínima expresión, la clase obrera había quedado desestructurada, buena parte del pueblo militante que había protagonizada la gesta que conmovía el mundo, había perecido, o estaba muy cansada. El Estado se convirtió en la única garantía de una república que siguió estando asediada, y sobre la cual se seguía cirniendo la amenaza de una intervención (los británicos no la abandonaron hasta 1929). En este contexto emerge el Lenin que desarrolla las bases de la Nueva Política Económia (...). En cada paso, tiene lugar un denso y complejo debate en el que toman parte tendencias y fracciones internas, ya que, después de la guerra, las demás han quedado marginadas y bajo el punto de mira de un aparato represivo que tiene ya, desde hace tiempo vida propia aunque nadie es consciente de ello. Y entre sus bastidores emergen nuevso modelos de bolcheviqus. Los de la vieja guardia, y las nuevas prompciones, que creeen que ya es hora de institucionalizar la revolución, de acabar; .

Lenin tuvo también un papel de primer protagonista en fundación y desarrollo de la Intenacional Comunista. Su libro más conocido sobre esta cuestión tiene un título famoso, El izquierdismo, la etapa infantil del comunismo, cuyo significado ha sido normalmente trivializado. Lenin debate --polemiza, argumenta, discute, puede utilizar adjetivos, pero jamás menosprecia ni condena a nadie-- con la primera generación de comunistas, sobre todo europeos, concretamente con los izquierdistas y/o consejistas que en los dos primeros congresos han marcado una línea de ofensiva, creyendo que la conjunción entre las crisis revolucionarias y la creación improvisada de un partido a lo bolchevique, serían suficientes. En este sentimiento generalizado coincidieron entre otros el italiano Amedeo Bordhiga --responsable de la codificación de los 21 puntos para cortar el camino a los socialdemócratas, perro que acabó alejando también a sectores revolucionarios como los de origen anarquista--, Gorge Lukács, Hermann Gorter, anton Pannekoeck, Otto Rühle, etc. Lenin les recuerda que la revolución rusa fue el producto de unas circunstancias excepcionales, y que el partido bolchevique no se forjó de la noche a la mañana sino que requirió todo un proceso. Lenin abogaba por una política de frente único, de acumulación de fuerzas y enraizamiento, y aconsejaba que la capital de la Internacional fuese Berlín, ya que temía que pasara como con la Socialista, arruinada por el peso decisivo de la socialdemocracia alemana.

Menosprecia el seguidismo y el culto a la personalidad. Cuando un eserista de izquierda comienza a exaltarlo en una sesión de los soviets, comenta, "ya empiezan otra vez con las calumnías". . Su introducción a El Estado y la revolución, resulya perfectamente clara al respecto. Su último combate será contra Stalin y la burocracia. Sus últimos escritos rezuman dolor y amargura cuando hace el balance de un proceso que el -rectificando a Trotsky que habla del Estado obrero-- define como el de un Estado obrero burocraticamente deformado. Ya en plena agonía, el 5 de marzo de 1924 escribió dos cartas, una a Trotsky, pidiéndole que tomara a su cargo la lucha en la cuestión georgiana, otra a Stalin, amenazándolo con la ruptura de todas las relaciones personales. El 9 de marzo, murió después de sufrir un nuevo ataque. Su Testamento y gran parte de sus últimos escritos fueron ocultados en la URSS hasta l960.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Estalinismo y después


Cuando se desmanteló el muro de Berlín en 1989 y a su vez cayeron los regímenes estalinistas, el capitalismo se autoproclamó como vencedor. La caída del estalinismo fue utilizada para iniciar una ofensiva ideológica global contra el socialismo que además fue injustamente comparado con ese sistema dictatorial y burocrático, lo que ha llevado a sufrir por todo el mundo las brutales políticas neoliberales capitalistas. .
Como introducción a una edición especial de Socialism Today por el aniversario de estos hechos, Peter Taaffe evoca los increíbles acontecimientos de 1989 y sus consecuencias
En el vigésimo aniversario de 1989 los ideólogos, políticos y medios de comunicación del mundo capitalista desean reforzar en el imaginario popular que los acontecimientos de aquel tumultuoso año significaron sólo una cosa, la “derrota final” del marxismo, del comunismo y del propio socialismo, enterrados para siempre bajo los escombros del muro de Berlín. Aquello también significó la victoria final del capitalismo, con el “fin de la historia” de acuerdo a Francis Fukuyama, estableciéndose este sistema como el único modelo posible para organizar la producción y dirigir la sociedad. Un paradigma económico, ignorándose incluso los ciclos capitalistas de “auge y caída”, que proporcionaba una escalinata de oro que nos llevaría hasta una existencia de continuo crecimiento humano, justo y civilizado. La crisis económica de la primera parte de esta década, acompañada por las guerras de Irak y Afganistán, dio al traste con este pronóstico. La actual y devastadora “gran recesión” lo ha desacreditado absolutamente. Es más, fue el marxismo, los miembros y seguidores del Partido Socialista y esta publicación, los que predijeron este hecho. Pero todavía se supone que estamos marginados, destinados a no volver a ejercer nunca una influencia.Los resultados de los trascendentales acontecimientos de 1989 fueron realmente una “revolución”, pero una contrarrevolución social, que terminó con la liquidación final de lo que quedaba de las economías planificadas de Rusia y Europa del Este. Pero este movimiento, que se extendió de un país a otro, no comenzó con este objetivo, especialmente en lo que respecta a las masas. Los capitalistas, a través de sus representantes como la primer ministro británico Margaret Thatcher o el presidente francés François Miterrand, ni esperaron ni dieron la bienvenida, en un principio, a los movimientos de masas que acompañaron la caída de los regímenes estalinistas.El cruel órgano del capital financiero norteamericano, el Wall Street Journal, comentando la competición entre el capitalismo y los regímenes comunistas de Europa del Este, declaró simplemente a comienzos de la década de 1990: “Ganamos”. Un no menos exultante Independent (8 de enero de 1990) hablaba de que “con seguridad, como sistema, el capitalismo es el ganador”. La impresión dada desde aquel momento es que los adivinos del olíimpo del capitalismo predijeron los acontecimientos de 1989. El Financial Times, el mvocero de los capitalistas tanto antes como ahora, escribía: “Alemania del Este no tiene todavía un movimiento de masas en el horizonte, los líderes de Checoslovaquia no pueden cuestionar que la fuente de su legitimidad es la invasión soviética de 1968, Hungría se enfrenta a algunos disidentes pero todavía el proletariado no ha despertado. Bulgaria introducirá reformas al estilo soviético sin el caos del estilo soviético o de una “democracia novata”, Rumania y Albania están cogidos con pinzas de hierro”. Esto lo escribió John Lloyd, antiguo colaborador del New Statesman (N. del T. El New Statesman es una revista política inglesa fundada en 1913, con posiciones de centro-izquierda), no 30 años antes sino el 14 de octubre de 1989, menos de un mes antes de la caída del Muro de Berlín.Comprender el estalinismo
Tratando de mitigar esta caída en “perspectiva”, el difunto Hugo Young escribió en el diario The Guardian (29 diciembre de 1989) que “ni un sólo vidente preveía” los históricos acontecimientos de aquel año. Esto no es cierto. Fue precisamente el teórico marxista León Trotsky, con sus métodos antediluvianos quién más de medio siglo antes había predicho la inevitable revuelta de la clase trabajadora contra el estalinismo (en aquel momento confinado a la Unión Soviética).Predijo un movimiento de masas que derrotaría a los usurpadores burócratas que controlaban el estado y una revolución política para establecer una democracia obrera. Pero también escribió en la década de 1930 en su monumental obra La revolución traicionada, que una parte de la burocracia podría promover una vuelta al capitalismo.Esta idea no se la sacó Trotsky de la chistera sino que estaba basada en meticulosos análisis de las contradicciones del desgobierno estalinista y de las fuerzas que este sistema haría inevitablemente aparecer. Karl Marx señaló que la clave de la historia era el desarrollo de las fuerzas productivas: ciencia, técnica y organización del trabajo. También dijo que ningún sistema desaparece sin agotar todas las posibilidades latentes existentes dentro de él. El capitalismo, un sistema económico basado en la producción por el beneficio antes que por las necesidades sociales, con el trabajo no remunerado de la clase trabajadora como su razón de ser, se enfrenta a un ciclo de “auge y caída” que incluso Gordon Brown se ha visto obligado ahora a reconocer. Pero como Trotsky analizó, el estalinismo, que ejercía un completo dominio burocrático, se convertiría en cierto momento (aunque por distintas razones que el capitalismo) en un grillete para un superior desarrollo económico de la sociedad.
En el periodo que llega hasta finales de la década de 1970, y a pesar de las monstruosidades de Stalin y del régimen que presidía (las purgas, el trabajo esclavo en los gulags), la industria y la sociedad pudieron desarrollarse. En esa etapa, a pesar de los colosales gastos generales derivados del desgobierno burocrático, el estalinismo tuvo un papel relativamente progresista. Existieron algunas analogías con el capitalismo y su auge durante el siglo XIX y hasta 1914, cuando se convirtió en una barrera para un mayor progreso, y que fue cuando se tradujo en los horrores de la Primera Guerra Mundial. Enfrentado con el estancamiento, regresión e incluso desintegración (que es lo que ocurrió en los estados estalinistas, especialmente en Rusia desde finales de la década de 1970), los países daban bandazos de un expediente a otro. Se movieron de la centralización a la descentralización y de nuevo se recentralizaron en intentos vanos de escapar del callejón sin salida burocrático.Los métodos de la burocracia y del autoritarismo pudieron ser en algún sentido útiles en la etapa en que el objetivo de Rusia era tomar prestado las técnicas industriales de Occidente, desarrollar una infraestructura industrial, etcétera, y cuando el nivel cultural de las masas de la clase trabajadora y el campesinado era todavía bajo. Pero en la década de 1970, Rusia se había industrializado enormemente y era, incluso aunque algunas de las exclamaciones fueron exageradas, un rival industrial de EE.UU. Durante una época se produjeron más científicos y técnicos que EE.UU. Pero la creación de una fuerza de trabajo culturalmente avanzada, altamente educada en algunos sentidos, llevó a que los gobernantes chocaran con las necesidades de la industria y de la sociedad. Los precios de millones de productos básicos, por ejemplo, fueron establecidos en los ministerios centrales en Moscú convirtiendo cada vez más en un impedimento al régimen. El descontento de las masas creció y se reflejó no sólo en los intentos de la revolución política en Hungría en 1956, Polonia, Checoslovaquia en 1968, etcétera, sino también en Rusia. Las huelgas en 1962 en Novocherkassk, por ejemplo, mostraban el peligro que amenazaba el continuo gobierno de la burocracia.Levantar la tapa
Fue en este contexto que Mijail Gorbachov llegó al poder en la Unión Soviética, representando al ala más liberal de la burocracia, prometiendo una apertura a través de la perestroika (reestructuración de la política y de la economía) y la glasnost (apertura). A causa de los subsiguientes acontecimientos históricos, Gorbachov se ha convertido en la figura que preside la vuelta al capitalismo de Rusia y la liquidación de la antigua URSS. Sin embargo todo este proceso no comenzó con ese propósito. Como todas las elites dirigentes, siguiendo la tradición de los antiguos gobernantes burócratas desde Stalin en adelante y sintiendo desde abajo el descontento de las masas, Gorbachov trató desesperadamente de introducir reformas para evitar la revolución. Pero levantar la tapa de la olla a presión produce inevitablemente como resultado la revuelta de masas que se esta tratando de evitar.En sus comentarios sobre 1989, los representantes capitalistas no dudan en utilizar la palabra “revolución” como ha sido siempre su costumbre. Esto contrasta con su descripción, repetida hasta la nausea, particularmente en la reciente biografía de Trotsky de Robert Service, de que la Revolución rusa de octubre fue un golpe de estado. Describir 1989 como una revolución sólo es parcialmente correcto. Existieron elementos de los comienzos de una revolución (más exactamente elementos de una revolución política) en Alemania del Este, Rumania, Checoslovaquia, China con los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen e incluso la propia Rusia, aunque los movimientos de masas no alcanzaron las mismas proporciones. En todos esos países hubo una expresión inequívoca, al comienzo, que pedía la reforma democrática dentro del sistema, lo que implica aceptar la continuación de la economía planificada. Este movimiento se extendió velozmente, como un fuego en la llanura, de un país a otro. Un póster de aquella época en Praga reza: “Polonia, 10 años. Hungría, 10 meses. Alemania del Este, 10 semanas. Checoslovaquia, 10 días. Rumania, 10 horas.”Por otra parte, los métodos usados para hacer desaparecer los regímenes estalinistas fueron las manifestaciones masivas y las huelgas generales. No fueron los habituales métodos contrarrevolucionarios de la burguesía, sino peticiones que apuntaban al recorte o desaparición de los privilegios de la burocracia. En uno de los muchos artículos en Militant (el predecesor de The Socialist) anterior a la caída del régimen estalinista en Alemania del Este, la petición de democracia era evidente. El 24 de octubre informábamos: “Miles de jóvenes protestaban por las calles y fueron bloqueados por columnas de policías armados. Los jóvenes marcharon hacia ellos y comenzaron a cantar: “Sois la policía del pueblo. Nosotros somos la gente. ¿A quiénes estáis protegiendo?”. Cantaron la Internacional y comenzaron con una canción de las luchas contra los fascistas llamada The Workers´ United Front (Frente Unido de los Trabajadores). Sus palabras tuvieron un particular efecto en la policía: “Pertenecéis también al frente unido de los trabajadores porque también sois trabajadores”. La policía simplemente se quedó quieta y se hicieron a un lado cuando los jóvenes continuaron su marcha. En los bares, los soldados discutían abiertamente con los trabajadores y jóvenes. Un grupo discutía sobre la posibilidad de que ordenaran al regimiento disparar sobre los manifestantes. Un recluta intervino: “Pueden ordenarlo, pero nunca dispararemos a la gente. Si nos lo ordenan, nos giraremos hacia los oficiales.”En Rusia también aparecieron pósteres: “No gente para el socialismo, sino socialismo para la gente. Fuera los privilegios de los políticos y de los burócratas, los sirvientes del pueblo deben hacer también las colas”. En ese momento, una encuesta en Rusia mostraba que sólo un 3% votaría por una formación capitalista en unas elecciones con variedad de partidos. Los representantes más destacados del capitalismo temían que las demandas de una revolución política sirvieran de precedente para el ambiente procapitalista que existía en ciertos estratos. Un millón, quizá dos millones de trabajadores, estuvieron en las calles de Beijing frente al medio millón que saludaba a Gorbachov en mayo. Después de la sangrienta supresión de Tiananmen, el antiguo primer ministro tory británico, Edward Heath, apareció en televisión junto a Henry Kissinger, la conocida mano derecha del presidente Nixon durante los bombardeos de Vietnam y Camboya. Heath dijo: “Los estudiantes y trabajadores chinos no persiguen el tipo de democracia que nosotros defendemos...están cantando La Internacional”. Kissinger calificó de “desafortunado” que el movimiento de masas hubiera manchado el final de la carrera del líder chino Deng Xiao-Ping.De cara a la galería, ambos se opusieron al derramamiento de sangre. Pero más importante para ellos fue mantener las relaciones y los negocios con la burocracia China. De forma repugnante, el miembro del parlamento del ala derecha de los laboristas Gerald Kaufman, famoso hace poco por haber “metido la mano” en su presupuesto de gastos como parlamentario, en aquel entonces portavoz de Asuntos Exteriores, declaró: “Uno puede entender que el gobierno chino quiera tomar el control de la plaza, aunque han ido un poco lejos para recuperarlo”.Alarma en Occidente
Thatcher también expresó su alarma ante los acontecimientos en Europa del Este, especialmente por la posibilidad de la reunificación alemana tras la caída del Muro de Berlín. Documentos recientemente robados en Rusia y publicados en The Times en septiembre mencionan que Thatcher “dos meses antes de la caída del Muro... dijo al presidente Gorbachov que ni Inglaterra ni Europa Occidental querían la unificación de Alemania y dejó claro que quería que el líder soviético hiciese todo lo posible para pararla”. También dijo: “No queremos una Alemania unida... esto llevaría a un cambio en las fronteras de después de la guerra y no lo podemos permitir, ya que este desarrollo podría minar la estabilidad de toda la situación internacional y hacer peligrar nuestra seguridad.”
Durante un encuentro con Gorbachov insistió en que no se grabase la conversación. Desafortunadamente para ella se tomaron notas de sus declaraciones. No le importaba lo que estaba ocurriendo en Polonia, en donde el Partido Comunista fue derrotado en la primera votación abierta en Europa del Este desde la toma de posesión estalinista, sólo le interesaban “algunos de los cambios en Europa del Este”. De forma increíble, especialmente tras las declaraciones belicosas sobre el Pacto de Varsovia del presidente estadounidense George Bush padre, quiso “permanecer en su lugar” y mostró “su profunda preocupación” por lo que estaba ocurriendo en Alemania del Este.Mitterrand también estaba alarmado por la posibilidad de la reunificación alemana e incluso contempló la posibilidad de una alianza con Rusia para impedirlo. Estaba preparado para camuflar este hecho como “la unión de ejércitos para luchar contra los desastres naturales” y usarlo, de hecho, como una advertencia contra las masas de Alemania Oriental por ir tan lejos. Por una parte, la postura de Thatcher y Mitterrand expresaba el miedo a un capitalismo alemán reforzado, pero también a las repercusiones que estos acontecimientos podían provocar en un movimiento de masas descontrolado en Europa Occidental y en otras partes. Uno de los asesores, Jacques Attali, incluso dijo que “se iría a vivir a Marte si la unificación (alemana) se llevaba a cabo”. Thatcher escribió en sus memorias: “Si existe un ejemplo de política exterior que yo quisiera aplicar y que falló, fue mi política respecto a la reunificación alemana”.Gorbachov y su séquito del Kremlin, halagados por las alabanzas en los círculos capitalistas occidentales, se estremecían ante el paso y los resultados de los acontecimientos en Europa Oriental. Inocentemente, Gorbachov creyó que tras ciertas concesiones, por ejemplo un rechazo a apoyar a los dinosaurios estalinistas de la Alemania Oriental (pensaba que Erich Honecker, inflexible autócrata de Alemania del Este, era un imbécil), las masas le estarían agradecidas y darían el asunto por finalizado. Gorbachov no tenía intención al principio de “liberalizar” el estalinismo. Ciertamente no había declarado intención de instalar el capitalismo. Pero como el resto de los regimenes estalinistas gobernantes, fue arrastrado por los acontecimientos. No fue sólo Honecker, Ceaucescu en Rumania, las bandas estalinistas en Bulgaria y en otras partes las que fueron derrocadas. Los movimientos de Europa del Este, en la periferia del estalinismo, se extendieron al corazón de Rusia. El resultado fue una vuelta al capitalismo en la Europa del Este y en la propia Rusia.¿Era inevitable la restauración capitalista?
¿Era todo esto un resultado inevitable? No existe la inevitabilidad en historia si, cuando las condiciones para la revolución maduran, el “factor subjetivo” esta presente en forma de un liderazgo y de un partido realmente revolucionario. Esto se había perdido en todos los estados estalinistas, especialmente en la propia Rusia. Había una amplia repulsa del gobierno sin límites de la burocracia y peticiones para frenar los privilegios y la corrupción a gran escala. Había deseo, había una búsqueda por parte de las masas de un programa de democracia obrera en todos los países. Además, los acontecimientos ocurrieron en las calles, principalmente en las fábricas y en los centros de trabajo. Antes de esto, los marxistas esperaban y creían que era posible que tras una revuelta de masas, incluso si había un número limitado de cuadros marxistas, podría crearse un partido de masas. Con el liderazgo oportuno, podrían asistir a las masas llevándolas a las tareas de la revolución política: manteniendo la economía planificada, pero renovándola en función de una democracia obrera. Había trabajo en la sombra, pero sin raíces o sin una presencia real en los estados estalinistas. Dada la apariencia de “estados fuertes” de carácter totalitario en el periodo hasta los acontecimientos de 1989, era problemático un verdadero trabajo de masas.
Este fue al menos el caso de Polonia, donde había habido tendencias claramente procapitalistas en la década de 1980, pero que emergieron con especial fuerza tras la caída del movimiento Solidaridad en 1980-81. En aquel momento los elementos de una revolución política existían incluso en el programa de Solidaridad, aunque bajo el liderazgo de Lech Walesa se estaba bajo la Iglesia católica. Ya existía al lado de estos elementos sentimientos procapitalistas. El aplastamiento militar del movimiento Solidaridad en 1981 fue llevado a cabo no por el Partido Comunista polaco, cuya autoridad se había evaporado completamente en aquel entonces, sino por el régimen estalinista militar-bonapartista del general Jaruzelsky. Éste, aliado al auge económico del capitalismo en la década de 1980, destrozó la esperanza de la democracia obrera y el mantenimiento de una economía planificada. El sentimiento de la masa miró a otras alternativas, especialmente al retorno al capitalismo, lo que quedó revelado durante las visitas de Thatcher y Bush a Polonia en 1988. Tuvieron un recibimiento masivo en las calles de Varsovia con la gente esperando, de forma inocente como finalmente se ha visto, grandes resultados que incrementasen los estándares de vida que el desacreditado modelo estalinista había desmoronado.Este proceso no fue tan marcado en todas partes, de hecho no en Rusia. Allí, la esperanza de una revolución política no se había extinguido totalmente entre los marxistas rusos e internacionales, incluso ocurridos los acontecimientos de Polonia. Después de todo, la revuelta de los húngaros en 1956 estuvo acompañada de la creación de consejos obreros según el modelo de la Revolución rusa. Esto después de que las masas habían sido mantenidas en la oscura noche de 20 años de terror fascista de Horthy seguido de 10 años de terror estalinista. No hubo una intención predominante de vuelta al capitalismo en 1956. Lo mismo ocurrió el mismo año en Polonia, en 1970 y en 1980-81. En 1968 en Checoslovaquia hubo fuerzas peleando por el retorno del capitalismo pero eran una minoría, con una mayoría aplastante de las masas buscando las ideas de una democracia obrera, resumidas en la frase del primer ministro Alexander Dubcek, “Socialismo con rostro humano”.El aplastamiento de la Primavera checoslovaca en 1968, antes de que pudiera florecer en el verano de una revolución política, llevó a olvidar la perspectiva de la democracia obrera como una salida a la parálisis del moribundo estalinismo. Pero la historia no se para ahí. La agonía mortal del estalinismo en una década, combinada con los fuegos artificiales del aparente éxito económico del mundo capitalista en la década de 1980, generaron la ilusión de que el sistema más allá del muro, el capitalismo occidental, ofrecía un modelo mejor para el progreso que el embrutecedor sistema de Europa del Este y Rusia.¿Por qué la resistencia fue tan limitada?
Uno de los hechos más asombrosos a los que se enfrentan los marxistas desde entonces es porqué hubo sólo una pequeña resistencia entre la población una vez que Rusia comenzó a caminar en dirección al capitalismo. Sin embargo la respuesta a esta adivinanza puede encontrarse en la historia del estalinismo, especialmente en las diferentes fases por las que atravesó. En particular, las purgas organizadas por Stalin en 1936-38 representaron un momento crucial. Aniquilando a los últimos remanentes del partido bolchevique, destruyendo incluso a capituladores como Zinoviev y Kamenev, Stalin esperaba borrar la memoria de la clase trabajadora en la URSS. Hasta aquel momento unas cuantas generaciones estaban todavía conectadas con la Revolución rusa y sus conquistas, en la forma de nacionalización de las fuerzas productivas y un plan de producción.
Además había apoyo internacional generalizado entre las capas desarrolladas de la clase trabajadora por los avances y las principales conquistas de la Revolución rusa. Esto a pesar del hecho de que en Rusia ya en la década de 1930, como Trotsky señaló, había una extensa crítica al régimen burocrático presidido por Stalin. La llegada de la revolución española también tuvo un efecto electrizante en Rusia, tanto en las esperanzas generadas por el triunfo de la revolución mundial como por el emocionante recuerdo de lo que había ocurrido en Rusia dos décadas antes. Por eso Stalin condujo a “una guerra civil unilateral” para destruir los últimos vestigios del partido bolchevique. Pero las purgas fueron mucho más allá que todo esto. Utilizó también la ocasión, difamando a Trotsky y a la Oposición de Izquierda Internacional como agentes de una contrarrevolución en Rusia inspirada en el extranjero, para extinguir todos los remanentes de la burocracia conectados a la memoria de la Revolución. No fueron sólo los opositores de la izquierda quienes fueron asesinados, sino cientos de miles de trabajadores y campesinos, incluyendo amplios sectores de la burocracia. A través de estos bárbaros métodos, Stalin había construido, de hecho, una máquina burocrática que no estaba en ningún sentido conectada con el heroico periodo de la Revolución de octubre. Gente como Nikita Khrushchev, Yuri Andropov y el resto que dominaría el estado durante las siguientes décadas no habían participado en la clandestinidad bolchevique o en la Revolución de octubre y eran, en este sentido, unos “sin historia” dentro de la rica experiencia revolucionaria rusa. Todos los elementos críticos dentro del la clase obrera también fueron eliminados en esta etapa.A pesar de los monstruosos crímenes del estalinismo, incluyendo la ejecución del mejor comando militar del ejército rojo lo que facilitó la invasión de Hitler en 1941, las ventajas de la economía planificada eran todavía un plus. Además, la crisis atacaba al capitalismo con un gran desempleo que provenía de la gran depresión en la década de 1930. Como Trotsky señaló, había una oposición masiva al estalinismo pero la mano de la clase trabajadora, por una serie de factores, no se movió para derrocar al régimen. No menor fue el miedo de que el movimiento contra Stalin y contra la burocracia abriera la puerta a la contrarrevolución capitalista. Al mismo tiempo, en términos generales y a pesar de la burocracia, la industria, la sociedad y los estándares de vida de las masas continuaron avanzando.Sin embargo la muerte de Stalin llevó a las revelaciones de Khrushchev en el vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y el llamado “deshielo”. Khrushchev denunció a Stalin y algunos de sus crímenes, sin embargo, en realidad sólo se permitieron dosis “admisibles” de ciertas verdades. Incluso esas verdades a medias se mezclaron con mentiras y no tocaron los mitos estalinistas y sus falsificaciones. Khrushchev temía ir demasiado lejos y los líderes estalinistas rusos como Leonid Brezhnev, que derrocó a Khrushchev, reprimieron cualquier revelación real de los crímenes de Stalin y de las causas del estalinismo mismo. Más tarde, incluso aceptaron su rehabilitación parcial. Por eso, cuando el sistema comenzó a deshacerse no hubo en Rusia una alternativa marxista real, ya fuera una conciencia de masa desarrollada o fuerzas capaces de instalar un programa de democracia obrera.Hubiera sido realmente posible desde la década de 1980 hasta el momento de la caída del estalinismo presentar una clara imagen de las razones de las purgas, las persecuciones, las causas del estalinismo y una alternativa a este sistema desacreditado, Pero, de forma irónica, las purgas y la máquina represiva habían diezmado cualquier “factor subjetivo” que pudiera haberse desarrollado y haber jugado un papel decisivo. Sería un error, sin embargo, concluir que no había elementos en Rusia que buscaran un programa de democracia obrera, tal y como demuestra el artículo en estas páginas (página 17) de Rob Jones. Pero eran muy débiles para contener el impulso del capitalismo occidental, especialmente para una generación sin preparación atraída por la supuesta abundancia de los bienes de consumo que creían que estaban allí con sólo pedirlos.Capitalismo corrupto
La vuelta del capitalismo dio al traste con cualquier intento de investigación honesta sobre las raíces y las razones del estalinismo, de preparar una restauración de la economía planificada con las bases de una democracia obrera. Los pocos que lo intentaron fueron abrumados por una ola de maliciosa propaganda anticomunista de los supuestos periódicos “democráticos” al servicio de la burguesía emergente. Fueron la imagen en el espejo burgués de la escuela estalinista de falsificación. El totalitarismo estalinista, se decía, surgió del carácter criminal del bolchevismo. La revolución Rusa fue un golpe de estado, etc.
Lo que siguió fue una orgía de propaganda capitalista que inundó la Rusia posterior a 1989. Esto estuvo acompañado por promesas de lo que el entonces canciller alemán Helmut Kohl, predijo que sería como “los campos en flor” en el mundo “post-estalinista”. Junto a la carretera de vuelta al capitalismo, las masas de estos países llegarían eventualmente a los estándares de vida de Alemania, si no a los americanos. “Vía Bangladesh”, replicó la pequeña banda de marxistas de Europa del Este. Lo mejor que podía esperar la clase trabajadora de Rusia y de Europa del Este, se dijo, fue que quizá se hundieran los estándares de los estándares de vida hasta los niveles de Latinoamérica. Esto, hay que confesarlo hoy en día, fue una perspectiva muy optimista. Rusia experimentó un colapso sin precedentes en sus fuerzas productivas excediendo en sus dimensiones y profundidad a la gran depresión de los años 1930.Entre 1989-98 casi la mitad (45%) de la producción rusa se perdió. Esto vino acompañado por una desintegración sin precedentes de toda la antigua URSS en los elementos básicos de una sociedad “civilizada” doblándose los porcentajes de asesinatos y crímenes. A mitad de la década de 1990 la tasa de asesinatos subió por encima de 30 por 100.000 personas, frente al 1 o 2 por 100.000 en Europa Occidental. Sólo dos países en aquel momento tenían tasas mayores: Sudáfrica y Colombia. Incluso países notoriamente dominados por el crimen como Brasil y México tenían cifras un 50% menores que Rusia. La tasa de asesinatos en EE.UU., de las más altas en el mundo “desarrollado” con 6-7 por 100.000, palidecía en comparación. En el año 2000, un tercio de la población de Rusia estaba viviendo por debajo de la línea de la pobreza oficial. La desigualdad se había triplicado.
La tasa de asesinatos fue un síntoma y un resultado de la desenfrenada corrupción del capitalismo. Ex-miembros de la Liga Joven Comunista, como el propietario del Chelsea Fútbol Club, Roman Abramovitch, tomaron en sus manos la parte lucrativa de las antiguas empresas estatales, tales como la industria petrolera. Tiroteos al estilo de Chicago pero a una escala nacional e incluso internacional se produjeron entre los diferentes grupos que luchaban por el reparto de la torta estatal. La economía rusa se redujo a la mitad a causa de la destrucción creada por el regreso del capitalismo. Los ingresos reales en la década de 1990 se desplomaron un 40%. Avanzada esta década más de 44 millones de los 148 millones de habitantes de Rusia estaban viviendo en la pobreza, definida como vivir con menos de U$D 32 (dólares) al mes. Tres cuartas partes de la población tenían menos de U$D 100 al mes. Los suicidios se doblaron y las muertes por abuso de alcohol se triplicaron a mediados de los 90. La mortalidad infantil cayó a niveles del Tercer Mundo mientras que la tasa de nacimientos colapsó. En sólo 5 años de “reforma”, la esperanza de vida cayó dos años hasta 72 para las mujeres y 4, hasta 58, para los hombres. Esto resulta increíble porque para los hombre esta cifras era menor que un siglo antes. Si la tasa de muertes hubiera continuado la población rusa habría descendido un millón por año, cayendo hasta 123 millones, un derrumbe demográfico no visto desde la Segunda Guerra Mundial cuando Rusia perdió entre 25 y 30 millones de personas. A finales de 1998 por lo menos 2 millones de niños rusos eran huérfanos, más que en 1945. Pero sólo 650.000 vivían en orfanatos mientras que el resto de esos pobres lo hacían en la calle.La nueva burguesía robo de hecho todo lo que caía en sus manos, en lo que ha sido descrito como una lucha infernal. Saquearon la riqueza nacional y los recursos naturales, vendieron el oro, los diamantes, el petróleo y el gas del Estado. Los horrores de la revolución industrial, el nacimiento del capitalismo moderno descrito gráficamente en El Capital de Marx, no fue nada comparado con los monstruosos crímenes con los que la nueva burguesía rusa celebró su llegada al mundo. Este infierno terrenal se suavizó algo a finales de los 90 con un crecimiento del ingreso nacional impulsado especialmente con la exportación de petróleo y gas que además estaba en la base del boom del mundo capitalista y que ahora se ha frenado. Políticamente, el caos de los 90 fue reemplazado por el “orden” de Vladimir Putin y, ahora, Dimitri Medvedev. Pero Rusia no ha alcanzado todavía, por lo menos en la producción manufacturera, los niveles de 1989-90. Esta es una devastadora acusación al “renacimiento” del capitalismo en Rusia. Si comparamos la Revolución Industrial con una sana y robusta niñez, el equivalente en la Rusia moderna con su vuelta al capitalismo sería una criatura que todavía está luchando por respirar, caminar sola y correr. Verdaderamente las masas de todos los estados ex-estalinistas llevan un terrible carga por el regreso del capitalismo.Consecuencias de largo alcance
La clase trabajadora internacional también ha pagado un alto precio. El colapso en 1989 no fue solo la caída del aparato estalinista sino también de las economía planificadas, la mayor conquista heredada de la propia Revolución rusa. La contrarrevolución social que ha hecho retroceder la rueda de la historia en esos países también cambió decisivamente las relaciones mundiales durante un tiempo. Sólo entre los marxistas, el Comité por una Internacional de Trabajadores (CIT / CWI) reconoció lo que este revés representaba. Fue una derrota histórica para la clase obrera. Antes de esto existía en Rusia, en Europa del Este y en cierto sentido también en China, un modelo alternativo para el funcionamiento de la economía, a pesar de las monstruosas distorsiones de Stalin. Ahora ya no existe. Fidel Castro comparó la muerte de estos países como si “el sol se hubiese borrado”. Para los marxistas estas sociedades no representaban el sol. Pero consiguieron, por lo menos en su forma económica, representar una alternativa que, en una democracia de los trabajadores, podría haber hecho progresar a la sociedad.
Mientras reconocíamos lo que había pasado, también mostramos que esa derrota no fue de la escala de la de la década de 1930, cuando Hitler, Mussolini y Franco aplastaron las organizaciones obreras, creando así las bases para la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. La derrota a finales de la década de 1980 fue más de carácter ideológico y permitió a los ideólogos del capitalismo burlarse de cualquier proyecto futuro socialista.
Sin embargo, mientras la caída del estalinismo fue en gran parte un golpe ideológico a la clase trabajadora internacional, también tuvo serias repercusiones materiales. Llevó a la caída política masiva de los líderes de las organizaciones de los trabajadores quienes abandonaron el socialismo incluso como objetivo histórico, abrazando las ideas del capitalismo de una forma u otra. No sólo en Gran Bretaña, con la llegada del nuevo laborismo, sino en todos los países los antiguos partidos obreros se transformaron en formaciones capitalistas. Sólo se diferenciaban de los partidos abiertamente burgueses en la misma forma en la que los partidos liberales radicales capitalistas lo hicieron antes y ahora en EE.UU., en la forma de demócratas y republicanos, diferentes lados de la misma moneda capitalista. En los sindicatos, los líderes abandonaron cualquier idea de una alternativa al capitalismo. Por eso buscaron acomodarse en el sistema negociando entre el trabajo y el capital, más que ofreciendo un desafío fundamental.Si aceptas el capitalismo, aceptas su lógica, las leyes del capitalismo, especialmente el empuje de los capitalistas para maximizar el enorme beneficio en poder de los jefes en detrimento de la clase trabajadora. Esto va mano a mano con la “cooperación social”. Puede llevar al “sindicalismo de los negocios”, que limita los movimiento de militantes de la clase trabajadora por más que los jefes pueden pretendidamente dar algo. De hecho, el desarrollo de los líderes sindicales mansos, acomodados a los límites del sistema, junto con el abandono del histórico objetivo del socialismo por los líderes de las organizaciones de los trabajadores, reforzaron enormemente la confianza y el poder de los capitalistas. Esto facilitó, sin la resistencia real de los líderes sindicales, la enorme disparidad de ingresos en una escala no vista desde antes de la Primera Guerra Mundial. El capitalismo desenfrenado no ha sido controlado por los líderes sindicales. Por el contrario, esto les ha dado una nueva oportunidad para oprimir a la clase trabajadora y obtener grandes beneficios, con sólo una pequeña parte destinada a sus salarios, en el altar de un revivido capitalismo.Poniendo a prueba a la izquierda
Los acontecimientos de 1989 y sus consecuencias fueron una prueba para los marxistas y para los que apoyaban la opción trotskista. Con excepción del CIT / CWI, la reacción de la mayoría de las organizaciones marxistas fue tratar de hablar lo menos posible. Los morenistas en Latinoamérica (Liga Internacional de Trabajadores, LIT) enterraron sus cabezas en la tierra negándose a reconocer que el capitalismo había sido restaurado. Sólo cambiaron su posición cuando los acontecimientos les golpearon en la nariz y ya no fue posible negar la realidad. Los “estados capitalistas”, los líderes de la Tendencia Socialista Internacional (TSI), incluido el inglés SWP, creyeron que Rusia y Europa del Este no eran países obreros deformados sino estados capitalistas. La vuelta del capitalismo no fue considerada una derrota sino un “movimiento lateral”. En Alemania del Este, la TSI apoyó la reunificación de una Alemania capitalista. Ese acercamiento fue acompañado por la desastrosa teoría de que nada había cambiado fundamentalmente en el mundo y que por eso, los 90 fueron favorables al marxismo porque eran “los años 30 en pequeña escala”. Desafortunadamente, los miembros del Secretariado Unificado de la IV Internacional también sacaron conclusiones pesimistas. Su principal teórico, Ernest Mandel, confesó a Tariq Ali justo antes de su muerte que el “proyecto socialista” era “imposible” por lo menos por 50 años.Todos aquellos que predijeron la colosal extensión del ciclo de vida del capitalismo y el enterramiento del socialismo por generaciones, han sido contestados por los argumentos e ideas expuestos por los verdaderos socialistas en las últimas dos décadas. Pero el impacto de los acontecimientos ha sido la respuesta más grande a los escépticos. Especialmente la actual y devastadora crisis mundial capitalista. La intervención económica de los gobiernos capitalistas por todo el mundo ha conseguido impedir la inmediata repetición, quizá sólo temporalmente, de la depresión mundial de 1930. Al mismo tiempo, la conciencia de la gravedad de la situación por parte de la clase trabajadora no ha alcanzado todavía la situación objetiva. Está parcialmente restaurada la confianza de los portavoces del mundo capitalista anteriormente destrozada que temían que los trastornos masivos desafiarán los cimientos del sistema y se desarrollaran a espaldas de la crisis.Por lo general el pensamiento humano es muy conservador. La conciencia de la clase trabajadora va siempre rezagada detrás de los acontecimientos. Esto se refuerza cuando la clase trabajadora no tiene una organización que pueda actuar como punto de referencia en la lucha contra el capitalismo. La derecha, incluso la extrema derecha, parece haber sido la máxima beneficiaria de la crisis. Esto no es único o excepcional en la primera fase de una crisis económica. Algo similar ocurrió en algunos países en la década de los 30, tal y como señaló recientemente el analista político Seumus Milne en The Guardian. Sin embargo trató de dar la impresión de que esto había ocurrido como una reacción inmediata en todos los países. La crisis de los años 30 también fue testigo de una radicalización entre la clase obrera mucho más extensa que la desarrollada en esta crisis.
Tras la crisis de 1930, es verdad que hubo un fortalecimiento de los nazis en Alemania. Pero también comenzó y se extendió la revolución española y las masas se pusieron en acción, con retraso pero decisivamente, en Francia desde 1931 en adelante. El factor, aunque imperfecto, que estaba presente en la década de los 30 pero no todavía hoy, era el de los partidos de masas socialistas y comunistas y las organizaciones de la clase trabajadora que, por lo menos formalmente, mantuvieron la oposición al capitalismo. Incluso en EE.UU. durante la crisis de 1929-33, mientras la clase trabajadora estuvo paralizada industrialmente, significantes secciones se radicalizaron políticamente e incluso el Partido Comunista, por ejemplo, consiguió nuevos miembros. Esto no ha ocurrido todavía en una escala significante en gran parte como resultado de la ausencia de pequeños partidos de la clase trabajadora, la creación de los cuales queda como una tarea urgente para los socialistas, los marxistas y el movimiento obrero. Sin embargo, incluso entonces, cuando los intentos de crear tales organizaciones crecieron, sin un núcleo marxista firme proveyendo el carácter teórico para esas formaciones, muchos de esos nuevos desarrollos podrían titubear y algunos podrían nacer muertos o incluso colapsar. No obstante queda por hacer una tarea fundamental, la creación de las bases de estas formaciones en los próximos años.
El año 1989 fue un momento crucial en términos generales pero también para el marxismo. Las más optimistas pero también las más realistas tendencias dentro del movimiento obrero reconocimos que estos acontecimientos fueron un significativo contratiempo para el movimiento obrero. Pero no perdimos el equilibrio. La caída del estalinismo no eliminó las contradicciones inherentes del capitalismo. En verdad, se le dio un empujón al sistema, promocionando el proceso de la globalización a través del suministro de trabajo barato, una nueva forma de explotación, incluso superexplotación creada por el capitalismo. Pero la mayor debilidad del movimiento obrero animó la confianza, de hecho la arrogancia de la clase dirigente, que se engañó a sí misma con las burbujas económicas de las últimas dos décadas. A Hibris, la desmesura, le ha sido seguido Némesis, el justo castigo de la crisis. El panorama del mundo capitalista no es del todo floreciente sino que está lleno de millones de trabajadores sin empleo y con un ejército de pobres en crecimiento.
La clase trabajadora está emocionada y está luchando. El marxismo, relegado a los márgenes por las ideologías capitalistas, se enfrentó directamente a la situación y ha demostrado su viabilidad en este difícil periodo. Pero no es sólo en épocas de derrotas que se muestran sus ventajas a través de una análisis serio. Sus programas y políticas, a través del Partido Socialista y el CWI, en este nuevo periodo de incremento de la movilización por las masas contra el capitalismo, serán también relevantes. El año 1989 no enterró el socialismo o el marxismo. Empañó temporalmente la vista de la clase trabajadora pero que ahora está siendo aclarada por la crisis actual y la incapacidad de este sistema para resolver incluso las necesidades más básicas de los habitantes de este planeta.
*Secretario General, Partido Socialista (CIT en Inglaterra & Gales)Artículo publicado originalmente en Socialism Today, revista del Partido Socialista
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